Construir una vida sin remordimientos

Jacopo Mandelli | Madrid

Haz clic para reproducir el audio del artículo

Hace poco se han cumplido veinticinco años desde que conocí el budismo Nichiren y decidí ser discípulo de Daisaku Ikeda. Tenía diecinueve años y vivía en Milán cuando mi novia de la época me dejó y, a la vez, me hizo shakubuku.1 Todo en el mismo día. Tras un primer momento de asombro y desconcierto, decidí convencerla de que se equivocaba en dejarme, y la mejor manera que se me ocurrió fue participar en las reuniones de diálogo de la Soka Gakkai para demostrarle que la práctica budista no funcionaba.

En ese momento estaba bastante perdido: tenía un genuino deseo de cambiar la sociedad, pero estaba muy decepcionado con la política y las ideologías de revolución violenta. Había sido educado con unos sólidos valores éticos por mis padres –que forjaron mi forma de pensar y mis creencias– y con el ejemplo de mis familiares, muchos de los cuales fueron partisanos y lucharon y murieron por la libertad y la paz durante la Segunda Guerra Mundial; pero había dejado de lado la búsqueda espiritual y mi propio mejoramiento personal. Tras los primeros, intensos, nueve meses de práctica, unas cuantas críticas y polémicas generadas por mi parte, mucha paciencia conmigo de los compañeros de fe y varias pruebas reales en mi vida, recibí el Gohonzon el 14 de abril de 2001.

Desde entonces, y durante diecisiete años, tuve la fortuna de desarrollarme en el Departamento de Jóvenes de la Soka Gakkai, profundizando en qué significa realmente hacer la revolución humana, equivocándome muchas veces, entrenando mi corazón y peleando con mi ego gracias a las infinitas oportunidades que representaron todas las actividades que pude realizar: preparar y participar en reuniones, asistir a cursos, desempeñar cargos de responsabilidad, hacer visitas hogareñas, etc.

En uno de los primeros textos de orientación que leí de Ikeda Sensei, instaba a los jóvenes a ponerse metas ambiciosas y, sobre todo, a decidir practicar el budismo los siguientes veinticinco o treinta años para experimentar qué increíble e inesperada vida se puede crear al hacerlo. Recuerdo que en su momento me pareció un disparate: ¿cómo podía decidir, al inicio de mi edad adulta, qué persona iba a ser cuando tuviera cuarenta o cincuenta años? Sin embargo, en todo este tiempo de práctica, he podido ver cómo mi vida tomaba rumbos impensables: he cambiado de país, encontrando un lugar donde vivir y luchar, he conocido a la mujer con quien decidí compartir mi vida, y sigo desafiándome en mi revolución humana para convertirme en la persona que deseo ser. El sentimiento que más puede definir mi estado de ánimo hoy es la gratitud: a la Soka Gakkai, a Sensei, a mi familia Soka, a mi familia de origen, a mi familia elegida –o sea, mis amigos– y a España.

Uno de los primeros textos de orientación que leí […] instaba a los jóvenes a ponerse metas ambiciosas y, sobre todo, a decidir practicar el budismo los siguientes veinticinco o treinta años para experimentar qué increíble e inesperada vida se puede crear al hacerlo. […] Recuerdo que en su momento me pareció un disparate […]. Sin embargo, en todo este tiempo de práctica he podido ver cómo mi vida ha tomado rumbos impensables.

En el gosho2 Saldar las deudas de gratitud se lee:

[Las personas que se consagran al budismo] no deberían olvidar, de ninguna manera, las deudas de gratitud que tienen con sus padres, sus maestros y su país. Pero quien se proponga saldar estas grandes deudas de gratitud sólo podrá hacerlo aprendiendo el budismo, dominando sus enseñanzas y llegando de ese modo a ser una persona de sabiduría.3

Siento que, en los últimos cuatro años, he podido profundizar mucho en este aspecto.

