A continuación presentamos un extracto de un ensayo en el que Daisaku Ikeda escribió sobre Ricardo Díez-Hochleitner, durante la etapa en que este bilbaíno universal presidió el Club de Roma, un laboratorio de ideas de prestigio mundial.
El tiempo es vida, y Ricardo Díez-Hochleitner no desperdicia ni un solo minuto en su día a día. En cualquier caso, se mueve mucho, y como tercer presidente del Club de Roma ha recorrido el mundo de un extremo a otro.1 «Lo que puedo hacer es tender puentes», afirmó, y así ha ido creando una red para la paz.

Como trabaja sin importar las diferencias horarias, cada vez que me reúno con él le pido: «Cuídese mucho».
En una ocasión, me dijo: «Trabajo impulsado por la sensación de urgencia de que mañana será demasiado tarde, y hay que hacer algo hoy mismo. Los problemas a los que se enfrenta la humanidad son demasiado grandes, graves y urgentes, y mi contribución es demasiado pequeña… Debo hacer más por la humanidad. Eso es lo que me impulsa».
Sentido de responsabilidad: si tuviera que resumir la grandeza del ser humano en una sola palabra, sería esta. La responsabilidad no es un pasivo sentido del deber. Se trata de que cada uno decida por sí mismo qué debe hacer en este preciso momento. Es una cuestión de autoconciencia, así como una cuestión de convicción y estado vital.
La responsabilidad no es un pasivo sentido del deber. Se trata de que cada uno decida por sí mismo qué debe hacer en este preciso momento.
Hay un proverbio que dice: «Un esclavo no puede asumir responsabilidades». Efectivamente, una persona privada de su libertad y que actúa por obligación no puede asumir responsabilidades, aunque lo desee. Solo las personas libres son capaces de tomar conciencia de la responsabilidad.
¿Podría acaso decirse que la magnitud y la profundidad del sentido de responsabilidad que uno siente en la vida son la medida de la libertad interior que ha alcanzado? El propio Club de Roma nació del sentido de responsabilidad hacia el futuro de su cofundador, Aurelio Peccei. Nadie se lo pidió. El Dr. Peccei se puso en marcha por iniciativa propia, impulsado por la convicción de que la humanidad se hundirá si sigue obsesionada con el materialismo.
Díez-Hochleitner afirmó: «Me considero discípulo del Dr. Peccei». Y expresó su deseo de heredar la amistad que existía entre este y yo. Me di cuenta de que valora mucho al fundador y que siempre tiene presente el punto de partida que representa.
El título que Aurelio Peccei eligió para la recopilación de nuestras conversaciones fue «Antes de que sea demasiado tarde».2
Peccei afirmó:
Con responsabilidad y compasión, debemos preparar el camino de la vida para la próxima generación. Lo que se necesita para ello es una revolución humana. Solo la revolución humana nos permite desarrollar nuestro potencial interior, tomar plena conciencia de cuál es nuestra verdadera naturaleza y actuar en consecuencia. Solo la revolución humana puede mostrarnos cómo utilizar eficazmente los ordenadores, los satélites artificiales, los motores, las máquinas, los reactores nucleares y los dispositivos electrónicos para relacionarnos con nuestros semejantes y con todo el universo.
Lo que dio a conocer de forma repentina al Club de Roma fue el informe Los límites del crecimiento. En él se denunciaba la finitud de la Tierra y se daba la voz de alarma sobre la explosión demográfica, el agotamiento de los recursos y los problemas medioambientales.
Argumentando que la solución fundamental a este conjunto de problemas complejos pasaba necesariamente por cambiar los patrones de comportamiento egoísta de las personas, se propusieron un nuevo humanismo y la revolución humana.
«Hay límites para el crecimiento, pero no hay límites para el aprendizaje». «Los recursos externos son finitos, pero la riqueza interior del ser humano es infinita». «Desarrollemos la sabiduría para aprovechar el conocimiento». Todas estas eran convicciones de Aurelio Peccei.
