De la conmoción a la acción

Iniciativas solidarias tras el doble terremoto en Venezuela

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El doblete sísmico ocurrido en Venezuela poco después de las seis de la tarde del 24 de junio (hora local) afectó a buena parte del norte del país, incluida la capital, Caracas, y golpeó con especial fuerza el estado de La Guaira.

Se da la circunstancia de que, como ha transmitido a CGlobal una de las personas con quienes hemos contactado a raíz del desastre: «Para los guaireños esta tragedia no solo representa una catástrofe más. Significa revivir el profundo dolor que marcó nuestras vidas en 1999, cuando el deslave devastó La Guaira y miles de personas fallecieron bajo la fuerza imparable de la naturaleza. Aquella tragedia quedó grabada para siempre en nuestra memoria, y sentimos que la herida volvió a abrirse».

Tras los terremotos, los medios de comunicación y las redes sociales se llenaron de informaciones sobre las devastadoras consecuencias y los diversos esfuerzos desplegados en respuesta a ellas. Pronto se hicieron eco, también, de sentimientos de frustración ante la avalancha «de imágenes de rescates y edificios desmoronados, y de noticias sobre familias desaparecidas y sobre la inacción» de ciertas instituciones, de acuerdo con otra de las personas contactadas.

Miembros de la Soka Gakkai en el país caribeño y la propia SGIV (Soka Gakkai Internacional de Venezuela) en cuanto entidad emprendieron, como tantos individuos y organizaciones, acciones dirigidas a asistir a quienes más lo necesitaban.

Entre las iniciativas coordinadas por la SGIV estuvieron: la recopilación de información actualizada sobre la situación de miembros y allegados; el contacto y aliento a las familias; la donación de ropa, medicinas, equipo médico, artículos de higiene personal y otros; el asesoramiento por parte de voluntarios expertos en cuestiones como la conveniencia o no de permanecer en viviendas afectadas; y la puesta a disposición de espacios de la sede de la entidad en Caracas como refugio temporal para familias cuyos hogares dejaron de ser habitables.

Además, numerosos integrantes de la SGIV emprendieron acciones a título personal. Entre ellas se cuentan las siguientes:

  • Apoyo como rescatistas y remoción de escombros en Caracas y La Guaira.
  • Apoyo como transporte para trasladar personal capacitado o donaciones.
  • Apoyo como paramédicos en el lugar de los desastres y en labores de rescate.
  • Apoyo como intérpretes, entre el personal de apoyo extranjero y local y con los heridos.
  • Donación de alimentos para desayuno, almuerzo y/o cenas de damnificados o personal de apoyo.
  • Donación de ropa, calzado, alimentos no perecederos, agua potable, medicinas, materiales, entre otros en los diferentes centros de acopio cercanos a su comunidad.
  • Donación de sangre.
  • Enlace de comunicación y redes de apoyo para conectar profesionales con insumos ofrecidos por personas del entorno.
  • Organización, voluntariado y disposición de centros de acopio en Caracas.

Paralelamente, en Japón la Soka Gakkai formalizó un compromiso de donación económica para asistencia humanitaria a través de la Embajada de Venezuela (véase la noticia en la sección de «Actualidad»).

En España, también, numerosos miembros y simpatizantes de la SGEs emprendieron o se sumaron a iniciativas solidarias. A continuación damos voz a algunos de sus protagonistas, cuyos testimonios representan una pequeña muestra de un conjunto más amplio.


LULÚ MAZZUCCO | Vitoria-Gasteiz

Imposible no entrar en conmoción al conocer la noticia que inundó los medios de comunicación de todo el mundo entre el 24 y el 25 de junio. Para los que estamos lejos, el doble terremoto fue seguido de un «terremoto de impotencia», al menos al principio.

Una amiga de Bilbao, compañera de activismo por los Derechos Humanos en Venezuela, me preguntó si desde Unidos Sin Muros, la asociación que habíamos constituido para promover la integración multicultural en Euskadi, habíamos pensado en vender comida venezolana en el Festival de las Naciones que acababa de comenzar en Vitoria-Gasteiz, para recaudar fondos a beneficio de las víctimas de los terremotos. Le dije que no, que todos los años una pareja de paisanos monta ya un puesto de comida… Pero la cuestión quedó rondando en mi cabeza.

Tres días después, el abuelito de un compañero de la asociación falleció y, junto a otros, fui a dar mis condolencias. En la cafetería del tanatorio, fue inevitable hablar sobre la catástrofe en Venezuela. Y un compañero habló sobre la posibilidad de organizar un mercadillo con cosas que la gente nos donara y, de ese modo, recabar fondos para enviar al país.

