Angelo Meléndez Puris | Rivas-Vaciamadrid

Soy originario de Perú, tengo veintiséis años y vengo de una familia budista. Soy el último de tres hermanos, y desde pequeño participé en reuniones del Departamento Futuro y en la banda de música de la Soka Gakkai de Perú.
Mi práctica budista no siempre fue firme. A los doce años tuve una afición muy fuerte por los videojuegos, tanto que no obedecía a mis padres y por este motivo incluso tuve un accidente: en una ocasión en la que, desesperados, me habían castigado cerrando todas las puertas de la casa para que no pudiera salir, salté desde una ventana de la segunda planta. Aun con el dolor, me fui a jugar porque tenía un problema serio de ludopatía. Por ese accidente, mi columna se desvió y tuve que hacer mucha terapia para recuperarme. Al ver llorar y sufrir a mis padres, me puse a pensar en por qué lo hacía… Ahí decidí empezar a participar más de las reuniones de Gakkai; hacía constantes visitas a los miembros y esto me alentaba a seguir hacia adelante. También empecé a estudiar más y finalmente ingresé en la universidad.
En mi familia siempre habíamos orado mucho por la buena salud de mi madre, ya que tuvo varias enfermedades. Por ejemplo, por un desgaste en la cadera no pudo caminar durante alrededor de tres años. Siguió diversas terapias y empezó a usar un andador, primero, y luego una muleta. Tras una operación exitosa, pudo volver a caminar. Un par de años después, le detectaron cáncer de mama, y aun así ella salió victoriosa. Cuando pensé que por fin se había acabado todo el sufrimiento por sus enfermedades, le detectaron un tumor en el cerebro que era inoperable. Nunca dejamos de entonar daimoku, y esta vez con más fuerza todavía. Los compañeros de la Soka Gakkai también nos apoyaron con la oración para que mejorara la salud de mi madre.[1]
Finalmente, en 2019, mi madre falleció. Fue un golpe muy duro para todos los familiares, y yo no me lo podía creer. Había llegado a pensar que ella superaría cualquier enfermedad que tuviera, como guerrera que era, pero esta vez no había sido así. Me preguntaba por qué a mi mamá le había pasado eso, y hasta el día de hoy sigo profundizando para encontrar respuestas.
Después del fallecimiento de mi madre, en la familia todo empezó a ser distinto. Se fue la felicidad de la casa. Cada uno estaba en sus cosas. Yo me deprimí bastante, y dejé tanto la universidad como el trabajo. No tenía ganas de hacer nada.
Aun con toda esa tristeza, en un cierto momento me puse a recitar daimoku con más y más fuerza, porque pensé que mi madre así lo habría querido. Gracias a la práctica, me levanté una vez más. Pude conseguir un mejor empleo, volví a estudiar en la universidad y también mejoró la situación en casa: conscientes de que no queríamos que nuestra madre nos viera así, empezamos a mejorar la comunicación entre los miembros de la familia. También retomé con más fuerza las reuniones de diálogo, apoyado siempre por compañeros jóvenes que me visitaban y me alentaban a no dejarme caer.
Después del fallecimiento de mi madre, en la familia todo empezó a ser distinto. Se fue la felicidad de la casa. […] Aun con toda esa tristeza, en un cierto momento me puse a recitar daimoku con más y más fuerza, porque pensé que mi madre así lo habría querido. Gracias a la práctica, me levanté una vez más. Pude conseguir un mejor empleo, volví a estudiar en la universidad y también mejoró la situación en casa.
Cuando finalmente terminé mis estudios universitarios en Administración de Empresas, tomé la decisión de emigrar en búsqueda de un nuevo futuro, con el deseo de independizarme. Actualmente llevo dos años en España. La llegada no fue fácil y pasé por varias situaciones complicadas: durante los primeros meses tuve que cambiar bastantes veces de vivienda, trabajar en cosas que nunca había hecho y viví varias malas experiencias. Cuando llegó mi novia, para abrir este camino juntos, seguimos moviéndonos. Para ser honesto, no habíamos pensado estar así y, aunque es lo que hemos elegido, vivir alejados de nuestras familias no resulta fácil.
Cuando finalmente terminé mis estudios universitarios [en Perú] […], tomé la decisión de emigrar en búsqueda de un nuevo futuro […]. La llegada no fue fácil y pasé por varias situaciones complicadas.
Hace un año, conseguí un trabajo con un jefe que fue muy paciente conmigo al principio, y que sigue contando conmigo. Además, con mi pareja hemos podido mudarnos a un lugar más grande, donde estamos muy cómodos. Gracias a esta nueva casa, por fin pude concretar algo que llevaba tiempo deseando: recibir mi propio Gohonzon. Aunque mi pareja no es miembro de la Soka Gakkai, me apoya totalmente en la práctica, participa en algunas reuniones de diálogo y, de hecho, fue ella quien me regaló el butsudan.[2] Me dio mucha alegría haber podido concretar las circunstancias adecuadas para dar este paso, un nuevo y gran punto de partida en mi vida. Tengo la convicción de que nuestra situación seguirá mejorando, porque nunca dejaremos de luchar por nuestros objetivos.

