Texto íntegro de la declaración que el presidente de la Soka Gakkai, Minoru Harada, emitió el pasado 1 de agosto, con motivo del octogésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial.
Este año, se conmemora el 80.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, una guerra total que involucró a los pueblos de numerosos países. Se calcula que las víctimas superaron con creces los 60 millones, una cifra que representaba más del 3 % de la población mundial; en su inmensa mayoría fueron civiles, incluyendo mujeres y niños.
Deseo expresar mi profundo dolor por la pérdida de tantas preciadas vidas en cada nación; como practicante budista, oro sinceramente por su sereno reposo.
A la vez, como ciudadano japonés guiado por una honda reflexión sobre esta historia, quiero reafirmar mi solemne promesa de trabajar en aras de la paz, no solo en la región de Asia y el Pacífico, donde las acciones pasadas de Japón causaron enorme devastación y angustia, sino en todo el mundo.
En vísperas del 15 de agosto, fecha que, para Japón, significó el final de la guerra, recuerdo el extenso poema «15 de agosto: El amanecer de un nuevo día», que Daisaku Ikeda –tercer presidente de la Soka Gakkai– compuso en agosto de 2001.
La guerra, que vivió siendo aún adolescente, ejerció un fuerte impacto en su vida. Su familia debió sobreponerse en dos oportunidades a la destrucción de su casa, y el mayor de sus hermanos perdió la vida en combate. Entonces, en aquel primer verano del siglo XXI, escribió sobre sus desgarradoras experiencias durante la guerra:
Nuestro hogar se hizo añicos,
nuestra familia fue empujada
a las profundidades del sufrimiento…
Pero no éramos los únicos:
incontables personas
vertieron lágrimas de angustia
y sufrimiento abrumadores.
Cada año, cuando llega el 15 de agosto
mi corazón se llena de indignación.[1]
En este poema, el maestro Ikeda recalcó que el indescriptible sufrimiento impuesto a la gente común se había extendido a todos los rincones del globo. Quienes aspiren a gobernar –declaró– no deberán olvidar jamás, aun en el eterno futuro, lo que las gentes de todo el mundo vivieron durante la guerra.
Los orígenes del movimiento por la paz de la Soka Gakkai se remontan a la lucha de nuestro presidente fundador, Tsunesaburo Makiguchi, y del segundo presidente, Josei Toda. A pesar de la represión del régimen militarista, que desembocó en su encarcelamiento en julio de 1943, ambos mantuvieron incólume su dedicación a la paz y el bienestar humano, basados en el respeto a la dignidad de todo individuo, un principio central del budismo Nichiren.
La guerra también dejó una huella indeleble en mí personalmente. Nací en Asakusabashi, un distrito céntrico de Tokio, en noviembre de 1941, un mes antes de que Japón ingresara en la guerra del Pacífico. A mis tres años, en mitad de la noche entre el 9 y el 10 de marzo de 1945, una lluvia de bombas incendiarias cayó sobre los barrios más densamente poblados de la ciudad; los fuegos incontrolables devoraron grandes áreas, provocando la muerte de unas 100 000 personas. El terror que sentí mientras mi madre y yo corríamos desesperados entre las calles en llamas no se ha borrado jamás de mi memoria.
Desde entonces, si bien hemos podido evitar, aun por poco margen, el horror de una tercera guerra mundial, no han dejado de perpetrarse atrocidades. Incluso hoy día, los choques y enfrentamientos armados continúan en diversas partes del planeta, incluyendo las calamitosas situaciones que se viven en Ucrania y en Gaza. En particular, el número cada vez más alto de muertes civiles y el agravamiento de las crisis humanitarias son causas de consternación.
El dolor de perder a familiares y seres queridos es el mismo para todos, cualquiera sea nuestra nacionalidad u origen étnico. La Segunda Guerra Mundial afectó a gentes de todas partes; en años recientes, aunque de manera diferente, la pandemia del coronavirus hizo que personas de todo el mundo experimentaran una sensación de pérdida y vulnerabilidad similar.
Siento una enorme aflicción al pensar en todos los que han fallecido y en las familias que han dejado atrás.
La hostilidad entre Israel e Irán que hizo eclosión en junio, sumiendo a la comunidad internacional en un estado de alarma, afortunadamente llegó a contenerse, lo cual evitó una escalada mayor. En lo que respecta al prolongado conflicto en Ucrania y la situación en Gaza, espero sinceramente que un diálogo sostenido y una labor diplomática persistente entre todas las partes involucradas den lugar, lo antes posible, al cese del conflicto y abran el camino hacia una solución duradera.