Al final de su «Programa para el fin de siglo», dictado en 1984 apenas doce horas antes de su fallecimiento, se lee: «Otra razón por la que el desarrollo humano es ineludible es que, para superar esta difícil situación, la humanidad debe comprender claramente dónde se encuentra ahora, hacia dónde se dirige y, aún más importante, hacia dónde podría dirigirse».
¿Dónde se encuentra ahora la humanidad y hacia dónde se dirige? Según Peccei, nada puede comenzar sin una visión macroscópica de la dramática transformación que está teniendo lugar en la Tierra. Esto es, sin duda, lo que se entiende por sabiduría.
Ricardo Díez-Hochleitner comparte exactamente la misma convicción: «Primero, debemos comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos», dijo. «Aunque se diga que la Tierra está enferma, el verdadero problema es que el ser humano está enfermo».
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El núcleo de la teoría del liderazgo del Dr. Díez-Hochleitner es el aprendizaje. Él ha declarado: «Si tengo que expresar mi opinión, prefiero ser más bien un servidor de los demás que un líder. Soy más feliz así. Mis colegas del Club de Roma son todos intelectuales magníficos. Me considero simplemente su discípulo. Aprender constantemente: creo que ese es el sentido de la vida».
Quizás en esta humildad reside el secreto de su energía.
Los tiempos cambian rápidamente. Por eso, si nos olvidamos de aprender, nos quedaremos atrás de inmediato. No aprender es sinónimo de irresponsabilidad.
Los tiempos cambian rápidamente. Por eso, si nos olvidamos de aprender, nos quedaremos atrás de inmediato. No aprender es sinónimo de irresponsabilidad. […] El siglo XXI será una carrera entre nosotros y el tiempo.
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Mi primer encuentro con Ricardo Díez-Hochleitner tuvo lugar en la ceremonia de inauguración de la Casa Literaria de Víctor Hugo, en Francia (en junio de 1991). Se había desplazado expresamente desde España para asistir.
Víctor Hugo afirmó claramente que la serie de revoluciones que ocurrieron en Francia «no eran revoluciones puntuales, sino una “revolución humana”». En ese sentido, para quienes pensamos que para el éxito de la transformación global es necesaria una revolución humana, no podía haber un lugar mejor para encontrarnos.
[…] El siglo XXI será una carrera entre nosotros y el tiempo.
Ricardo Díez-Hochleitner (1928-2020) nació en Bilbao. Tras graduarse en la Universidad de Salamanca, estudió Ingeniería química y fabricación de maquinaria en la Universidad Técnica de Karlsruhe (Alemania) y contribuyó al fomento de la industria química española. Fue catedrático en universidades de España y Colombia, y ocupó diversos cargos de responsabilidad tanto a nivel nacional como internacional, entre ellos los de miembro del Consejo Ejecutivo de la UNESCO, ministro de Educación y Ciencia de España, primer director del Centro Nacional de Educación y primer director del Departamento de Inversión en Educación del Banco Mundial. Con el inicio de la década de 1990 asumió la presidencia del Club de Roma, y en 2000 fue nombrado presidente honorario.
HUELLAS DE LOS INTERCAMBIOS

En enero de 1991, en medio de las crecientes tensiones en torno al golfo Pérsico, Daisaku Ikeda, junto con otros cinco intelectuales internacionales, envió al presidente de Irak un llamamiento urgente a una resolución pacífica del conflicto. Una de las personas que se unió a este llamamiento para evitar la guerra fue Ricardo Díez-Hochleitner, entonces presidente del Club de Roma. Incluso antes de conocerse en persona, lucharon juntos por la paz.
En junio de ese mismo año, abrió sus puertas la Casa Literaria de Víctor Hugo, en la localidad francesa de Bièvres. Entre los numerosos invitados a la ceremonia de inauguración estaba también Díez-Hochleitner. Antes de la ceremonia de inauguración, Ikeda y Díez-Hochleitner tuvieron su primer encuentro. «He venido para expresar mis respetos al presidente de la SGI», dijo Díez-Hochleitner.
