Concretar una vida tan feliz…

María Benavides Sánchez | Alcobendas

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María, visitando un lugar amado por su maestro: Taplow Court

Soy originaria de Perú, donde crecí en una familia budista.

Mi abuela fue la primera en abrazar la práctica, en Lima, a finales de la década de 1960. Ella nos contaba que en su primera reunión de diálogo de la Soka Gakkai, a la que asistió animada por una amiga, prácticamente todos los asistentes eran invitados y sabían poco o nada del budismo, como ella. Durante el encuentro, alguien preguntó: «¿Quién quiere ser feliz?». Ella levantó la mano y dijo con fuerza: «¡Yo!». Así fue como se inició en el budismo.

Desde ese día, mi abuela nunca dudó del Gohonzon, tuvo una práctica firme y una fe fuerte, y siempre llevó a su maestro, Daisaku Ikeda, en el corazón. A lo largo de su vida, experimentó inmensas pruebas reales del valor del camino que había escogido. Y transmitió esta filosofía a mi madre.

Yo me recuerdo yendo, de pequeña, a muchas reuniones de diálogo con ambas, y admirando también el ejemplo de mi madre. Cuando yo era niña, ella repartía la revista de la Soka Gakkai de Perú. En ese momento tenía cinco hijos y, aun así, se desafiaba a desempeñar esa responsabilidad. Entregaba las revistas en mano, a suscriptores que en muchos casos vivían en lugares lejanos. Mi padre no era miembro de la Soka Gakkai, pero la apoyaba llevándola en coche cuando era necesario.

Muchos años después, tuve la fortuna de asistir con mi abuela y mi madre a un encuentro celebrado en el antiguo centro cultural de la SGEs en Madrid. De hecho, participamos juntas cuatro generaciones, al estar también mi hija Elena, que en aquel momento tenía cerca de dos años. Ese día mi abuela fue invitada a compartir con los asistentes su experiencia de vida y fue increíble, ¡cuánta fuerza tenía! Falleció tranquilamente en Madrid en el año 2010, a los 84 años, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos.

*

Después de dejar Perú a los 19 años, yo había venido a conocer España a los 23. Mi intención era seguir hacia Australia, pero me enamoré de Madrid. Además, a los pocos meses conocí al que se convertiría en mi marido. Me quedé. Luego fueron llegando varios de mis hermanos.

Después de dejar Perú a los 19 años, yo había venido a conocer España a los 23. Mi intención era seguir hacia Australia, pero me enamoré de Madrid. Además, a los pocos meses conocí al que se convertiría en mi marido. Me quedé.

En aquel entonces, la comunicación con mi madre era a través de cartas. Ella siempre me escribía: «Busca la Soka Gakkai». Yo no seguía su consejo, pero fue tan insistente que al final lo hice. ¡Y cuál fue mi sorpresa al descubrir que vivía a una calle del centro cultural que la SGEs tenía en aquel entonces en el distrito de Tetuán! Allí se inició realmente mi práctica budista personal. Empecé a participar en todas las reuniones que podía, y también llevaba a mis hermanos. 

En aquel entonces, la comunicación con mi madre era a través de cartas. Ella siempre me escribía: «Busca la Soka Gakkai». […] Al final lo hice. […] Allí se inició realmente mi práctica budista personal.

Yo había terminado mis estudios de Diseño de Moda y Diseño para Teatro y Televisión y, con ese bagaje, durante mucho tiempo estuve a cargo de diseñar los carteles de las reuniones del Departamento de Mujeres. También estaba activa en el coro y, en tiempos donde no había WhatsApp, me ocupaba de enviar pasajes del Gosho como parte de nuestros esfuerzos en el aliento personal.

Después de casarme, deseé ser madre. Lograrlo no fue fácil. Esta dificultad me llevó a orar mucho, pero no parecía haber avances. Con todo, decidí seguir con mi daimoku, sin agobio. Y estuve así dos años, hasta que, casi por sorpresa, un día descubrí que estaba embarazada.

Mi marido y yo estábamos muy felices. Entonces, en una de las visitas de control, la doctora me informó de que tenía que guardar reposo absoluto, o podría perder el bebé. Pasé de estar muy activa en las reuniones de la Soka Gakkai a dejar de participar. Pero seguía entonando daimoku. Finalmente, mi hija Elena nació sin complicaciones, trayendo mucha alegría a nuestro hogar.

Después de casarme, deseé ser madre. Lograrlo no fue fácil. Esta dificultad me llevó a orar mucho.

Al mismo tiempo que se ampliaba nuestra familia, fui testigo del desarrollo de la familia Soka en España. Al principio recuerdo que había un solo grupo de diálogo en Madrid. Nos reuníamos en el centro cultural y prácticamente éramos siempre los mismos. Cuando volví a participar, tras casi un año y medio de pausa durante el embarazo y los primeros meses de cuidado de mi hija, para mi sorpresa no conocía a casi nadie, ¡habían aparecido muchos nuevos compañeros! Empecé a ir al centro cultural todos los jueves –la tarde en que abría–, hubiera lluvia, atascos o lo que fuera.

Ese crecimiento se reflejó también en la aparición de nuevas publicaciones, como nuestra revista, que cada año se va superando; Los escritos de Nichiren Daishonin, en 2008; y numerosos libros de Ikeda Sensei. Gracias a ello, todos hemos podido profundizar y avanzar mucho más.

