«El quinto elemento»: Un enfoque integrador hacia la reconciliación de Tierra y humanidad

Conferencia de Carlos Álvarez Pereira, secretario general del Club de Roma Internacional, pronunciada en el Centro Cultural Soka el 20 de septiembre.

Carlos Álvarez, durante la conferencia | Foto: Teresa Arilla

Cuando me preguntan «¿A qué se dedica el Club de Roma?», suelo contestar que, cuando hacemos bien nuestro trabajo, lo que producimos son mejores preguntas para el futuro de la humanidad, porque hacer mejores preguntas es la clave para desarrollar mejores respuestas.

En este momento, muchas personas viven en un estado de desconcierto, pesimismo e incertidumbre. Entre guerras, cambio climático, etc., el panorama global no pinta bien, y genera mucha ansiedad. Es parecido a cuando, en la novela A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, Alicia cruza el espejo, deja el mundo conocido para entrar en el mundo al revés, y vive situaciones cuya lógica no tiene nada que ver con la del mundo conocido. La humanidad se encuentra actualmente en un punto similar: a punto de cruzar el umbral hacia otro mundo distinto. La cuestión fundamental es: ¿con qué actitud cruzamos ese espejo? ¿Apostaremos por la actitud de asombro positivo, de esperanza, o lo cruzaremos dejando que el miedo condicione nuestras decisiones? Más adelante volveré sobre ello.

Cuando me preguntan “¿A qué se dedica el Club de Roma?”, suelo contestar que, cuando hacemos bien nuestro trabajo, lo que producimos son mejores preguntas para el futuro de la humanidad.

«El quinto elemento» es un programa que inicié en 2022 en el Club de Roma, cuyo nombre es deliberadamente provocador. ¿Qué es el quinto elemento? La respuesta es fácil: sois todos vosotros, es la vida misma.

En muchas tradiciones antiguas se reconocen cuatro elementos fundamentales y necesarios para la vida: aire, tierra, fuego y agua. Son componentes esenciales, pero ninguno de esos «ingredientes», por sí solo, crea la vida. Hay algo misterioso, que se llama de formas distintas en distintos sitios –espíritu, energía, etc.– y que para mí es la vida. Ese es el quinto elemento.

Muchas personas, cuando buscan en Internet el nombre del programa, se encuentran con una película de ciencia-ficción con el mismo nombre, que ya tiene sus años. Entonces me preguntan: «¿Cómo has podido elegir esa película para el nombre del programa?». Y siempre respondo que la esencia de la película es la historia de una mujer joven que decide salvar a la humanidad porque se da cuenta de que, además de todas las capacidades para la miseria, para la destrucción, para matarse y destruir la naturaleza, la humanidad también es capaz de amar. Es por eso que decidí llamar este programa «El quinto elemento».

Hablando del Club de Roma, quisiera compartir algunos apuntes. 1968 fue un año excepcional en el que pasaron multitud de cosas, positivas y negativas. Por ejemplo, con el primer viaje a la Luna, fue el inicio de una era nueva en la que somos capaces de mirar la Tierra desde el espacio. Muchos astronautas han comentado cuánto esta nueva perspectiva les ha cambiado la vida, generándoles un impulso a proteger la Tierra y la humanidad porque, aunque la Tierra nos parece muy grande, desde el espacio se ve frágil, preciosa y muy valiosa.

En 1968 también se fundó el Club de Roma. Aurelio Peccei, su cofundador, era un personaje excepcional. Aunque su conexión con las filosofías orientales no es algo que se conozca mucho, en realidad viajó a China por primera en 1935, hace noventa años, en una época en que era muy poco habitual para los occidentales. Siendo empresario y economista, fue allí para hacer negocios, pero aprovechó la oportunidad para conocer corrientes filosóficas como el budismo, el confucianismo, el taoísmo… Estoy seguro de que esto influyó mucho en la visión que desarrolló con el Club de Roma treinta años más tarde.

Hay otro dato que ilustra el carácter excepcional de Aurelio Peccei: durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la resistencia antifascista en Italia y, a pesar de ser encarcelado y torturado, siempre conservó una actitud optimista y de apuesta por la humanidad.