El Club de Roma está formado por destacados intelectuales de todo el mundo. Ha defendido constantemente una transformación del comportamiento humano para construir una sociedad sostenible. En Bièvres, Díez-Hochleitner habló de Aurelio Peccei, cofundador del Club de Roma, y declaró: «Tengo la intención de heredar los profundos sentimientos de respeto y amistad que el Dr. Peccei tenía hacia el presidente de la SGI. Y, sinceramente, espero que podamos forjar una relación de cooperación aún más estrecha que hasta ahora».
Daisaku Ikeda respondió: «Yo siento lo mismo». Y elogió el espíritu del Club de Roma al abordar los problemas globales. «¡Luchemos por la felicidad de la humanidad!», exclamó, expresando así su pasión por trabajar juntos por la paz. También acordaron mantener diálogos y publicar una recopilación de ellos.
En su segunda conversación, en mayo de 1992, intercambiaron opiniones sobre la necesidad de una revolución humana en la era de la revolución global. Cuando el tema giró en torno a la juventud, Ikeda Sensei afirmó: «Un intelecto arrogante que se olvida del ser humano y una erudición meramente autoritaria no pueden conmover el alma de los jóvenes. Al contrario, serán ignorados por la juventud. Quienes trabajan por el futuro deben respetar y escuchar con seriedad la voz del futuro, es decir, la voz de los jóvenes».
Tras asumir Díez-Hochleitner la presidencia, se habían incorporado al Club de Roma nuevos miembros jóvenes y prometedores, y las actividades se habían vuelto aún más dinámicas. Él señaló al respecto: «Soy plenamente consciente de que mi tarea de cara al futuro es dedicar tiempo a los jóvenes y escuchar lo que tienen que decir. De ese modo, nosotros mismos podemos adquirir una gran sabiduría. Podemos volvernos más sensatos. Así, podremos desarrollar plenamente nuestros propios valores y abordar las cosas con más seriedad».
Durante la reunión en julio de 1994, Díez-Hochleitner también expresó, en relación con la juventud: «El Club de Roma es una organización dedicada a los jóvenes. El presidente Ikeda también trabaja por la paz y por el mundo. Está brindando esperanza a los jóvenes. La SGI y nosotros somos organizaciones con un propósito común».
En febrero de 1996, Daisaku Ikeda se convirtió en el primer japonés en ser nombrado miembro honorario del Club de Roma. Ricardo Díez-Hochleitner le entregó personalmente la carta de nombramiento en representación de la junta directiva. Entre los miembros honorarios figuraban jefes de Estado, antiguos jefes de Estado y académicos de renombre, todos líderes representativos de la escena mundial.
En la carta de nombramiento se leía: «Ha llegado el momento de reconocer oficialmente hasta qué punto valoramos la amistad, la confianza y la sabiduría que nos brinda una personalidad de su calibre, con su prestigio internacional y su inmenso conocimiento».
En noviembre de 2005 se completó la recopilación de los diálogos. El título, Un diálogo entre Oriente y Occidente, fue propuesto por Díez-Hochleitner.
En 2011, recordando con nostalgia su amistad con Daisaku Ikeda, Ricardo Díez-Hochleitner afirmó lo siguiente: «En tiempos difíciles, la mejor medicina es la medicina para el espíritu. Porque es de ahí de donde nace la paz». «Ikeda es un maestro excepcional que inspira a muchas personas y trae felicidad a quienes sufren».
En 2011, recordando con nostalgia su amistad con Daisaku Ikeda, Ricardo Díez-Hochleitner afirmó […]: “Ikeda es un maestro excepcional que inspira a muchas personas y trae felicidad a quienes sufren”.
(Traducción de la entrega 19 de la serie «Diálogos que unen al mundo», en la que se reeditan escritos dedicados por Daisaku Ikeda a personalidades con quienes mantuvo diálogos, publicada en el Seikyo Shimbun el 6 de julio de 2026. El ensayo del que proviene el extracto se publicó por primera vez en 1994, y está incluido en el volumen 122 de las obras completas de Ikeda Sensei en japonés).