En el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, promulgada en 1945 como reflexión sobre las lecciones de las dos guerras mundiales, se enuncia el compromiso de «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles». Sin embargo, ¿cuántos países han estado realmente a salvo del flagelo de las guerras en las últimas ocho décadas? En tal sentido, debe reconocerse que la tarea de establecer un mundo de paz, vislumbrada en el texto de la Carta, aún está pendiente.
LAZOS DE AMISTAD CON LOS PAÍSES VECINOS
En diciembre de 1964, Ikeda Sensei me entregó una serie de manuscritos. Se trataba de las primeras trece entregas de su novela La revolución humana, cuya publicación emprendería el Seikyo Shimbun, diario de la Soka Gakkai, en el que yo trabajaba como periodista. En esa época comenzaba a arreciar el conflicto armado en Vietnam, uno de los más letales desde la Segunda Guerra Mundial.
«No hay nada más atroz que la guerra. No hay nada más cruel».
Estas palabras de apertura de la novela fueron escritas por Sensei en Okinawa, escenario de la batalla terrestre más cruenta que se desarrolló en Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Al leerlas, me impactó la profunda indignación que transmitían.
El dolor de perder a familiares y seres queridos es el mismo para todos, cualquiera sea nuestra nacionalidad u origen étnico.

Debe reconocerse que la tarea de establecer un mundo de paz, vislumbrada en el texto de la Carta [de las Naciones Unidas], aún está pendiente.
El diario comenzó a publicar las entregas de la novela el 1 de enero de 1965, y se me asignaron ciertas responsabilidades del proyecto, como la coordinación de la labor del ilustrador. Cada día a lo largo de ese período pude percibir claramente, entre línea y línea del texto, la férrea determinación de Ikeda Sensei de construir una red de solidaridad indestructible para avanzar hacia un mundo sin guerras, fueran cuales fueren los obstáculos.
Mi participación en el proyecto cubrió los tres primeros volúmenes, pero en abril de 1969, poco antes de que empezaran a publicarse las entregas del capítulo «Guerra y paz», perteneciente al volumen 5, Sensei escribió el siguiente pasaje en un artículo para una revista:
De las muchas fotografías que se han tomado sobre la embarrada guerra de Vietnam, ninguna es más elocuente ni más conmovedora que la imagen de una madre que huye de los disparos con su hijo en brazos. […]
De no haber sido por la guerra habrían tenido, probablemente, vidas felices. ¿Por qué, entonces, y con qué propósito, les arrebataron esa felicidad?[2]
Recuerdo vívidamente estas palabras porque la referencia a la imagen de la madre y su hijo me recordó lo que yo mismo había experimentado y presenciado durante la guerra.
En ese período, Ikeda Sensei abogó con insistencia por un alto el fuego inmediato en Vietnam y por la negociación de un acuerdo de paz, urgiendo a la comunidad internacional a acelerar las iniciativas diplomáticas para poner fin al conflicto. Sus incansables esfuerzos para impulsar la rápida resolución de estas tragedias siempre se basaron en su honda preocupación, de ser humano a ser humano, y en su profunda conciencia del sufrimiento que los conflictos bélicos imponían a la gente.
Sensei ofreció oraciones por las víctimas durante sus viajes a los países a los que Japón había infligido dolor y penurias inimaginables durante la Segunda Guerra Mundial: Birmania (actualmente, Myanmar), Tailandia, Camboya y la India en 1961, un año después de haber asumido la tercera presidencia de la Soka Gakkai, y posteriormente China, Corea del Sur, Filipinas, Singapur, Malasia y Australia. Dedicó su vida a promover la amistad con estas naciones.
En sus diálogos con personas de estos países, así como de Vietnam, Indonesia y otros Estados de la región del Pacífico, escuchó de manera seria y sincera sus testimonios de las atrocidades cometidas por Japón durante la contienda bélica. No dejó de esforzarse por preservar cada una de sus palabras para la posteridad a través de incluirlas en artículos publicados por el Seikyo Shimbun y en diálogos editados en forma de libro.
