Alicia Vásquez Atoche | Madrid

Tras tener a mi primer hijo, en el año 2000, como madre soltera tenía una preocupación recurrente: ¿qué pasaría si un día yo llegara a faltar mientras él era todavía pequeño? Desde una perspectiva completamente materialista, concluía que debía asegurar una base económica sólida y construir un respaldo que le diera seguridad.
Pero cuando Joaquín tenía cuatro años, Buchanan, quien luego se convertiría en papá de mi segundo hijo, Aldor –nacido en 2011–, me habló sobre la práctica del budismo Nichiren en la Soka Gakkai. Al iniciarla, esa preocupación desapareció en mí. Comprendí en lo profundo que la fe en el Gohonzon era la mejor herencia que podría dejarle.
Joaquín, al igual que haría Aldor más tarde, creció en el «jardín Soka»,[1] participando regularmente en las reuniones de diálogo y en las actividades del Departamento Futuro de la SGEs. En 2008 aprendió a hacer el gongyo y practicaba con diligencia. Hacia finales del verano de ese año experimentó una prueba real del beneficio de la práctica y conoció a su padre biológico, quien vino de visita a España por una semana. A partir de ese encuentro, ambos establecieron una relación que mantienen hasta el día de hoy.
A los once años, Joaquín dejó de acompañarme regularmente a las reuniones y su participación se volvió más esporádica. Yo intenté guiarlo en su práctica, pero nunca lo forcé.
Como madre soltera tenía una preocupación recurrente: ¿qué pasaría si un día yo llegara a faltar […]? Desde una perspectiva completamente materialista, concluía que debía asegurar una base económica sólida […]. Al iniciar [la práctica del budismo Nichirenen la Soka Gakkai], esa preocupación desapareció en mí. Comprendí en lo profundo que la fe en el Gohonzonera la mejor herencia.
Cuando Joaquín cursaba la educación secundaria, le compré una consola PSP. Habíamos acordado los momentos destinados al juego y también que solo podía jugar con mi permiso, algo que respetó durante mucho tiempo. Sin embargo, con los años, la consola quedó obsoleta. Un día la entregó en una tienda y, por un dinero adicional, obtuvo un modelo más reciente.
Con el juguete nuevo empezamos a tener problemas. La situación se me iba de las manos: ya no jugaba cuando yo le daba permiso, sino cuando le apetecía. Para entonces ya estaba cursando bachillerato, y cada vez estudiaba menos y jugaba más.
Él quería estudiar Criminología. Aunque a mí esa profesión no terminaba de convencerme para su futuro, jamás lo desanimé. Cuando recibió la nota de la EVAU, la prueba de acceso a la universidad, no le alcanzó para acceder a la opción que deseaba. Entonces, juntos, exploramos alternativas y finalmente elegimos Ingeniería Ambiental en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid.
El primer año de universidad se cerró con un balance no muy favorable, pérdida de becas por falta de rendimiento y en consecuencia tuvimos que pagar unas cuantas segundas y terceras matrículas. Gran parte del conflicto giraba en torno al uso excesivo de la consola. Me desesperaba verlo jugar hasta altas horas de la madrugada, mientras sus estudios quedaban de lado. Las discusiones eran constantes y el sufrimiento, profundo.
Durante toda esa lucha que se extendió entre el bachillerato y los dos primeros años de universidad, no retrocedí ni un milímetro en la práctica budista y conté en todo momento con el apoyo de mis responsables en la SGEs.
Las actividades de Gakkai siempre han sido una prioridad para mí. Preparaba y asistía a las reuniones de responsables y me esforzaba por transmitir el contenido a las compañeras que no habían participado, con el deseo de avanzar todas juntas, sin dejar a nadie atrás. En 2018, durante la visita a Madrid de una delegación de la Soka Gakkai encabezada por su presidente, Minoru Harada, la entonces responsable femenina de la SGI, Yumiko Kasanuki, destacó la importancia de las visitas hogareñas para comprender las circunstancias de las personas y subrayó que el papel de los responsables de la Soka es hacer posible la expansión de las victorias y los beneficios de los miembros. Inspirada por esta orientación, me esforcé en hacer visitas y mantener encuentros de aliento personal con las mujeres de mi zona, de los que siempre salía alentada. Además, colaboraba activamente en la actualización de la información estadística de mi zona y en la coordinación de la actividad del grupo Bienvenida.[2]
Siempre he estado suscrita a la revista Civilización Global y mantenía su lectura, junto con el estudio del Gosho. También seguía con constancia los ritmos de lectura de La nueva revolución humana, y alentaba a mis compañeras a hacer lo mismo. Eso fortaleció mucho mi lazo con mi maestro, Daisaku Ikeda.
Gracias a todos estos esfuerzos, llegó el día en que pude tener un diálogo sincero, de corazón a corazón, con mi hijo. Ambos estábamos cansados de la situación que estábamos viviendo. Yo le propuse que estudiara otra carrera, dentro del ámbito medioambiental pero más teórica, orientada a las letras. Entre lágrimas él me pidió otra oportunidad. Me dijo: «Sé que os he fallado, a ti y a Aldor». A partir de entonces empezó a jugar menos y a estudiar más, aunque revertir el retraso académico que había acumulado no era fácil.
Los responsables jóvenes y de estudiantes de la SGEs habían venido apoyando a Joaquín en sus momentos más difíciles. Ingresó como miembro –sin necesidad de recibir el Gohonzon, por tenerlo ya en casa– en 2019, y ese mismo año participó por primera vez en un Curso Europeo de Estudiantes en el Centro Cultural Ikeda por la Paz de Frankfurt. Esta actividad representó un punto de inflexión decisivo en su vida.
