En este mes previo a la realización del examen de introducción al budismo en la SGEs, presentamos el extracto de un ensayo en el que Daisaku Ikeda analiza la importancia de leer los escritos de Nichiren Daishonin y aplicarlos a la vida real; y explica por qué Josei Toda recalcó el valor del estudio cuando, al término de la Segunda Guerra Mundial, lideró la reconstrucción de la Soka Gakkai.
En octubre de 1271, poco después de la persecución de Tatsunokuchi,[1] que lo puso al borde de la muerte, y antes de partir a su exilio en la isla de Sado, Nichiren Daishonin envió una carta a sus discípulos en la cual afirma: «Tal vez, haya quien sepa recitar al pie de la letra el Sutra del loto, pero cuesta muchísimo más actuar como este indica».[2]
Luego, declara que él, por haber practicado exactamente como había enseñado el Buda y por haber soportado grandes persecuciones derivadas de esta práctica correcta, había «leído y vivido» los pasajes del Sutra del loto que predecían que los practicantes de épocas futuras serían despreciados, odiados, envidiados o tratados con rencor,[3] y que el odio y los celos hacia el sutra abundarían más aún después de la muerte del Buda.[4]
Sin duda, las palabras de este indómito rey león habrán sacudido profundamente a sus discípulos. Lo que preguntaba era: «¿Cómo lucharán ustedes, discípulos míos, cuando les toque enfrentar pruebas y obstáculos como estos?».
Los escritos de Nichiren Daishonin son escrituras atemporales. Son el inspirador clamor que surge de lo profundo de su ser. Son la apasionada declaración de verdad y de justicia que nos legó a los que practicamos el Sutra del loto en el Último Día, una época de maldad donde cunden las funciones negativas. Son un rugido de león que nos sacude con fuerza y nos exhorta: «¡Esfuércense con coraje y no abandonen nunca la fe!». «¡Adornen su vida con triunfos!». «¡Derroten el mal resueltamente!».
Por eso todos nosotros, los discípulos del Daishonin, debemos preguntarnos con seriedad cada vez que leemos sus escritos: «¿Cómo viviré mi existencia? ¿Cómo voy a esforzarme en aras del kosen-rufu?».
Leer los escritos del Daishonin con la propia vida significa sentir que se refieren a nosotros mismos y a nuestro presente, en lugar de como textos que simplemente aluden a otras personas o relatan hechos de un pasado lejano. Y significa, también, aplicarlos a los desafíos que enfrentamos en nuestra realidad cotidiana. Este es el camino correcto para manifestar el solemne espíritu de inseparabilidad de maestro y discípulo.
Es importante que grabemos las palabras del Daishonin en lo más profundo de nuestro corazón –aunque sea una sola frase o pasaje que conmueva las fibras más íntimas de nuestra vida, y que sintamos que es como si hubiera sido escrito para nosotros– y que renovemos siempre nuestro esfuerzo en bien del kosen-rufu con fe inamovible. De este modo podemos observar la advertencia de Nikko Shonin, el sucesor directo de Nichiren Daishonin, que nos exhorta a «grabar los escritos del Daishonin en nuestra vida».[5]
Leer los escritos del Daishonin con la propia vida significa sentir que se refieren a nosotros mismos y a nuestro presente, en lugar de como textos que simplemente aluden a otras personas o relatan hechos de un pasado lejano. Y significa, también, aplicarlos a los desafíos que enfrentamos en nuestra realidad cotidiana. Este es el camino correcto para manifestar el solemne espíritu de inseparabilidad de maestro y discípulo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Josei Toda pasó dos oscuros años en prisión, a causa de la persecución del Gobierno militarista japonés. Allí, tras las rejas, comprendió que el kosen-rufu era la misión suprema de su vida. Como fiel discípulo de Tsunesaburo Makiguchi, quien murió en prisión, juró no ser vencido por las fuerzas represivas de la autoridad. Toda Sensei no temía a nada; ni siquiera la posibilidad de morir ejecutado por un pelotón de fusilamiento lo hacía titubear. En cuanto recuperó la libertad, inició su gran lucha por el kosen-rufu.