En los años sesenta, junto con Alexander King y algunos más, comenzaron a hacerse preguntas sobre el futuro de la humanidad y decidieron crear un grupo de reflexión y de acción: el Club de Roma. Aunque se hicieran preguntas, estas tenían algunas características específicas: nunca se limitaban al corto plazo, sino que miraban al largo plazo; y siempre tenían una visión global, porque entendían que la humanidad es una y todos somos interdependientes. Esto ha marcado la visión del Club de Roma hasta el día de hoy.

Invención Fernández y Nicolás Murillo, miembros del equipo de responsables del Departamento de Jóvenes de la SGEs, ofrecieron una introducción a la conferencia | Foto: Teresa Arilla

En 1972 se publicó el libro The Limits to Growth (Los límites al crecimiento), y fue un momento clave. Se trataba del primer estudio riguroso basado en un modelo computarizado y, aunque los ordenadores de aquel momento eran limitados con respecto a los actuales, el impacto del libro fue impresionante: se vendieron millones de ejemplares, y realmente generó un gran debate. Una parte sustancial de los intelectuales de la época tuvieron fuertes reacciones en contra. Se nos tildó de «profetas del apocalipsis», pero la realidad es que nunca nos posicionamos en el negocio de las predicciones. Y siempre apostamos por la humanidad.

Aunque algunos no lo entendieron, el libro era una invitación a reflexionar sobre el camino a seguir por la humanidad y el significado del «desarrollo humano».

¿Qué significa el desarrollo humano? ¿Qué significa una buena vida? En definitiva, esto conecta con la pregunta sobre cuál es el significado de nuestra presencia en la Tierra. En aquel momento, el desarrollo humano se entendía como desarrollo material, y el bienestar equivalía a incrementar los niveles de consumo. En los diferentes escenarios de simulación presentados en el libro se trataba de ver si ese desarrollo material es compatible con el hecho de que el planeta es finito. Y la respuesta fue que un crecimiento ilimitado del desarrollo material lleva a una contradicción con los límites planetarios, y a la posibilidad de un colapso de las civilizaciones humanas.

¿Qué significa el desarrollo humano? ¿Qué significa una buena vida? En definitiva, esto conecta con la pregunta sobre cuál es el significado de nuestra presencia en la Tierra.

Las cinco variables que se incluían en el modelo eran «población», «recursos naturales», «producción agrícola», «producción industrial» y «polución». Resumiendo, podemos decir que el colapso es principalmente producto de la combinación de dos factores: el agotamiento de los recursos naturales no renovables y la polución.

Muchos piensan que el avance de la tecnología resolverá el problema y, por supuesto, nos preguntamos por el factor tecnológico. Pero, aun considerando el desarrollo tecnológico, en la mayoría de los escenarios solo se retrasaba el colapso, no se evitaba.

Por supuesto, también había escenarios en los que se planteaba la posibilidad de que todo el planeta tenga cierto nivel de bienestar, o una buena vida, estando dentro de los límites planetarios; eso no es imposible. También es complicado, y veremos el por qué, pero quiero dejar claro que, si en el Club de Roma somos profetas de algo, es del equilibrio, o de la posibilidad de un equilibrio entre humanidad y límites planetarios.

El reto de cómo hacerlo está pendiente de resolver. En realidad, sabemos mucho de cómo hacerlo, pero hay muchas cosas que sabemos y que no queremos aprender, como veremos más adelante.

La verdad es que nos enfrentamos un dilema: los países con huella ecológica baja tienden a tener niveles de desarrollo humano más bajo, mientras que los países con índices de desarrollo humano alto tienen huellas ecológicas insostenibles, en los que se necesitarían tres, cuatro, o incluso siete planetas como la Tierra para sostener el mismo estilo de vida. Esto puede explicar que algunos estén pensando en irse a colonizar otros planetas… Pero yo abogo por quedarnos aquí y buscar soluciones juntos para llegar todos a una situación de desarrollo sostenible.

