Vivir dedicada a mi misión

Setsuko Kanai | Barcelona


Setsuko Kanai

Soy originaria de Japón y vivo en Barcelona con mi marido, nuestra hija de diez años y nuestro hijo de seis.

Soy la menor de tres hermanas y, como miembro de la tercera generación de practicantes del budismo Nichiren en nuestra familia, crecí en el «jardín Soka»,[1] acompañando a mis padres a las actividades de Gakkai y participando activamente en el Departamento Futuro.

Gracias a la profunda fe y el incansable esfuerzo de mis padres, quienes superaron grandes dificultades económicas, mis hermanas y yo tuvimos la oportunidad de estudiar tanto en el Instituto Soka de Tokio como en la Universidad Soka. Esto me dio la oportunidad de participar en varios eventos en los que estaba presente Daisaku Ikeda, quien, además de tercer presidente de la Soka Gakkai, fue el fundador de estas instituciones educativas.

Mi encuentro más inolvidable con Ikeda Sensei tuvo lugar durante la ceremonia de graduación del instituto. En esa época me sentía profundamente derrotada: quería ser médica, pero no había conseguido aprobar el examen de ingreso a la universidad a la que deseaba ir. Sufría mucho por no poder informar a mi maestro de la victoria con la que había querido agradecerle todo su apoyo; pero, al mismo tiempo, había recitado mucho daimoku con la firme decisión de encontrarme con él.

El día de la graduación, al enterarme de que venía a vernos, no pude contener las lágrimas de alegría. En su discurso, dijo: «Sé que algunos de vosotros volvéis a desafiaros a estudiar para el año que viene. Avanzad con coraje. Coraje significa victoria, y cobardía significa derrota». En ese momento, tuve la convicción de que esas palabras eran una respuesta a mi oración, y mi sentimiento de derrota se transformó en una nueva decisión. Ese día hice el juramento de vivir siempre como discípula de Ikeda Sensei.

Después de un año de intenso estudio, de nuevo, no logré aprobar el examen para ingresar a la carrera de Medicina. Entonces, decidí matricularme en la Universidad Soka. Al graduarme en ella, me inscribí de nuevo en una universidad para estudiar la carrera de Arquitectura, mientras trabajaba en un estudio de arquitectura en Tokio.

A pesar de todo esto, puedo decir que en mi infancia y adolescencia crecí protegida, sin grandes preocupaciones. Sin embargo, en 2002, nuestra familia vivió un punto de inflexión. Mi hermana mayor, que entonces tenía 22 años, fue diagnosticada con una enfermedad rara de origen genético que provoca una debilidad muscular progresiva. El médico nos explicó que, con el tiempo, necesitaría una silla de ruedas y que no existía ningún medicamento ni tratamiento disponible. En todo Japón apenas había unos trescientos casos diagnosticados, y nos dijeron que probablemente nunca conoceríamos a otro paciente.

Me impactó profundamente ver a mi padre hacer gongyo con lágrimas en los ojos. Yo también sufría mucho y me preguntaba: «Si no podemos curar esta enfermedad, ¿cómo vamos a demostrar el poder de la fe?». Creo que la experiencia de nuestra familia a partir de ese momento ha ofrecido una respuesta.

En 2002 le diagnosticaron a mi hermana mayor, que entonces tenía 22 años, una enfermedad rara de origen genético que provoca una debilidad muscular progresiva. […] Me impactó profundamente ver a mi padre hacer gongyo con lágrimas en los ojos. Yo también sufría mucho y me preguntaba: “Si no podemos curar esta enfermedad, ¿cómo vamos a demostrar el poder de la fe?”. Creo que la experiencia de nuestra familia a partir de ese momento ha ofrecido una respuesta.

Mi hermana, que hoy lleva casi veinte años en silla de ruedas, fundó una asociación de pacientes. En 2015 logró reunir más de dos millones de firmas de una petición para que el Gobierno de Japón incluyera su dolencia en la lista oficial de enfermedades raras, lográndolo.

Poco después, en 2010, obtuvo una beca para estudiar en Dinamarca durante seis meses, y yo la acompañé como asistente personal. Allí aprendimos sobre el movimiento por los derechos de las personas con discapacidad.

Entonces, un grupo de investigadores descubrió un principio activo que podría ser eficaz para tratar su enfermedad. Sin embargo, debido al reducido número de pacientes, ninguna farmacéutica aceptaba producirlo.