Tuve el privilegio de presenciar varios de sus encuentros con interlocutores, así como el honor de acompañarlo durante su primera visita a la China, entre mayo y junio de 1974. Mientras me ocupaba de los preparativos del viaje como secretario en jefe de la delegación, Sensei me inculcó la convicción de que solo será posible abrir caminos hacia la paz mundial si reflexionamos profunda y continuamente sobre la historia y nos dedicamos con constancia a crear lazos de amistad con los países vecinos. Manteniendo esta convicción en el corazón viajamos vía Hong Kong a Pekín, donde, durante una reunión con representantes de la Asociación para la Amistad Chino-Japonesa, propuso planes concretos para establecer intercambios entre jóvenes y mujeres de ambas naciones.
Solo será posible abrir caminos hacia la paz mundial si reflexionamos profunda y continuamente sobre la historia y nos dedicamos con constancia a crear lazos de amistad con los países vecinos.
En su segundo viaje a China, en diciembre de ese mismo año, se reunió con el primer ministro Zhou Enlai. El mandatario chino, gravemente enfermo en esos momentos, manifestó su firme deseo de forjar entre China y Japón una amistad que perdurase a través de las generaciones. También aludió a la tenacidad con que Ikeda Sensei había señalado la crucial importancia de cultivar relaciones fraternas entre ambos pueblos y a que eso lo llenaba de alegría. Estas dos visitas a China sentaron los cimientos de intercambios juveniles, culturales y educativos entre los dos países que han perdurado hasta hoy.
CUMPLIR LAS DISPOSICIONES DEL DERECHO INTERNACIONAL HUMANITARIO
La determinación de Ikeda Sensei de construir un mundo a salvo de la tragedia de la guerra, donde todas las personas de todos los lugares puedan vivir en paz –determinación claramente enunciada en La revolución humana–, es un legado que recibió de Josei Toda.
Fui una de las personas presentes en el estadio Mitsuzawa de Yokohama cuando, el 8 de septiembre de 1957, el maestro Toda enunció su «Declaración para la abolición de las armas nucleares». Ese año, yo había empezado el bachillerato; la mayoría de las 50 000 personas allí reunidas éramos jóvenes, pero, mirando alrededor, había representantes de todas las generaciones, incluso niños acompañados por sus madres. En ese acto, Toda Sensei declaró la necesidad de condenar el uso de armamentos nucleares en cualquier circunstancia, para proteger el derecho inalienable a la vida de todos los pueblos del mundo.
Cada vez que, a lo largo de los años, vuelvo a leer esa declaración, siento la misma convicción: nunca más, en ninguna parte del planeta, debe repetirse la catástrofe que las armas nucleares provocaron en Hiroshima y Nagasaki. En virtud de ello, la misión social de la Soka Gakkai es trabajar de forma sostenida para hacer realidad un mundo libre de estas armas.
Al observar el panorama actual, preocupa enormemente la erosión permanente de la dignidad de la vida individual, sometida a conflictos armados y guerras civiles, agravados por la amenaza de las armas nucleares, que de nuevo se está intensificando.
Al observar el panorama actual, preocupa enormemente la erosión permanente de la dignidad de la vida individual, sometida a conflictos armados y guerras civiles, agravados por la amenaza de las armas nucleares, que de nuevo se está intensificando.
Tras la colosal devastación de la Segunda Guerra Mundial, el derecho internacional humanitario se desarrolló a partir de un poderoso reconocimiento colectivo de la necesidad de proteger a la población civil de los estragos de la guerra. En su propuesta de paz de 2019, Ikeda Sensei se refirió al trasfondo que precedió el acuerdo sobre los Convenios de Ginebra con las siguiente palabras:
Los convenios que sentaron las bases del actual derecho internacional humanitario manifestaron esta enfática determinación, precisamente porque los participantes en las rondas de negociación habían sentido profundamente la tragedia y la crueldad de la guerra.
Si no retornamos una y otra vez a los orígenes de los Convenios de Ginebra, quedaremos capturados en una lógica argumental que justifica y legitima cualquier acción mientras no viole de manera explícita la letra de la norma.
Se ha informado ampliamente sobre la violación del derecho humanitario internacional en los conflictos que actualmente asolan diversas partes del mundo. Es algo inaceptable. Aun reconociendo que quizá no sea factible la erradicación inmediata y total de las guerras, quiero instar a todas las partes involucradas a aprovechar este octogésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial como una oportunidad para reafirmar su compromiso de cumplir las disposiciones del derecho internacional humanitario. En particular, recordemos que la renovación de los Convenios de Ginebra en la posguerra fue impulsada por el clamor de establecer zonas seguras para los niños, las mujeres, los ancianos y la población enferma o herida.