El mayor obstáculo para lograr un equilibrio es la extraordinaria desigualdad en que vivimos, y que además se va acentuando. De hecho, el lema que plantea el Club de Roma ahora es Equitable well-being for all on a healthy planet, es decir, «Bienestar equitativo para todos en un planeta saludable». La condición crítica para que el planeta sea saludable es la equidad, es decir, reconocer que todas las personas tenemos derecho al bienestar, al desarrollo humano, y que además tenemos que hacerlo compatible con el desarrollo de lo no humano, de la vida en general.

La condición crítica para que el planeta sea saludable es la equidad, es decir, reconocer que todas las personas tenemos derecho al bienestar, al desarrollo humano, y que además tenemos que hacerlo compatible con el desarrollo de lo no humano, de la vida en general.

Hablando de desigualdad, hay datos que hablan muy claro: el grueso del crecimiento de la población humana en los próximos años estará en África, mientras que la riqueza personal está concentrada en Europa y Norteamérica. Y, al mismo tiempo, Asia se está desarrollando muy rápidamente. Esta fractura explica mucha de la geopolítica mundial actual: la percepción de ciertos países, que han tenido la hegemonía y sienten que ahora la están perdiendo, y cómo están reaccionando…

En resumen, estamos en el umbral que mencionaba al principio. Grosso modo, estamos eligiendo entre los caminos del colapso y los caminos de la pluriversalidad, que es la aceptación de un mundo muy diverso, donde todos tienen el mismo derecho a ser humanos, y además todos los no humanos también tienen derecho a la vida. Es un mundo diverso, que compartimos, e interdependiente.

Enrique Caputo, director general de la SGEs y miembro del Capítulo Español del Club de Roma, presentó a Carlos Álvarez | Foto: Teresa Arilla

¿Y cómo elegimos camino? Dicho de forma contundente: futuros deseables, de bienestar para todos y dentro de los límites planetarios, son posibles. En 2022, para el cincuentenario de la publicación de Los límites al crecimiento, produjimos un libro, Earth for All (La Tierra para todos), cuyo mensaje era ese: es posible y es factible. En el libro, incluso nos atrevemos a proponer políticas que puedan dar lugar a ese equilibrio. Pero hay una pregunta fundamental, que está también en los orígenes del Club de Roma: ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo aprendemos? ¿Cómo desarrollamos este camino?

Aurelio Peccei se dio cuenta muy pronto de que el éxito de Los límites al crecimiento no iba a garantizar por sí solo que fuéramos a corregir el rumbo. Por eso, en 1979, siete años después de ese informe, se publicó No Limits to Learning: Bridging the Human Gap, la traducción de cuyo título al castellano era aún más inspiradora: Aprender, horizonte sin límites. Se trata de un libro centrado en la «brecha humana», la diferencia entre nuestra capacidad de actuar y nuestra capacidad de darnos cuenta de las consecuencias de nuestros actos y trabajar sobre esas consecuencias, previniendo las negativas. Este es el primer informe del Club de Roma que yo personalmente leí, y me ha marcado mucho, porque el suyo es un mensaje humanista, que apuesta por que seamos capaces de desarrollar un potencial de aprendizaje participativo (todo el mundo está en el proceso de aprendizaje), anticipatorio (de lo que viene), integrador (de distintas disciplinas y conocimientos) e innovador.

El interés que motivó la conferencia de Carlos Álvarez se tradujo en una amplia asistencia al Centro Cultural Soka | Foto: Teresa Arilla

En el libro se explica que, como humanidad, estamos ahora en modo de «aprendizaje de mantenimiento», es decir, que transmitimos a la siguiente generación lo que ya sabemos, pero eso nos impide ver lo malo que puede venir y transformarlo en una oportunidad. Así no escapamos a la catástrofe, y cuando aprendemos es de la catástrofe. Cómo salir de ese círculo vicioso era justamente lo que planteaba el libro ya en el año ‘79.

Como humanidad, estamos ahora en modo de “aprendizaje de mantenimiento”, es decir, que transmitimos a la siguiente generación lo que ya sabemos, pero eso nos impide ver lo malo que puede venir y transformarlo en una oportunidad.

