Dialogo por la paz porque tengo un maestro


Una propuesta global


Un 2 de octubre de hace 65 años, Daisaku Ikeda se subía a un avión para cruzar el océano, con la foto de Josei Toda en el bolsillo interior de su chaqueta. Él, que lo había dado todo en su primera juventud para hacer realidad la visión de su maestro, ahora, a punto de embarcar, estaba respondiendo a uno de sus últimos alientos. Poco antes de morir, Josei Toda le había dicho: «El mundo es tu escenario». «Nada es tan noble y hermoso –aseguró Ikeda Sensei años más tarde– como el lazo compartido por el maestro y su discípulo».[1] Esta afirmación, hecha por una persona común que dedicó su existencia, una vida de diálogo, a devolver la deuda de gratitud a su maestro, se convierte, a su vez, en una orientación imprescindible para las futuras generaciones.

El significado de ser un discípulo es profundo y escapa a lo que abarcan estas líneas, pero se podría resumir afirmando que la de ser un discípulo es una decisión que se renueva cada día, y se traduce en una acción: realizar la propia revolución humana y ayudar a otros a hacer lo mismo buscando la concreción de una sociedad verdaderamente pacífica. Sensei aseguró al respecto:

La paz no puede ser la mera quietud o el mudo interludio entre dos guerras. Tiene que ser un terreno enérgico y vital para la actividad humana, conquistado mediante nuestra propia iniciativa voluntaria. La paz debe ser una epopeya viviente o, para decirlo con palabras de Spinoza, «una virtud que emane de la firme personalidad».[2]

Como jóvenes, forjar nuestra personalidad, esforzarnos de una forma que nos sea natural, con el deseo de experimentar el noble y hermoso vínculo de maestro y discípulo, es, también, nuestra «propia iniciativa» para trabajar por la paz sin caer en el cinismo o la desesperación. Las reuniones de diálogo y las asambleas por grupo son una oportunidad para fortalecer y expandir nuestra «epopeya viviente» frente a la cruda realidad bélica que presenciamos. Las asambleas de diálogo son una acción por la paz. Al posar la vista en el ejemplo del maestro, podemos extraer convicción y coraje para cumplir nuestro compromiso de transformar nuestra vida y la realidad. La convicción de Daisaku Ikeda así lo expresa:

El espíritu humano posee la capacidad de transformar aun las circunstancias más difíciles, de crear valor y de otorgar un sentido más rico y profundo a los hechos de la vida. Cuando cada persona haga florecer esta capacidad espiritual ilimitada, y cuando los ciudadanos anónimos se unan con el compromiso de generar cambios positivos, sin falta surgirá una cultura de paz, y será el comienzo de un siglo de la vida.[3]

Aprovechemos las asambleas de este mes de octubre como un escenario en el que «hacer florecer nuestra capacidad espiritual ilimitada» y como un espacio de unión y compromiso en el que nos reunimos los ciudadanos anónimos. ¡Hagamos que esos encuentros sean numerosos y alegres!


Lee acerca de los pasos de revolución humana de Andreu Febrer, de Reus

[1] ↑ IKEDA, Daisaku: «Confianza en el espíritu juvenil», disponible en línea.

[2] ↑ IKEDA, Daisaku: La paz por medio del diálogo: Es tiempo de conversar, propuesta de paz de 2000, disponible en línea.

[3] ↑ Ib.