La pandemia trajo consigo retos añadidos. Sin embargo, gracias a su empoderamiento y su lucha, Joaquín salió adelante. Y consiguió una plaza en el programa Erasmus que le dio la oportunidad de estudiar en Noruega durante el curso académico 2022-2023. Al finalizar, regresó a Madrid para cursar el último año de carrera.
Su determinación era terminar sí o sí en julio de 2024. Esto implicaba aprobar las dos asignaturas que le quedaban, realizar las prácticas profesionales y hacer el trabajo de fin de grado, todo simultáneamente entre enero y julio de ese año. Y, como si esto fuera poco, esos meses participó más activamente que nunca en las actividades de la Soka Gakkai. Desplegó una sabiduría y fuerza vital que no había visto antes en él.
Mientras hacía ese gran esfuerzo, en primavera fue admitido como estudiante internacional para hacer un máster en Ingeniería Química en Suecia. Para ello, era imprescindible finalizar la carrera en julio, sin falta. Y lo consiguió: se graduó con matrícula de honor y obtuvo un sobresaliente en las prácticas realizadas en el Instituto Madrileño de Estudios Avanzados, directamente vinculadas a su trabajo de fin de grado sobre la captura de CO₂ en el aire. Entre medias, le propusieron participar por segunda vez en el Curso Europeo de Estudiantes en Frankfurt.
En julio del año pasado, ya como ingeniero ambiental, recibió el Gohonzon en Madrid y se trasladó a Gotemburgo para iniciar el máster, de dos años de duración, en la Universidad Tecnológica Chalmers. Actualmente estudia y trabaja en ella.
Joaquín ha asumido una responsabilidad en el Departamento de Jóvenes de la Soka Gakkai de Suecia. Hace visitas hogareñas en bicicleta y prepara con gran dedicación las reuniones de diálogo y de estudio. También participa en la actividad del grupo Soka (Sokahan), incluso viajando para hacerlo los cerca de 500 kilómetros que median con la capital. En mayo se presentó al examen de introducción al budismo, y en julio participó por tercera vez en el Curso Europeo de Estudiantes, esta vez como integrante de la delegación sueca.
En agosto, Joaquín recibió dos buenas noticias: fue admitido como alumno internacional para realizar su trabajo de fin de máster en la Universidad Tsinghua, en China. A partir de marzo, investigará en esta prestigiosa institución de tecnologías innovadoras de combustión limpia, reduciendo las emisiones a la atmósfera. Además, supo que había aprobado su primer examen de budismo.

Respecto a Aldor, mi otro hijo, acaba de empezar tercero de la ESO. Si alguien me preguntara qué creo que va a hacer de mayor, diría que no tengo ni la menor sospecha. Lo único que sé es que me está ayudando mucho en mi revolución humana.
Con catorce años, todavía nos acompaña a su padre y a mí a las reuniones de diálogo y a otras actividades de la Soka Gakkai. Participa ocasionalmente en las reuniones del Departamento Futuro y hace daimoku y gongyo de vez en cuando. Esto me parece maravilloso, e intento aprovecharlo al máximo, consciente de que está entrando en la adolescencia.
El paso de primaria a la ESO fue un verdadero desafío para Aldor. No estaba preparado para la carga académica que implicaba y mostraba poco interés por los estudios. Hacer los deberes, por simples que fueran, le tomaba mucho tiempo. Esta situación me generaba mucho sufrimiento; no sabía qué más hacer para inspirarlo, y muchas veces lloraba ante el Gohonzon.
Su padre y yo llegamos al final de primero de la ESO con el corazón en un puño y entonando mucho daimoku por la felicidad de nuestro hijo, que hacía un examen de recuperación tras otro. Aldor aprobó, pasó a segundo y, aunque su actitud hacia los estudios no cambió, nosotros estábamos más preparados. Un día, mientras hablábamos sobre la EVAU, Aldor me sorprendió al decir con total convicción que él iría a la universidad. Yo, que ya había empezado a limitar sus posibilidades en mi mente, recibí una gran lección. «Yo puedo hacerlo», me dijo, y entendí que su determinación era más fuerte que mis dudas.
Los pasajes de aliento de Ikeda Sensei que me han sostenido a lo largo de este tiempo se cuentan por decenas o centenares. Pero quisiera destacar uno que tuve impreso en mi altar en los momentos más sombríos, y que me ayudó enormemente a avanzar en mi revolución humana:
Las cosas no siempre marchan según lo planeado. La vida es, de hecho, una serie constante de acontecimientos inesperados. Pero, en lugar de consternarnos, podemos utilizar nuestra sabiduría para crear un nuevo valor a partir de ello. En esa flexibilidad y adaptabilidad reside la verdadera fortaleza del ser humano.[3]
[1]↑ Esta expresión figurada alude a la bondad de las relaciones humanas que se cultivan en la Soka Gakkai, donde, al esforzarse en extraer lo mejor de sí y apoyarse mutuamente, las personas responden al llamamiento a desarrollarse como «flores humanas» (SL, cap. 5, pág. 105) y como «orquídeas» que deleitan con su fragancia a quienes las rodean (Sobre el establecimiento de la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra, en END, pág. 24).
[2] ↑ El grupo de capacitación Bienvenida asume la recepción a los centros culturales de la SGEs, con el espíritu que condensa el pasaje del Sutra del loto que exhorta: «[S]i ves a alguien que acepta y abraza este sutra, deberás ponerte de pie y saludarlo desde lejos, con el mismo respeto que mostrarías a un buda» (SL, cap. 28, pág. 320).
[3] ↑ IKEDA, Daisaku: «Aliento diario» del 28 de febrero.