Cinco años después, en 1984, llegó Before it is Too Late (Antes de que sea demasiado tarde), ese fantástico libro de conversaciones entre Daisaku Ikeda y Aurelio Peccei, donde hablan de la revolución humana, de cambio de mentalidades, de la forma que tenemos que pensar y ver las cosas. Cuarenta años después, nuestro partenariado con la Soka Gakkai y con otros sigue adelante para trabajar en el desarrollo del aprendizaje.

Cuando en 2022 publicamos Earth for All, una reflexión –cincuenta años después de Los límites al crecimiento– sobre qué ha pasado desde entonces, dónde estamos ahora y cómo vemos el futuro, titulé el capítulo que escribí «Cómo aprender lo que ya sabemos». Lo hice porque tenemos muchísima información, y cada vez más, pero aprender es otra cosa: aprender es cambiar en función de lo que sabemos, y esto es otro proceso. Podemos saber muchas cosas que preferimos poner de lado, pero tenemos que ser consecuentes con lo que ya sabemos.

Como evolución de Aprender, horizonte sin límites, y con el espíritu de rendir tributo a ese libro, ahora estamos trabajando en otro que saldrá el año que viene: No Limits to Hope. De nuevo, el tema es: ¿con qué actitud abordamos la situación en la que estamos? Esa actitud es una decisión. Pienso que sí somos libres de decidir con qué actitud nos enfrentamos a lo que ocurre: si tomamos la senda del miedo, de las reacciones defensivas y agresivas, o tomamos la senda de la esperanza, de una actitud activa. Y eso es lo que intenta ver el programa «El quinto elemento», con una apuesta por la humanidad.

Somos libres de decidir con qué actitud nos enfrentamos a lo que ocurre: si tomamos la senda del miedo, de las reacciones defensivas y agresivas, o tomamos la senda de la esperanza, de una actitud activa.

Se trata de desvelar los puntos ciegos… En castellano, con mucha sabiduría, se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y, como apuntaba al principio, hacer mejores preguntas es importante porque iluminan nuestros puntos ciegos. Las buenas preguntas nos abren el espacio de posibilidades en la mente; abren las jaulas mentales en las que estamos. Por ejemplo, en estos tiempos, muchos líderes políticos están atrapados en la jaula mental de que estamos en guerra, de que habrá más guerra, y que por eso tenemos que rearmarnos y gastar el 5 % del PIB en defensa. Si hacemos eso, obviamente habrá más guerra: rearmarnos no es un método para prevenir la guerra, es un método para continuar por el mismo camino. El problema es que no se atreven a salir de su prisión mental y a imaginar futuros de paz, porque están atrapados en sus puntos ciegos y en el dilema del «ellos contra nosotros».

Ese es uno de los dilemas clave: solemos poner una barrera entre «nosotros», los buenos y moralmente superiores, y «ellos», aquellos de los que no necesitamos preocuparnos, hasta el punto de que se pueden exterminar porque molestan –como como está ocurriendo–, y aun así podemos seguir teniendo la idea de que somos moralmente superiores.

Superar ese dilema es todo un reto, pero tenemos que aprender atravesando las fracturas que nosotros mismos hemos creado, fuera de las burbujas en las que estamos metidos. Y podemos hacerlo saliendo de esas burbujas, enfrentándonos a lo que es distinto de nosotros, aunque no nos guste. Se trata de dejar aparcada la idea de que somos moralmente superiores, y de que por ello tenemos la razón, para aprender mutuamente a niveles profundos.

En «El quinto elemento» intentamos aprender mutuamente a través de distintos medios, o de distintos tipos de fracturas, particularmente la fractura generacional. Esta es una fractura muy especial en este momento, porque el nivel de conciencia sobre lo que está pasando es muy agudo en las generaciones jóvenes. Y esto, en el fondo, es potencialmente una buena noticia; hasta la ansiedad puede ser una buena noticia, porque es un factor con el que se puede trabajar, que puede generar energía para avanzar.

En “El quinto elemento” intentamos aprender mutuamente a través de distintos medios, o de distintos tipos de fracturas, particularmente la fractura generacional […], porque el nivel de conciencia sobre lo que está pasando es muy agudo en las generaciones jóvenes.

