Introducción
Cuando […] todo es consumido en un gran incendio,
esta, mi tierra, permanece a salvo y en calma.1
Al escribir este artículo introductorio, con la antelación que requiere su envío a imprenta, esperamos que, para cuando empiece a ser leído, lo peor de los incendios que han devastado amplias áreas de diversas provincias de España (y, lamentablemente, también de otros países como Portugal) haya quedado definitivamente atrás. Pero, como hemos reflexionado a raíz de desastres anteriores, incluso cuando el paso del tiempo hace que estos dejen de ocupar buena parte de los informativos, para quienes los han padecido más de cerca siguen siendo una cuestión de plena actualidad. Y, como publicación budista que es esta, caracterizada por tanto por el cultivo del amor compasivo, deberán continuar siendo también un tema de nuestra atención.
Así, ya sea a mediados de agosto o entrado septiembre, sentimos la necesidad de remitirnos al pasaje del Sutra del loto con el que hemos abierto esta introducción. Un pasaje que, a propósito, forma parte de los fragmentos que se recitan en la liturgia del gongyo de la Soka Gakkai.
En realidad, al citarlo hemos omitido una frase que, fuera de contexto, puede golpear en exceso a quien la lee: «Cuando los seres presencian el fin de un kalpa / y todo es consumido en un gran incendio…». Pero más golpean desastres como el vivido, que ciertamente ponen fin a cosas, incluidas vidas humanas. Dicho esto, lo que queremos subrayar aquí –sin obviar en absoluto lo anterior– es su continuación: «esta, mi tierra, permanece a salvo y en calma». Porque, aunque se exprese de formas diferentes dependiendo del artículo, se trata del tema central de este número de Civilización Global.
¿Por qué «esta, mi tierra, permanece a salvo y en calma»? ¿Acaso la afirmación nos anima a lograr una condición de vida tal que, por su desapego del mundo fenoménico, nos torne impasibles ante la destrucción de nuestro entorno?
¡Rotundamente no!
A lo que nos llaman los diversos contenidos de esta edición es a no dejarnos vencer por el dolor, la rabia, la ansiedad, la desesperación. A tener, sí, esperanza. Pero no una esperanza pasiva, que espera que las cosas cambien, sino una esperanza que desbloquee nuestra capacidad de tomar acción real y transformadora –para que efectivamente la tomemos y lo que esperemos sea únicamente ver cómo sus efectos, con el paso del tiempo, se vuelven cada vez más manifiestos–.
La esperanza así forjada se convierte en certeza y, aun si a corto plazo cuesta ver los brotes verdes, «esta, mi tierra, permanece a salvo y en calma». O, como leemos en «Para dialogar», «el mundo saha» pasa a ser, en sí mismo, «la Tierra de la Luz Tranquila» y experimentamos el potencial de –en palabras de Daisaku Ikeda– «crear con nuestras propias manos el mundo que deseamos».
Lo transmiten los títulos que encontramos en las diversas secciones: «Un modelo para la esperanza», «Avanzar hacia el futuro con un espíritu renovado», «Asumamos el desafío de crear una realidad nueva»…
De los artículos que siguen a esos títulos, deseamos la mejor lectura. Como también deseamos lo mejor para los diálogos y las acciones que ella inspire.
- SL, cap. 16, pág. 229.
Créditos
Editor general: Pablo Juárez
Coordinadora: Simona Perfetti
Diseñadora: Johanna Domínguez
Redacción, edición, maquetación: Bruno Matos, Antonio López, David Díaz, Cecilia López, Alba Bosch, Hélène Fournière
Otras contribuciones no firmadas: Josei González, Carola Bendinger, Nicolás Murillo, Invención Fernández, Laura Caputo, Alejandro Pacheco, Alida Moi, Mireia Muñoz, Nikky Flores
Traducción de «Para dialogar»: Yoshiko Sosa, Maria Gassiot, Carme Sos, Marta Castellote, Mónica Lalwani
Imagen de portada: Patio este del Centro Cultural Soka | Foto: Kelvin Lam