Tras quince años de lucha incansable, a principios de este año se aprobó el primer fármaco en el mundo capaz de frenar el avance de la enfermedad. Hoy, mi hermana toma el medicamento y vive plenamente dedicada a su misión. Aunque ha perdido la fuerza en la mayor parte de su cuerpo y solo puede hablar, continúa trabajando, utilizando un ordenador controlado con la mirada.

Setsuko, acompañada de su marido (primero desde la izquierda) y sus hijos, y de su hermana Yuriko y su cuñado

En 2011, tras casarme, me mudé a Barcelona. Más adelante, obtuve una beca para realizar un máster en Arquitectura en Madrid. Tiempo después, me enteré de que el estudio en el que había trabajado en Tokio había sido seleccionado como finalista para un proyecto de reforma del Camp Nou, el estadio del Fútbol Club Barcelona. Sentí que ese era el trabajo que debía hacer, así que contacté con mi antiguo jefe. Gracias a esa iniciativa, conseguí un empleo en la sucursal de la empresa en Barcelona, algo que viví como un gran beneficio de la fe.

Sin embargo, cinco años más tarde, la oficina cerró inesperadamente a consecuencia de la pandemia y perdí mi contrato indefinido. Fue un momento muy duro, porque me gustaba mucho mi trabajo y porque, con dos hijos pequeños, nuestra situación económica se volvió difícil. Me decía: «Creía que este era el lugar perfecto para cumplir mi misión, ¿por qué me pasa esto?».

Aquel verano, sin trabajo, viajamos a Japón y allí, en la revisión médica de los tres años, descubrimos que mi hijo tenía un problema de visión desde su nacimiento. En cuanto lo supimos, le pusimos unas gafas terapéuticas para corregir la ambliopía (ojo vago) de inmediato. El médico nos explicó que, si el diagnóstico se hubiera retrasado, habría sido muy difícil lograr una mejoría. Al escucharlo, sentí un profundo agradecimiento, convencida de que mi hijo había estado protegido gracias a la fe. A principios de este 2025, el médico nos confirmó que su vista había mejorado lo suficiente y que el tratamiento había terminado.

Mi hija, que acaba de cumplir los diez años, empezó a practicar gimnasia artística a los cinco. Con dedicación y esfuerzo, fue progresando poco a poco hasta ganar medallas en distintas competiciones. Antes de los campeonatos siempre recibe mensajes de aliento de los responsables del Departamento del Futuro de la SGEs, y oramos en familia para que pueda rendir al máximo de su potencial. Este verano, su equipo ha conseguido la medalla de oro en el campeonato nacional.

Volviendo al ámbito profesional, tras perder mi trabajo, empecé a ayudar a mi hermana en su labor. Además de la asociación de pacientes, ella fundó una ONG que promueve un mundo más accesible y que ha desarrollado una aplicación colaborativa orientada a usuarios con movilidad reducida, que les permite compartir información sobre qué lugares están bien adaptados a sus necesidades.

En mi puesto actual, aplico mis habilidades como arquitecta y, además, brindo apoyo en temas lingüísticos, especialmente en inglés y español. Sin embargo, no siempre ha sido un camino fácil para mí. Aunque me sentía agradecida de poder colaborar, en ocasiones me veía sobrepasada por el exigente ritmo de trabajo japonés.

Empecé a ayudar a mi hermana en su labor. […] En mi puesto actual, aplico mis habilidades como arquitecta y, además, brindo apoyo en temas lingüísticos, especialmente en inglés y español.

Un día decidí no quedarme en las quejas y enfrentar la situación desde la fe. Me dije a mi misma: «Si realmente tengo una misión en este trabajo, podré superar sus retos a través de la práctica budista». Esta determinación me dio una gran paz interior.

En julio de este año, mi hermana fue invitada por el Gobierno de Japón a dar un discurso en la sede de las Naciones Unidas como ejemplo de iniciativas alineadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Por ese motivo, viajé desde Barcelona a Nueva York para apoyarla junto a su marido.

Estando allí, recitando daimoku, experimenté una gran transformación interior. Sentí con claridad que Sensei estaría feliz de verme en ese lugar, y comprendí que no hay vida más feliz que aquella en la que uno siente que brinda alegría a su maestro. En ese momento, me di cuenta de que mi apego al objetivo de ser una «arquitecta de la Ley Mística» me había estado impidiendo agradecer plenamente el entorno en el que me encontraba. Esta toma de conciencia fue un gran beneficio para mí.