EL JURAMENTO DE PONER FIN A TODOS LOS SUFRIMIENTOS
Los miembros de la Soka Gakkai urgimos imperiosamente a reforzar los «baluartes contra la guerra» –que impiden que las divisiones y los conflictos escalen y se conviertan en enfrentamientos armados– mediante la solidaridad ciudadana. Es lo que Ikeda Sensei hizo una y otra vez en las propuestas de paz anuales que presentó durante cuarenta años, entre 1983 y 2022.
En su segunda propuesta de paz, en 1984, destacó: «Es fundamental que profundicemos y ampliemos nuestra labor en pos del desarme y que, a la vez, fortalezcamos el compromiso permanente de crear un mundo sin guerras». El cambio que se produjo en esas dos dimensiones –a través de un mayor impulso diplomático hacia el desarme y un mayor peso de la opinión pública a favor de la paz– es lo que contribuyó a acelerar el final de la Guerra Fría.
Los miembros de la Soka Gakkai urgimos imperiosamente a reforzar los “baluartes contra la guerra” –que impiden que las divisiones y los conflictos escalen y se conviertan en enfrentamientos armados– mediante la solidaridad ciudadana. Es lo que Ikeda Sensei hizo una y otra vez en las propuestas de paz anuales que presentó durante cuarenta años.
Hoy, somos testigos de la normalización en el mundo del uso de la fuerza militar y de las muertes civiles que provoca. Nos vemos ante una encrucijada que nos exige redoblar los esfuerzos en aquellas dos dimensiones.
En 2015, cuando se cumplieron setenta años del final de la guerra, Ikeda Sensei presentó al Departamento de Jóvenes de la Soka Gakkai una propuesta profundamente memorable en relación con el significado de renunciar a la guerra. En ella sugirió que la Cumbre de la Paz que desde hacía tiempo organizaban anualmente los jóvenes de Hiroshima, Nagasaki y Okinawa se relanzara como Cumbre de Jóvenes por la Renuncia a la Guerra.
¿Por qué eligió la expresión «renuncia a la guerra» en lugar de la más sencilla «paz»? Su verdadera intención quedó expresada en su propuesta de paz de ese año:
Para cualquier persona, las expresiones de violencia o de opresión basadas en prejuicios contra el individuo o la familia resultan inaceptables. Pero cuando esa misma violencia se dirige contra los grupos étnicos o contra los pueblos, no es tan infrecuente que se la justifique en nombre de algún defecto o error atribuido a las víctimas. Para impedir que estas situaciones cobren magnitud, el primer paso es desarrollar un medio que nos acerque al otro y nos permita mirarnos a los ojos sin incurrir en este tipo de pensamiento generalizador. […]
Sin esta autodisciplina [necesaria para comprender al otro y ver las cosas desde su perspectiva] –especialmente en épocas de tensiones sociales– a nuestra mente le es muy fácil esgrimir ideas subjetivas sobre lo que es la «justicia» o la «paz», y en nombre de ellas amenazar la vida y la dignidad de los otros.
En el mundo de hoy, la palabra «paz» a menudo se disocia de su significado original y se emplea, en cambio, como pretexto para legitimar la agresión y la violencia. El mensaje clave de Sensei aquí es que, en lugar de aceptar esa distorsión, debemos profundizar nuestro compromiso con la paz mediante el juramento explícito de renunciar a la guerra, basado en la convicción de que ningún habitante de nuestro planeta debería padecer sus horrores.

Dado que la amenaza de las armas nucleares parece estar normalizándose en el mundo de hoy, considero que una de las tareas urgentes a las que hace frente la humanidad es promover una opinión pública global favorable a la abstención de su uso, que fortalezca el impulso hacia su prohibición y abolición, y permita dar pasos colectivos para que este siglo se caracterice por la renuncia a la guerra.
Debemos profundizar nuestro compromiso con la paz mediante el juramento explícito de renunciar a la guerra, basado en la convicción de que ningún habitante de nuestro planeta debería padecer sus horrores.
A la luz de esto, nosotros, los miembros de la Soka Gakkai, declaramos nuestro compromiso de seguir trabajando denodadamente en tres áreas clave para resolver los desafíos globales:
La primera es el intercambio juvenil. Así como los seres humanos somos los que iniciamos las guerras, también somos los que podemos superar la división y la confrontación para evitar los conflictos. Para ello, es importante construir una sociedad resiliente ante la manipulación psicológica colectiva y la agitación violenta.