Siempre he tratado de aplicar los valores de la Soka Gakkai en la crianza y la educación de mi hija, esforzándome al mismo tiempo por adquirir más sabiduría y crecer yo misma a través del estudio, el daimoku y las actividades. Gracias a la orientación brindada por mi maestro, basada en el Gosho, en los momentos de crisis de mi hija siempre he encontrado el aliento adecuado, justo en el momento en que me hacía alguna pregunta.

Cuando hacíamos reuniones de diálogo en nuestra casa, ya con 8 o 9 años a Elena le encantaba abrir la puerta, recibir a los asistentes y ofrecerles agua. Recuerdo un día en que teníamos todo preparado, pero finalmente no vino nadie. Me dijo: «Mamá, no te pongas triste porque no ha venido nadie», y yo le respondí: «No estoy triste, hija. Para dialogar bastan dos personas, y nosotras somos dos». Se puso muy contenta, oré con ella un poco e hicimos nuestra pequeña reunión.

Años antes de ser madre, yo había oído que Ikeda Sensei tocaba a veces el piano para inspirar a los compañeros. Me conmovió, y recuerdo que pensé: «¡Ojalá yo supiera tocar el piano para hacer lo mismo!». Años después sería mi hija la que, estando ya en el Departamento Futuro, tocaría el piano para los miembros de nuestro grupo de diálogo, y también durante la visita a Madrid de una delegación de la Soka Gakkai encabezada por el presidente Minoru Harada, en 2018.

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Desde que empecé a practicar por iniciativa personal en Madrid, pude desarrollarme mucho gracias a varios cursos de capacitación y otras actividades que nunca olvidaré.

El primer gran desafío que tuve que enfrentar fue hace 20 años, cuando me llamaron de Perú para informarme de que a mi padre, de 64 años, le quedaban dos días de vida. Había ingresado en el hospital para una operación sencilla y tenía programado visitarnos en Madrid poco después. ¿Cómo podía ser? Me quedé en shock… Pero ya me había fortalecido en la práctica budista; sabía que el daimoku es muy poderoso y que podemos transformar cualquier situación. Aumenté mucho mi oración, y los siete hermanos que vivíamos fuera pudimos viajar a Lima para estar con él, mi madre, y nuestro hermano pequeño.

Mi padre estaba en la UCI. En esos días de abundante daimoku pude percibir en mi vida mucha tranquilidad. No todos mis hermanos practican el budismo, pero los ocho oramos por nuestro padre junto a nuestra madre. Íbamos al hospital con alegría, era algo inimaginable ante el dolor. Mi padre alargó su vida un mes y medio y falleció en mayo de 2006.

En la funeraria hicimos daimoku juntos, nos acordamos de cosas alegres de él y nos reímos mucho. Estábamos tranquilos. Una mujer se acercó a mi madre y le dijo: «¡Qué bonito entierro!». Ella le respondió que éramos budistas, miembros de la Soka Gakkai, y que entonábamos Nam-myoho-renge-kyo.

A partir de esa experiencia, aumenté mi daimoku. Y eso fue crucial para afrontar el momento en que, años después, volví a cruzarme con la enfermedad y la muerte. En 2019, después de tres meses de idas y venidas del hospital, falleció mi marido.Ya era otra época de mi vida, con más madurez en la fe y más conocimiento. El Gosho dice: «Si su determinación flaquea tan sólo un instante, las funciones demoníacas sacarán ventaja».1 No dejé que esto ocurriera, ni un día. Él falleció rodeado de cariño y en paz. Yo decidí seguir luchando por el kosen-rufu.

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Actualmente soy responsable del Departamento de Mujeres de la zona Soleones de la SGEs, en Madrid. Junto a mis corresponsables, hemos conseguido ser «inseparables como los peces y el agua en que nadan»,2 y la unión se está reflejando en el crecimiento de la zona.

María (primera desde la derecha) y su hija Elena (en primer plano) participaron juntas en la asamblea «El legado del maestro: mi avance vibrante» del grupo Avanzar

Cada día entono un fuerte daimoku por todas mis compañeras. Son todas mujeres maravillosas que se están esforzando en su práctica y sus luchas diarias, y van avanzando. Mi determinación es que surjan nuevos jóvenes, nuevos hombres y que cada una de las mujeres de mi zona llegue a concretar una vida tan feliz que pueda decir: «¡No me lo puedo creer!».

Me despido con unas palabras de aliento de Ikeda Sensei:

Tenemos que ser inclementes en nuestra lucha por identificar, acometer y derrotar las funciones negativas. Este es el espíritu de refutar el mal y guiar a las personas hacia la enseñanza correcta, el espíritu del shakubuku. Cuando tenemos «el mismo corazón que Nichiren», ¿qué debemos temer?3

Mi determinación es […] que cada una de las mujeres de mi zona llegue a concretar una vida tan feliz que pueda decir: «¡No me lo puedo creer!».


  1. Sobre las persecuciones acaecidas al venerable, en END, pág. 1043. ↩︎
  2. La herencia de la Ley suprema de la vida, en END, pág. 227. ↩︎
  3. IKEDA, Daisaku: La sabiduría del Sutra del loto, Vol. 2, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2017, págs. 169-170. ↩︎