Sentí con claridad que Sensei estaría feliz de verme en ese lugar, y comprendí que no hay vida más feliz que aquella en la que uno siente que brinda alegría a su maestro.

Juntas, preparamos el mensaje que mi hermana transmitiría con el firme deseo de difundir los valores humanistas de Ikeda Sensei. En su intervención, afirmó con convicción que, a pesar de las discapacidades, es posible contribuir activamente a la sociedad y vivir plenamente cuando se cuenta con el apoyo adecuado.

Además, tuvo la oportunidad de ser entrevistada por el canal oficial de la ONU, donde habló sobre la filosofía budista y el compromiso de no dejar a nadie atrás. Estoy muy contenta de haber contribuido a compartir estos mensajes con el mundo, y también de haber podido disfrutar de todo el proceso.

Setsuko, su hermana y su cuñado (imagen izquierda), en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York en julio pasado, a raíz de la invitación a Yuriko a dar un discurso como ejemplo de toma de iniciativas alineadas con los ODS (imagen derecha) | Foto derecha: UNTV-AVSS, United Nations

Paralelamente, el año pasado mi hermana y sus compañeros de trabajo visitaron Barcelona y Madrid, como parte de un estudio sobre accesibilidad. Durante esa visita, una compañera miembro de la Soka Gakkai que desarrolla su profesión en la Facultad de Enfermería de la Universidad de Barcelona la invitó a conocer el entorno académico. Más adelante, mi hermana ofreció una conferencia en la Facultad de Enfermería de la Universidad Soka. Gracias a ello, se está avanzando en la creación de un convenio de intercambio de estudiantes entre ambas universidades.

Estoy muy contenta de poder seguir el camino que Sensei ha abierto para nosotros, y quiero devolver esta deuda de gratitud contribuyendo al kosen-rufu como discípula.

Hace unos años fui nombrada responsable del Departamento de Mujeres en el grupo de diálogo Despertar de la SGEs en Barcelona. En algunas épocas, la participación en las actividades fue muy baja y no había responsables de otros departamentos. En muchas ocasiones me sentí sola. Sin embargo, con el apoyo de algunos compañeros más veteranos, continué trabajando de manera constante, haciendo todo lo que sinceramente estaba a mi alcance.

Para mí, llevar a cabo las reuniones de diálogo y asistir a otras actividades representaba una gran lucha. Con hijos pequeños, encontrar tiempo para entonar daimoku es realmente difícil. A menudo me sentía desanimada al comparar mi práctica actual con la que realizaba cuando formaba parte del Departamento de Jóvenes de la Soka Gakkai. Pensaba cosas como «no logro recitar suficiente daimoku» o, «aunque quiera trabajar por el kosen-rufu, siento que no estoy haciendo lo suficiente».

Sin embargo, después de cada encuentro, siempre terminaba sintiéndome animada y fortalecida. Poco a poco, y gracias a esa perseverancia, otras personas fueron sumándose.

Actualmente, en el grupo contamos con responsables y miembros activos. Además, últimamente, cada año más de una persona recibe el Gohonzon y se incorpora como nuevo miembro. Tenemos el lema «Grupo Despertar: En unión por el kosen-rufu». Creo que nuestra realidad actual lo representa, y que el grupo seguirá desarrollándose.

Asamblea del grupo de diálogo Despertar de la SGEs en Barcelona celebrada en marzo pasado en casa de la familia Kanai

Para terminar, quisiera compartir unas palabras La nueva revolución humana:

Dedicar la vida a tu misión no es hablar de ideales. No es un juego intelectual. La fe es actuar en el lugar en que estás y triunfar sobre la realidad. La luz de la fe brilla en la persona que supera las dificultades. Tu misión es convertirte en la persona más fuerte, la más brillante, la de corazón más puro, trascendiendo tus circunstancias; es vivir una existencia de suprema felicidad.[2]

Muchísimas gracias.


[1]Esta expresión figurada alude a la bondad de las relaciones humanas que se cultivan en la Soka Gakkai, donde, al esforzarse en extraer lo mejor de sí y apoyarse mutuamente, las personas responden al llamamiento a desarrollarse como «flores humanas» (SL, cap. 5, pág. 105) y como «orquídeas» que deleitan con su fragancia a quienes las rodean (Sobre el establecimiento de la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra, en END, pág. 24).

[2]IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, vols. 9 y 10, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2015, pág. 101.