A partir de ahora, quiero seguir desafiándome y, en particular, volver a estudiar para desarrollarme en el área de logística, que es en la que estoy trabajando.
Concretar las circunstancias adecuadas para […] [recibir el Gohonzon ha representado] un nuevo y gran punto de partida en mi vida. Tengo la convicción de que nuestra situación seguirá mejorando, porque nunca dejaremos de luchar por nuestros objetivos.
Hace poco asumí la responsabilidad del Departamento de Hombres Jóvenes en mi distrito, Raíces Futuras, y también la vicerresponsabilidad del grupo Soka[3] de Madrid. Me estoy desafiando a conversar sobre la práctica budista con amigos y compañeros. De hecho, pude participar en la Fiesta de la Cultura Soka, que se realizó en el Centro Cultural Soka en mayo,[4] acompañado de un invitado y le gustó mucho. Él mismo me dijo que le gustaría asistir también a una reunión de diálogo.
Mi objetivo es que surjan más jóvenes comprometidos con el kosen-rufu, que puedan hacer actividad en el Centro Cultural Soka y que deseen proteger el legado de Ikeda Sensei y a la Soka Gakkai.

Para terminar, me gustaría compartir un fragmento del Gosho que siempre me ha alentado mucho:
Sufra lo que tenga que sufrir; goce lo que tenga que gozar. Considere el sufrimiento y la alegría como hechos de la vida, y siga entonando Nam-myoho-renge-kyo, pase lo que pase. ¿No sería esto experimentar la alegría ilimitada de la Ley? Fortalezca más que nunca el poder de su fe.[5]
[1] ↑ El budismo surgió como resultado de una búsqueda del modo de hacer frente, de la manera más cabal, a los desafíos de la vida, representados por los cuatro sufrimientos o realidades del nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Ante la enfermedad, es natural que los practicantes, como seres humanos, oren con el deseo de que quien la está padeciendo se cure. Dicho esto, desde el punto de vista del budismo Nichiren, la meta última es prevalecer sobre el demonio de la enfermedad. En palabras de Daisaku Ikeda, la enfermedad «es un sufrimiento universal, del cual ninguno de nosotros está exento. Pero […] puede hundirnos en la desesperación, restarnos ánimo y fuerza para seguir viviendo y hacernos perder la esperanza. Este efecto secundario de la enfermedad, que drena las fuerzas del ser humano, actúa como un “ladrón de vitalidad”» (véase la revista CG, n.º 185, septiembre 2020, sección «Estudio mensual»). A esta función destructiva es a lo que alude la expresión «demonio de la enfermedad». No ser derrotado por ella, sea cual sea el curso de la enfermedad, constituye la victoria esencial.
[2] ↑ Butsudan es el nombre del mueble donde se entroniza el Gohonzon, objeto de devoción en el budismo Nichiren.
[3] ↑ El grupo Soka o Sokahan es uno de los grupos de capacitación de la SGEs, integrado por miembros del Departamento de Hombres Jóvenes que, con base en la fe budista y el vínculo con el maestro, realizan en coordinación con otros grupos diversas labores dirigidas a que los miembros, simpatizantes e invitados de la entidad puedan disfrutar de las actividades sin preocupaciones.
[4] ↑ Véase la revista CG, n.º 242, junio 2025, sección «Actualidad»
[5] ↑ La felicidad en este mundo, en END, pág. 715.