Al día siguiente, bien temprano, decidí buscar el número de contacto del Festival de las Naciones y llamar. La mujer que respondió me escuchó atentamente mientras le planteaba la idea de contar con un puesto en el festival con esa finalidad solidaria. A los pocos minutos, me devolvió la llamada para decirme que podíamos contar con un espacio del 5 al 12 de julio, sin coste alguno.

Paralelamente, el 1 de julio, nos reunimos con Nerea Melgosa, consejera de Bienestar, Juventud y Reto Demográfico del Gobierno Vasco junto a otras dos asociaciones. De esta cita surgió la iniciativa de celebrar –los días 15, 22 y 26 de julio– los talleres «Encuentro de abrazo venezolano» en Bilbao, Donosti y Vitoria-Gasteiz, como respuesta al profundo impacto emocional ante la tragedia y los sentimientos de dolor e incertidumbre compartidos entre quienes viven dentro y fuera de Venezuela.

Lulú (segunda desde la derecha) tras la reunión mantenida con Nerea Melgosa, consejera del Gobierno Vasco (a su lado, de blanco) | Foto: Irekia

Ya en el Festival de las Naciones, el inicio de nuestro trabajo en equipo el 5 de julio representó todo un desafío, ya que la asociación la habíamos creado apenas en marzo. Teníamos que pasar la voz, difundir en redes, organizar todo… El hogar de una compañera se convirtió en el centro de acopio y clasificación de los donativos que serían nuestra mercancía en el mercadillo. Patxi, mi marido, con dos puertas viejas, cuatro caballetes, manteles, las banderas de Venezuela y Euskadi, escarpias y candados montó «la tiendita». Otra compañera encargó un estandarte con nuestro logo. En resumen, nos pusimos en acción.

Al iniciar la asociación habíamos pensado que nos estrenaríamos con un evento que celebrara la multiculturalidad. Pero el carácter crítico del momento nos movió a unirnos, en nuestra diversidad, en torno a un mismo propósito inesperado. Y logramos trabajar en armonía.

El 12 de julio, cuando concluyó el festival, estábamos tan cansados como emocionados. Cerramos el puesto entre abrazos y sentimientos de realización, ya que habíamos logrado una buena recaudación, que después sería entregada a Cáritas para su envío a La Guaira.

La satisfacción de tomar acción solidaria, reflejada ante el mercadillo por Venezuela en el Festival de las Naciones | Foto: Cortesía de Lulú Mazzucco

Antes de despedirnos, conocimos personalmente a la directora del festival. ¿Recuerdan a esa mujer que respondió mi primera llamada? Habló de mí ante el equipo, y lo hizo con tanta generosidad que yo, conmovida, solo atinaba a decirle «muchísimas gracias»… Compartió que, con solo escucharme al teléfono, había quedado totalmente convencida de que debían abrirnos las puertas; que mis palabras tenían convicción y fuerza. Emocionada, la abracé y le dije, con humildad y orgullo a la vez, que esa fuerza, la sabiduría y el amor compasivo las cultivo a través de la práctica budista.

Además del resultado que hemos podido lograr, esta experiencia colectiva ha representado un importante aprendizaje para todo el equipo: que, de la conmoción, se puede pasar a la acción. Nada nos podría haber dado más satisfacción.


ORELYSA GONZÁLEZ y LUIS PINTO | Arganda del Rey

Foto: Cortesía de Orelysa Gónzález

La llamada que recibimos a las 00:04 de la madrugada del 25 de junio hizo que nuestra tranquilidad se desvaneciera. El estado más afectado por el fuerte terremoto que había sacudido Venezuela era La Guaira, el lugar donde nacimos y donde permanecen nuestras raíces.

La desesperación fue inmediata. Intentamos comunicarnos con nuestros familiares, pero no había conexión. Solo nos quedaba mirar las redes sociales, donde comenzaron a aparecer imágenes que jamás pensamos volver a ver: edificios, muchos de ellos de viviendas, reducidos a escombros; calles destruidas; y escenas de dolor que nos dejaron paralizados. Entre esas imágenes reconocimos lugares que formaban parte de nuestra vida, incluso el edificio donde quedaron tantos años de trabajo, esfuerzo, sueños y recuerdos, que había colapsado.