Sin embargo, esa misma persecución había hecho que los demás discípulos de Makiguchi Sensei renunciaran a la fe. En La apertura de los ojos, el Daishonin escribe: «Cuando llega el momento crucial, los necios tienden a olvidar sus promesas».[6] En el momento crítico, esos discípulos, por miedo, retrocedieron y renegaron de la preciada espada que era su fe en la Ley Mística. Toda Sensei lamentaba enormemente que hubiesen tomado esa decisión. ¿Por qué el solo hecho de ir a la cárcel los había hecho abandonar la fe? ¿No era acaso una brillante oportunidad para adquirir beneficios inmensos e imperecederos? Después de todo, en ninguna parte de sus escritos el Daishonin se refiere a una fe cobarde o vacilante.
El maestro Toda reflexionó; consideró la cuestión detenidamente. Día y noche, este hombre de excepcionales dotes intelectuales ponderó por qué razón los demás practicantes habían abandonado la fe.
Y llegó a la conclusión de que ninguno de ellos tenía bases firmes en el estudio budista, que explica en qué consiste la fe y obra como fuerza impulsora de la práctica. Comprendió que había olvidado inculcarles el hábito de leer los escritos de Nichiren Daishonin. Si, en lo sucesivo, alentaba a los miembros a profundizar con su vida las enseñanzas contenidas en los escritos del Daishonin, no dejarían de practicar. Hasta las personas temerosas se sentirían inspiradas a perseverar en su lucha con valor. La clave –concluyó– estaba en los escritos del Daishonin.
Basada en esta orientación de Toda Sensei, surgida de sus dolorosas experiencias en tiempos de guerra, la Soka Gakkai entera impulsó el estudio de los escritos de Nichiren Daishonin: responsables y miembros por igual llevaban consigo el Gosho a todas partes.
El budismo no existe sin el estudio. Y el budismo sin fe no es budismo.
[En los primeros días de nuestro movimiento,] cada vez que teníamos un momento libre, estudiábamos los escritos del Daishonin. En cada reunión, leíamos algún fragmento, dialogábamos sobre él y lo estudiábamos. Esto encendía en nuestro corazón una llama renovada y brillante; ante nuestros ojos, surgía la visión de un futuro nuevo y grandioso. La lectura de los escritos del Daishonin incidía de manera clara y directa en nuestra revolución humana; era el ímpetu para profundizar nuestra fe ilimitadamente.
El estudio budista al cual me refiero no tiene nada que ver con analizar conceptos abstractos. No se trata de memorizar difíciles doctrinas ni de convertirnos en académicos.
El estudio que cultivábamos en esa época abría en nosotros la fortaleza interior que nos permitía seguir viviendo, seguir desafiando cada día y seguir esforzándonos por el kosen-rufu. Era un proceso que nos llevaba a entender las enseñanzas y los principios del budismo Nichiren, y a encarnar esa gran filosofía en nuestra conducta cotidiana para afrontar los retos de la vida y triunfar en la sociedad.
(Extracto de un ensayo de la serie «Resplandor del siglo de la humanidad», publicado en el Seikyo Shimbun el 20 de octubre de 2004, incluido en La sabiduría para ser feliz y crear la paz. Parte 2: La revolución humana).
[1] ↑ Persecución de Tatsunokuchi y exilio a Sado: El 12 de septiembre de 1271, Nichiren Daishonin fue arrestado y llevado a un paraje llamado Tatsunokuchi, en las afueras de Kamakura, con la intención de ejecutarlo durante la noche. Cuando la ejecución fracasó, el Daishonin fue mantenido bajo custodia en la residencia del condestable interino de Sado, Homma Rokuro Saemon, en Echi (parte de la actual prefectura de Kanagawa). Tras un mes, mientras las autoridades debatían qué hacer con él, fue desterrado a la isla de Sado, lo cual en aquel momento equivalía a una sentencia de muerte. Sin embargo, cuando se produjeron dos desastres predichos por él –la rebelión interna y la invasión extranjera–, el Gobierno emitió un indulto, en marzo de 1274, y el Daishonin regresó a Kamakura.
[2] ↑ Disminuir la retribución de nuestro karma, en END, pág. 209.
[3] ↑ Véase SL, cap. 3, pág. 73.
[4] ↑ Véase Disminuir la retribución de nuestro karma, en END, pág. 209.
[5] ↑ Undécima de las veintiséis advertencias de Nikko Shonin, en GZ, pág. 1618.
[6] ↑ La apertura de los ojos, en END, pág. 300.
