La responsabilidad de hacer florecer mi vida

Alicia Lobo | Madrid


Alicia Lobo | Foto: Álex Zea

Soy actriz y, desde hace tres años, humorista.

Empecé a practicar el budismo Nichiren en la Soka Gakkai en 2015, en el peor momento de mi vida: arruinada, en paro y saliendo de una traumática ruptura sentimental o, como diría la Rosalía, despechá. En poco tiempo, conseguí trabajo, me repuse de una forma sana de mi ruptura, monté una compañía propia… Y, lo que es más importante, no me dejé arrastrar por la tristeza.

En 2019, una íntima amiga, que había visto el cambio en mi vida y en la persona que me había hecho shakubuku,[1] empezó a entonar daimoku conmigo. Venía a mi casa con sus desafíos y problemas y, tras hablar y orar, les solíamos dar la vuelta y salía muy alentada. En sus primeros tiempos de práctica, montó su propia productora teatral, aprobó el examen de introducción al budismo de la SGEs, participaba en las reuniones de diálogo, leía la revista Civilización Global… Sin embargo, no acababa de decidirse a recibir el Gohonzon. Para su mente racional, era aún un paso demasiado grande. Le hablé de un pasaje de los escritos de Nichiren Daishonin que nos llama a ser maestros de nuestra mente, en lugar de permitir que ella nos domine.[2] Tras cuatro años, finalmente decidió ingresar como miembro de la SGEs. Fue una enorme alegría, como también lo ha sido participar juntas en el curso del Departamento de Artistas este verano.[3]

Como actriz, he tenido mis altos y mis bajos. La práctica budista me ha ayudado muchísimo a progresar y trabajar, y en estos diez años he creado obras maravillosas con compañías propias. Sin embargo, en mi interior pervivía un sentimiento que arrastraba desde antes: que la industria cultural no me tenía en cuenta realmente como actriz con perfil de protagonista.

Como actriz, he tenido mis altos y mis bajos. La práctica budista me ha ayudado muchísimo a progresar y trabajar […]. Sin embargo, en mi interior pervivía un sentimiento que arrastraba desde antes: que la industria cultural no me tenía en cuenta realmente como actriz con perfil de protagonista.

Con mucho daimoku, finalmente entendí que la que no se estaba teniendo en cuenta era yo. Mi amor propio era directamente proporcional a los papeles que me daban, episódicos e inconstantes. Me di cuenta de que le estaba pidiendo a la industria algo que no me estaba dando a mí misma: la confianza y la vibración de alguien que puede llevar todo el peso de un proyecto. Entendí que esa oportunidad me la tenía que dar yo para que se manifestara en mi medio ambiente.[4] Tenía que apostar por mí.

Con mucho daimoku, finalmente entendí que la que no se estaba teniendo en cuenta era yo. Mi amor propio era directamente proporcional a los papeles que me daban, episódicos e inconstantes. […] Y así, orando mucho, me desafié a ser la protagonista de algo que crearía yo misma.

Y así, orando mucho, me desafié a ser la protagonista de algo que crearía yo misma, algo que fuera un vehículo para mi libertad creativa, que me permitiera generar trabajo activamente en lugar de esperarlo pasivamente. Llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo, pero el miedo me había hecho ponerme excusas año tras año. Mi mente, como advierte aquel pasaje del Gosho, me dominaba; estaba aterrorizada y el miedo me paralizaba. Pero mi corazón sabía que había llegado el momento de prevalecer sobre ella. Somos leones, ¿no?[5]

Quería que fuera comedia, así que me apunté a un curso de stand up y empecé a escribir. El curso fue, además, una oportunidad para entablar lazos de amistad. En particular, hubo cuatro compañeros que se interesaron por mi práctica budista. Orábamos en casa y luego nos poníamos a escribir chistes para nuestros textos y a compartir nuestras pruebas reales. Todo eso nos unió mucho.

En 2022 falleció mi padre, tras deteriorarse su salud a raíz de un ictus. Afortunadamente, dos años antes le habíamos podido salvar la vida durante el COVID, cuando aún estaba bien; lo considero la prueba real más grande que he tenido. Gracias a la Ley Mística, cuando murió entendí que ese sí era su momento y pude afrontar esa adversidad con coraje.