Mis padres nunca han estado en contra de mi práctica budista: de profundas convicciones ateas, al principio quisieron conocer la Soka Gakkai, sus miembros y la figura de Daisaku Ikeda para comprender y quitarse dudas razonables. Mi padre era un poco más irónico en mis comienzos; recuerdo que, cuando me escuchaba entonar daimoku, sonreía con algo de mofa, algo que sabía que me fastidiaba mucho. Un día entró en mi cuarto mientras oraba, le escuché y empecé a orar con más fuerza. Noté su presencia detrás de mí durante un buen rato; yo tenía sed y no tenía agua, pero no me levanté y mantuve la postura hasta que, unos minutos después, noté que se había ido. Desde ese momento, tomó mi práctica con mucho respeto y seriedad. De vez en cuando me preguntaba sobre las actividades que realizábamos, y el día de mi boda en el Centro Cultural Soka dedicó unas bonitas palabras de agradecimiento a Gakkai.

Aisha y Jacopo en el día de su boda, celebrada en el Centro Cultura Soka

Soy hijo único y, cuando en 2008 me fui de Italia con la meta de buscar la vida que quería, era consciente de que, llegado el momento, debería enfrentar la realidad del envejecimiento.4 En los últimos diez años, mi padre enfermó varias veces: tuvo dos cánceres que se reprodujeron en distintas ocasiones, pero los logró superar con fortaleza y esfuerzo. En 2022 se cayó en casa y se rompió una vértebra, pero en realidad esto era una consecuencia de una afección más amplia, un mieloma múltiple que lo dejó casi postrado en cama durante dos años.

Fue un período muy complicado, sobre todo para mi madre, que se ocupaba de todo. Los dos estaban solos en Milán, y yo viajaba varias veces al año, intentando aportar sobre todo alegría y buen amor, aunque veía cómo él se iba deteriorando rápidamente y padecía dolor constante.

En esa época tuvimos muchos diálogos profundos de padre e hijo. Pude entender la persona que siempre quiso ser y, por muchos motivos, no llegó a ser. Le comprendí desde un lugar nuevo y, sostenido por el daimoku, me determiné a construir una vida sin remordimientos, para cambiar el karma de nuestra familia de «querer y no poder».

Un día en que mi padre estaba muy al límite, hablamos con franqueza y le dije que, si no podía más, se fuese sin problema, que había sido una buena persona y que no tenía que preocuparse por nosotros. Ese día me pidió que le afeitara, porque le costaba mucho; lo hice, y en ese gesto percibí, de una forma muy tierna, cómo se habían intercambiado los roles entre nosotros.

El año siguiente continuó con altibajos, pero, aunque estaba extremadamente delgado, mi padre mejoró un poco. Así que en el verano de 2024, tras dos años prácticamente encerrados en casa, mis padres decidieron pasar las vacaciones en un pueblito de Francia, en casa de sus mejores amigos, y mi mujer y yo fuimos a verlos para estar unas semanas juntos.

En esa estancia, desafortunadamente, mi padre se cayó otra vez, y desde el primer momento entendí que se acercaba el final. Fue todo muy rápido, pero en el pequeño hospital de allí le atendieron con mucho cariño, y estuvo rodeado de las personas que más le querían. No me cabe duda de que fue un gran beneficio y protección. Cuando mi mujer Aisha y yo le visitamos la última vez ya no hablaba, pero nos reconoció. Le dije que se fuese a descansar tranquilo, que había sido un papá maravilloso. Me sonrió y sonrió a Aisha, a la cual quería mucho. Recitamos daimoku junto a su cama un rato y nos despedimos. Se fue aquella noche, tranquilo y en paz.

Jacopo y sus padres, celebrando la vida

Recibí muchísimas demostraciones de cariño de mis amigos y mis compañeros de fe, por las cuales me siento muy agradecido. Una de esas frases de aliento decía: «El fallecimiento del padre implica un punto de inflexión en la vida de sus hijos». Pude entender esa frase muy pronto.

La casa donde vivían mis padres era de mi padre y mi tía, ambos fallecidos en 2024. Mi primo, poseedor entonces de la mitad de la casa, de repente nos comunicó a mi madre y a mí su deseo de vender su parte o bien pedir un alquiler a mi madre, cuando no había pasado ni un mes desde el fallecimiento de mi padre. Con mi madre agotada y triste por este nuevo problema, y con la falta de humanidad de mi primo y las voces a mi alrededor que no hacían más que fomentar mi rabia, decidí comprobar una vez más que la práctica del budismo Nichiren está enfocada en la transformación del karma. Decidí profundamente delante del Gohonzon que esta situación no sería causa de más sufrimiento, sino todo lo contrario, que sería una causa de felicidad presente y futura, y que la enfrentaría de una forma completamente diferente al pasado: calmado, resuelto y firmemente convencido de que los problemas familiares que había heredado se iban a acabar de una vez por todas.