También aprendemos profundamente a través de las disciplinas científicas, geografías, culturas… O saliendo del estado en el cual la burbuja de la ciencia va por un lado, la política por otro, los negocios por otro, etc. Y, finalmente, también aprendemos atravesando las barreras de estatus sociales, así como las barreras de lenguajes, y no me refiero solo a los idiomas, sino también a la barrera entre el lenguaje racional y los lenguajes artísticos, etc.

En el tramo final de la conferencia de Carlos Álvarez, representantes del Departamento de Estudiantes de la SGEs le plantearon algunas preguntas | Foto: Teresa Arilla

Para avanzar, en «El quinto elemento» tratamos de fijarnos en vectores concretos, de donde pensamos que pueden salir energía positiva y creativa: por ejemplo, el uso de las prácticas artísticas; la capacidad de las nuevas generaciones; la aspiración de todo el mundo a vivir en paz y soberanía. Pero también la fuerte inversión que hace la humanidad en investigación e innovación: 2,5 billones de dólares, una cantidad absolutamente apabullante, tal que, si estuviera dirigida incluso solo en parte hacia la sostenibilidad, hacia la regeneración, no estaríamos hoy hablando de estos problemas. Y, finalmente, las fuerzas del ámbito de los negocios, que están preocupadas con la situación y quieren actuar de otra forma.

Termino con algunas referencias: The 50 Percent es una es una plataforma de jóvenes a la que apoyamos y sostenemos, y con quienes por supuesto también estamos en diálogo. Decidieron llamarse así porque las personas de menos de treinta años son,  aproximadamente, la mitad de la humanidad en estos momentos. Por supuesto, hay muchos más jóvenes en África que en Europa, pero, en resumen, es la mitad de la humanidad.

Y otro apunte: en noviembre realizaremos una conferencia en China llamada «Earth-Humanity Reconciliation». Es algo muy relevante porque China es el único país que por ahora ha adoptado oficialmente el objetivo de convertirse en una civilización ecológica. En esta conferencia vamos a explorar juntos qué puede significar esto.

Finalmente, señalo un primer discussion paper que hemos publicado, llamado Dancing with Paradigms: Could Systemic Wisdom Emerge?, que desarrolla las ideas que acabo de dar.

Concluyo con una idea: estamos viviendo un momento que me recuerda a las tragedias griegas, donde hay un oráculo que dice que va a ocurrir algo muy malo. Entonces, el protagonista de la tragedia toma nota del oráculo y reacciona, pero es una reacción defensiva, desde el miedo, y por eso acaba creando las condiciones para que la profecía se cumpla y la tragedia ocurra. Nosotros estamos a tiempo de hacer lo contrario: crear las condiciones para que el escenario que a muchos dirigentes les parece el menos probable –el escenario del bienestar para todos en un planeta saludable y en paz– se cumpla, y salir de la maldición de la tragedia griega.

Durante la conferencia de Carlos Álvarez, ocuparon las primeras filas los participantes en el curso del Departamento de Estudiantes de la SGEs que se celebraba ese día, quienes después se tomaron con él esta foto de recuerdo | Foto: Teresa Arilla

Carlos Álvarez Pereira es un profesional de alto nivel que combina más de treinta años de experiencia en investigación e innovación, emprendimiento y gestión empresarial con una pasión por el pensamiento de la complejidad y la transdisciplinareidad, así como por explorar la transformación cultural necesaria para cruzar el umbral hacia un bienestar humano equitativo dentro de una biosfera sana. Es miembro del Consejo Asesor del Instituto Internacional Bateson, de la Academia Mundial de Arte y Ciencia, y de la Asociación Española de Antiguos Alumnos Fullbright, de la que ha sido vicepresidente durante ocho años. Ingeniero aeroespacial, se ha desempeñado como profesor e investigador de matemática aplicada en la Universidad Politécnica de Madrid. Fundó y presidió durante catorce años la Fundación e Instituto de Investigación INAXIS, especializada en el modelo de sistemas complejos y aplicaciones de Big Data. Durante más de veinticinco años ha sido fundador y directivo de primer nivel de varias empresas de consultoría en España, Suiza, Francia y Alemania en los ámbitos de las tecnologías digitales, la integración de sistemas y el asesoramiento estratégico.