Un tiempo después, en febrero de 2023, durante un curso en el Centro Cultural Soka, estaba contando la experiencia de cómo habíamos logrado salvarle la vida durante la pandemia. Recuerdo que, al terminar mi relato, me comprometí en voz alta ante la audiencia a estrenar yo sola un show de comedia ese mismo año: un show escrito, dirigido, producido y protagonizado por mí.

Para hacer realidad lo que me había propuesto, debía crear un espectáculo de hora y media, como única responsable. En ese momento tenía algo escrito, pero estaba muy lejos de cubrir una hora y media.

Los cómicos escribimos bloques de texto y luego los probamos en los llamados «micrófonos abiertos» (u open mics, como se llaman en inglés) para comprobar si los chistes les hacen gracia a los demás o solo a nosotros, como pasa a menudo. En estos open mics se suelen dar unos ocho minutos a cada cómico para probar sus textos… sin cobrar, como quizá os hayáis imaginado.

Lo explico porque, ese mismo día en que me comprometí a estrenar un espectáculo asumiendo la plena responsabilidad, por la tarde iba a presentar un micro abierto por primera vez. En principio íbamos a ser seis cómicos y yo, de presentadora. Como, debido a la política de la plataforma que vendía las entradas, el show tenía que durar al menos una hora, la previsión era que tuviéramos menos de diez minutos cada uno.

Pero, al haber anunciado mi determinación espontáneamente en una actividad Soka esa mañana, parece que mi espíritu de desafío se había venido arriba y que el medio ambiente no quería dejar de responder, poniéndolo a prueba con dificultades imprevistas. En cuanto llegué, un cómico tras otro fue avisando de que no podía acudir y, finalmente, quedamos solo tres personas: dos chicos y yo. De pronto, me tocaba hacer un espectáculo de cuarenta y cinco minutos como mínimo; así, repentinamente… Y yo solo tenía material para unos escasos diez minutos.

No sé cómo, pero lo hice: improvisando, vacilando con el público, pero salió. No fue el mejor show, pero fue un show. Y lo viví como un beneficio de mi práctica, como una manifestación de la simultaneidad de causa y efecto que enseña el budismo.[6] Al hacerlo el mismo día en que me había retado, sin mediar aviso, no tuve margen para poner excusas ni darle cancha a mi mente. Si podía hacerlo improvisando, podía hacerlo preparándolo. La lección se resumía en unas palabras de aliento de Daisaku Ikeda:

¿Qué tipo de futuro imagino para mí? ¿Qué tipo de persona estoy tratando de llegar a ser? ¿Qué quiero lograr en mi vida? Lo importante es pintar esta visión de tu vida en tu corazón de la manera más específica posible. Esa «pintura» se convierte en el diseño de tu futuro. El poder del corazón nos permite crear con nuestras vidas una maravillosa obra maestra de acuerdo con ese diseño.[7]

Ese mismo día determiné que mi show sería en un sitio mucho más grande de lo que había imaginado. Desde luego, no sería un sitio tan limitado y pequeño como el pub donde había hecho el micro abierto.

Determiné que estrenaría antes de que pasaran tres meses, como fuera. Escribí como una posesa; fui a infinidad de micros abiertos, a veces a más de uno el mismo día; grabé vídeos para el show; compuse una canción y le hice la música; diseñé un cartel; elegí vestuario… Me obligué a hacer dos ensayos diarios en la semana final y trabajé como nunca. Ikeda Sensei enseña: «Orar sin accionar es una simple enunciación de deseos, y actuar sin orar es una estrategia poco productiva».[8] Sentía que la práctica remaba conmigo, y que todo fluía.

Imagen promocional del show de Alicia | Foto: Manuel de los Galanes

El guion que había escrito es una historia de transformación a través del amor propio, y oraba por compartir ese mensaje. Me entregaba al daimoku para poder realizar mi misión, no para estar estupenda o triunfar, como había hecho en el pasado. Como artista basada en la Ley Mística, oraba por conectar con mi propósito de vida: elevar el estado de conciencia de la gente a través de la risa, del humor, del diálogo, de lo que nos une. Oraba para que la gente saliera sanada, reída, feliz, habiendo olvidado sus problemas durante un rato; para compartir mis vivencias con el público y para que ellos compartieran las suyas conmigo.

El guion que había escrito es una historia de transformación a través del amor propio, y oraba por compartir ese mensaje. Me entregaba al daimoku para poder realizar mi misión, no para estar estupenda o triunfar, como había hecho en el pasado.