Fueron siete meses de negociaciones y diálogos intensos, hasta el día en que, finalmente, mi madre y yo hicimos una oferta para comprar la cuota de mi primo y quedarnos con toda la casa. En la última conversación con él, le transmití que esa era la única oferta que íbamos a hacer, que era lo justo y que, si no estaba de acuerdo, no pasaba nada, que hiciera lo que creía correcto, porque lo importante para nosotros era cerrar el asunto de una forma sencilla para empezar una nueva etapa vital.

Dos semanas después, mi primo aceptó la oferta y, casualmente, firmamos la compra de la casa el 22 de abril, el día del cumpleaños de mi padre. Fue un bonito e inesperado regalo para cerrar el círculo.

La primera guía eterna de Soka Gakkai es «Fe para una familia armoniosa». Mi firme decisión es cumplir esta promesa como hijo y como marido, con mi madre y con Aisha, creando un entorno vital armonioso y alegre.

La primera guía eterna de Soka Gakkai es «Fe para una familia armoniosa». Mi firme decisión es cumplir esta promesa como hijo y como marido.

En julio 2025 participé en un maravilloso curso del Departamento de Artistas de la SGEs, que avivó en mí la pasión por transformar la sociedad mediante el arte y la transmisión de valores humanistas. Quise ponerme metas concretas y, al finalizar, determiné que dialogaría sobre la enseñanza budista con diez personas, entre las cuales cinco jóvenes; y que mi madre empezaría a practicarla y recibiría el Gohonzon, a sus ochenta años. Un mes después, en agosto, fui a visitarla. Durante esa estancia hablé con ella abiertamente de muchos temas. Le propuse recitar daimoku juntos y, a partir de entonces, estuvimos orando juntos todos los días. Actualmente está participando en un grupo de diálogo cerca de su casa en Milán y se esfuerza en entonar daimoku a diario, apoyada por unas compañeras maravillosas.

En el curso de artistas también determiné encontrar antes de final de año un proyecto artístico que crease valor en todos los aspectos: creativo, humano y económico. En septiembre, un director de cine, con el que había coincidido una sola vez hace años en un estreno, me llamó para ofrecerme la edición de un documental sobre los adolescentes de Madrid, un proyecto maravilloso en el cual estoy ahora sumergido. Cuando le pregunté por qué me había buscado sin casi conocerme, me dijo que en nuestro encuentro le habían impactado mi calidez humana y artística, y que estaba seguro de que esa sensibilidad se reflejaría en el documental. Estoy convencido que es el resultado de todo el entrenamiento que he recibido durante tantos años en la Soka Gakkai.

Como juramento para 2030, y como forma de devolver la deuda de gratitud con mi maestro Daisaku Ikeda, determino que cada hombre de mi distrito general5 sea una fuente de aliento, apoyo y alegría, y que nunca sea causa de problemas innecesarios; a seguir consolidando la felicidad de mi familia; a construir una Soka Gakkai como la que Ikeda Sensei ha soñado, y a que nosotros, como discípulos, tomemos las riendas del kosen-rufu de España, siendo cada año más felices y más repletos de pruebas reales de hacer posible lo aparentemente imposible.


  1. Hacer shakubuku significa, en términos sencillos, dar a conocer y alentar a practicar el budismo Nichiren. ↩︎
  2. La palabra gosho puede referirse a un escrito de Nichiren Daishonin, como en este caso, y también al conjunto de sus escritos (escrita con mayúscula inicial). ↩︎
  3. Saldar las deudas de gratitud, en END, pág. 724. ↩︎
  4. El envejecimiento es uno de los «cuatro sufrimientos» o «realidades» que la práctica budista permite trascender, junto con el nacimiento, la enfermedad y la muerte. ↩︎
  5. Jacopo acaba de asumir un cargo de responsabilidad en el Departamento de Hombres de la SGEs al nivel organizativo de distrito general. ↩︎