Nuestro movimiento lleva largos años promoviendo intercambios ciudadanos, especialmente entre la juventud, con nuestros vecinos asiáticos, incluyendo China y Corea del Sur. Creemos firmemente que las relaciones de amistad entabladas por los jóvenes que representan a la siguiente generación serán el cimiento más fuerte para un baluarte contra la guerra. A fin de establecer una sociedad que repudie el enfrentamiento armado, es necesario asegurar que cada nueva generación tenga oportunidad de experimentar tales intercambios.

La segunda área es el diálogo interreligioso. No cabe ninguna duda de que, a lo largo de la historia humana, las diferencias entre credos han sido causa frecuente de graves confrontaciones. Al mismo tiempo, muchas religiones han brindado enorme sustento espiritual a los seres humanos en su búsqueda de la paz y la dignidad. Teniendo en cuenta ambos aspectos, las personas de fe debemos tomar acciones concretas para edificar un mundo mejor y ampliar la esfera del diálogo para profundizar el entendimiento mutuo, a fin de no repetir los errores que, en el pasado, tantas veces fueron causa de discordia.
En mayo de 2024 viajé a la Ciudad del Vaticano para reunirme con el papa Francisco y conversar sobre la imperiosa necesidad de lograr un mundo sin guerras y libre de armas nucleares. Este mes de junio, me encontré con el Dr. Datuk Abdelaziz Berghout, decano del Instituto Internacional de Pensamiento y Civilización Islámicos, perteneciente a la Universidad Internacional Islámica de Malasia, con quien dialogamos sobre las filosofías de paz articuladas por el budismo y el islam.
Tanto la Soka Gakkai como la Soka Gakkai Internacional (SGI) han entablado intercambios con otras organizaciones religiosas en reuniones de las Naciones Unidas y en diversos otros foros, que se han traducido en declaraciones conjuntas sobre temas de interés compartido. Seguiremos promoviendo el diálogo interreligioso en adelante.
La tercera área es la expansión de la acción solidaria global entre personas dispuestas a trabajar juntas para resolver los diversos desafíos que afronta el mundo. Los esfuerzos colaborativos dirigidos a lograr objetivos compartidos ofrecen la base más sólida para establecer relaciones de confianza que trasciendan las diferencias nacionales y étnicas. Esta idea se ha visto confirmada y reforzada por nuestra labor de apoyo a las iniciativas de las Naciones Unidas en materia de derechos humanos, cambio climático y otras cuestiones de alcance global.
Hoy, más que nunca, la comunidad internacional debe encaminarse, de una era en que la desconfianza mutua ha llevado a la acumulación de arsenales militares, hacia otra en que las naciones trabajen unidas para hacer frente a las amenazas y retos comunes que afronta la humanidad. A medida que se avance en esa transición, el camino que nos habrá de llevar a un siglo caracterizado por la renuncia a la guerra se irá revelando con claridad.
En una oportunidad, Ikeda Sensei citó estas palabras de Shakyamuni: «Poniéndote en la posición del otro, no mates ni hagas que otro mate»,[3] y recalcó:
En virtud de ser seres humanos, estamos dotados de las herramientas necesarias para esa labor: el diapasón de la reflexión, que nos permite imaginar el dolor de los demás como si fuese el nuestro propio; el puente del diálogo, que nos hace llegar a cualquier persona, en cualquier lugar; y la pala y la azada de la amistad con las cuales cultivar incluso los páramos más áridos y desolados».[4]
Enarbolando este espíritu, en este octogésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial reafirmamos, junto a nuestros compañeros de 192 países y territorios del mundo, nuestra inamovible determinación de seguir tomando acción para crear un siglo de renuncia a la guerra, en que todos los seres humanos podamos vivir en paz y con dignidad.
[1] ↑ IKEDA, Daisaku: Journey of life: Selected poems of Daisaku Ikeda (La travesía de la vida: Poemas escogidos de Daisaku Ikeda), Nueva York: I. B. Tauris, 2014, pág. 348.
[2] ↑ IKEDA, Daisaku: «Haha to naru koto» (Ser una madre), Josei Sebun, 28 de abril de 1969.
[3] ↑ ACHARYA BUDDHARAKKHITA (trad.), The Dhammapada: The Buddha’s path of wisdom (El camino de sabiduría del Buda), Kandy: Buddhist Publication Society, 1996, pág. 53.
[4] ↑ IKEDA, Daisaku: «Amor compasivo, sabiduría y valentía: Por una sociedad global de paz y de coexistencia creativa», propuesta de paz, 26 de enero de 2013.