Estrené mi show a los cuatro meses de determinarlo, en una sala con trescientas personas. ¡Y fue un éxito! Los responsables de la sala programaron mi espectáculo para el resto de la temporada y para la siguiente también. Este mes de septiembre empiezo la tercera temporada. También he podido hacer dos temporadas en Barcelona, en otro teatro de trescientas personas, e irme de gira por toda España. He vivido probablemente uno de mis mejores momentos profesionales y de mayor libertad creativa.

En medio de todo esto, en enero de 2024 empecé la relación con mi actual pareja, Nacho. Cuando comenzamos a salir, al oírme orar, en vez de mirarme como si yo fuera un bicho raro, desde el principio se sumó al daimoku. También se unió a las reuniones de diálogo de mi grupo, que se hacen en mi casa. Y el 23 de febrero de este año ingresó en la SGEs. ¡Qué gran alegría!

Poco después, a principios de marzo, me llamó una de las productoras más importantes de España para un programa de actualidad y humor que empezaría a emitirse en La 2. Jamás había trabajado con ellos y, entre tantas cómicas que hay en el país, no sabía cómo había llegado hasta allí mi nombre…

Hacer televisión ha representado subir un escalón e incrementar mi visibilidad, además de trabajar con personas con responsabilidades importantes y que gestionan también otros proyectos. Es un programa diario y en directo, algo totalmente nuevo para mí, y gracias a eso estoy aprendiendo mucho.

«Subir un escalón e incrementar mi visibilidad»: Alicia, en el plató de televisión

La vivencia está siendo intensa, y no siempre fácil. Aunque se empezó hablando de todo, el programa se está tornando cada vez más político, y es un tema donde siento que no está mi identidad como humorista. Sin embargo, debo decir que me he sentido con la confianza y el coraje necesarios para no hacer algunos de los textos con cuyo contenido no me identificaba en absoluto. Seguramente, la Alicia del pasado no se habría atrevido y los habría hecho por miedo al rechazo.

A principios de marzo, me llamó una de las productoras más importantes de España […]. Hacer televisión ha representado […] algo totalmente nuevo para mí, y gracias a eso estoy aprendiendo mucho.

Termino citando un texto de Sensei que me alienta siempre y que me guía en estos momentos:

Sea cual fuere la situación, decidan que no serán vencidas y sigan avanzando con optimismo y vigor […].

El Daishonin escribe: «Tener fe como el agua significa creer continuamente, sin retroceder jamás».[9] De acuerdo con estas palabras, espero que todas lleven una vida enérgica y victoriosa, de fe constante, donde no haya nada que lamentar o reprocharse.[10]

¡Muchas gracias!

Participantes en una reunión de diálogo en casa de Alicia

[1] ↑ La expresión denota el acto de alentar a practicar la enseñanza budista de Nichiren Daishonin.

[2] ↑ Véase Carta a los hermanos, en END, pág. 526.

[3] ↑ Véase la noticia sobre este curso en la sección «Actualidad» de este mismo número.

[4] ↑ El budismo enuncia el principio de la inseparabilidad entre la vida y su medio ambiente. De acuerdo con él, nuestra transformación interior lleva aparejada una transformación acorde de nuestro entorno.

[5] ↑ En el gosho Sobre las persecuciones acaecidas al venerable, Nichiren Daishonin proclama: «Cada uno de ustedes debe armarse del coraje de un león rey y jamás sucumbir a las amenazas de nadie. […] Los seguidores de Nichiren son como leones que rugen» (en END, pág. 1042).

[6] ↑ De acuerdo con este principio, la causa y el efecto existen juntos, de forma simultánea, en cada instante vital. En este contexto, «causa» se refiere a la práctica para lograr la budeidad y «efecto», al logro de dicho estado de vida.

[7] ↑ IKEDA, Daisaku: Learning from the Gosho: Eternal Teachings of Nichiren Daishonin, disponible en <https://www.daisakuikeda.org/sub/quotations/theme/power-of-heart.html>.

[8] ↑ IKEDA, Daisaku: Sabiduría para ser feliz y crear la paz. Parte 1: La felicidad, Rivas: Ediciones Civilización Global, 2021, pág. 102.

[9] ↑ Las dos clases de fe, en END, pág. 942.

[10] ↑ IKEDA, Daisaku: Sabiduría para ser feliz y crear la paz. Parte 2: La revolución humana, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2022, pág. 115.