Con el paso de las horas logramos contactar con algunos familiares. Luis pudo hablar con sus padres y con su hermana. De otros seres queridos y amigos solo nos quedó esperar noticias, con el corazón en un puño, hasta conocer su destino. Algunos lograron sobrevivir, pero, lamentablemente, otros perdieron la vida.

Ver nuevamente nuestro pueblo destruido es un golpe muy difícil de describir. Es contemplar cómo tantas familias vuelven a perderlo todo, y cómo una tierra que ha demostrado una inmensa fortaleza debe encontrar, una vez más, el valor para levantarse y empezar de nuevo.

Ante tanta necesidad, sentimos que no podíamos quedarnos de brazos cruzados. Al segundo día, Luis, mi hermana Celeste y yo decidimos convertir nuestro local de comida venezolana en un centro de acopio para recoger ayuda humanitaria destinada a las familias afectadas. Gracias al apoyo de distintas organizaciones, esa ayuda podría llegar hasta Venezuela.

El local de Orelysa y Luis, convertido en centro de acopio de enlace con el espacio cedido por su ayuntamiento | Foto: CGlobal

La respuesta fue tan grande que, junto con otra colaboradora, Luis gestionó ante el Ayuntamiento de Arganda del Rey un espacio más amplio para habilitar, durante tres días, un gran centro de acopio donde toda la comunidad pudiera sumarse a esta causa solidaria.

Cada caja recibida, cada alimento, cada medicamento y cada gesto de apoyo han sido una muestra de esperanza. Aunque estamos lejos, sentimos que seguimos abrazando a nuestra gente y acompañando a nuestro pueblo en uno de los momentos más difíciles de su historia.

Volante digital difundido en Arganda del Rey y alrededores para alentar la solidaridad | Imagen: Cortesía de Orelysa González y Luis Pinto

La Guaira no es solo el lugar donde nacimos. Es donde crecimos, nos formamos como profesionales, construimos nuestros sueños y nuestra familia antes de que las circunstancias nos obligaran a emigrar. La distancia no ha cambiado el profundo amor que sentimos por nuestra tierra ni el compromiso de tender la mano cuando más nos necesita.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a CGlobal por brindarnos este espacio para compartir nuestro testimonio. Dar voz a esta experiencia también es una forma de honrar a quienes ya no están, de acompañar a quienes siguen luchando y de recordar que la solidaridad no conoce fronteras.

Deseo de corazón que España, y el mundo entero, conozcan la magnitud de esta tragedia y la enorme necesidad que hoy vive nuestro país. Estoy convencida de que, cuando actuamos con compasión y unidos por el deseo de aliviar el sufrimiento de los demás, siempre nace una nueva esperanza. Porque, incluso entre los escombros, la solidaridad tiene la fuerza de ayudar a reconstruir vidas.


DAVIELLA MARVAL | Madrid

Foto: Cortesía de Daviella Marval

Recibí la noticia ya de medianoche en España. Empecé a revisar las redes sociales y vi publicaciones de muchos amigos de La Guaira, una ciudad donde viví durante ocho años mientras estudiaba en la universidad, y mi sueño desapareció por completo. Comencé a escribirles uno por uno para saber si estaban bien. También tenía familiares allí de quienes no teníamos noticias. La incertidumbre y la angustia fueron enormes.

Mi primer impulso fue querer viajar para ayudar, pero, por mi situación migratoria, no me era posible. Entonces decidí empezar por lo que sí podía hacer: entonar daimoku con la determinación de que las personas encontraran protección y fortaleza. Poco después, me uní durante dos días al voluntariado de un centro de acopio, clasificando y empaquetando ayuda que sería enviada a Venezuela. Mientras cargaba cajas, pensaba en quienes, al otro lado del océano, estaban removiendo escombros para rescatar personas o buscando a sus seres queridos. Cada esfuerzo, por pequeño que pareciera, cobraba un profundo significado.

Lo que más me conmovió fue descubrir la solidaridad ciudadana. No solo había venezolanos: también participaron españoles y personas de muchos otros países de Latinoamérica.

Esta experiencia me recordó que nunca debemos dejar de expresar nuestro cariño a quienes amamos, porque la vida puede cambiar en un instante. También reafirmó mi determinación de seguir haciendo mi revolución humana.

Aunque hoy esté lejos de Venezuela, la llevo en el corazón y estoy convencida de que a través de mi práctica budista, del daimoku y del shakubuku puedo seguir contribuyendo a la felicidad de las personas y a la construcción de una sociedad esperanzadora.