El lazo con mi maestro, motor de mi avance

Carlota López | Barcelona

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Carlota, en una tarde dedicada a sus amistades, en la playa

Este 2026 se cumplen diez años desde que ingresé en la Soka Gakkai y recibí el Gohonzon, un aniversario que me invita a mirar atrás con gratitud y a reconocer cuánto he crecido a través de mi práctica budista.

El 2025 comenzó marcado por una gran intensidad. Fue un año exigente en lo académico, lo laboral y también en lo personal. En septiembre de 2024 había empezado un máster, y todo el curso estuvo lleno de entregas, estudio y responsabilidad. A la vez, atravesé un periodo emocionalmente muy duro: falleció mi abuela y, dos meses después, de forma repentina, mi tía. Estas pérdidas hicieron que el final de 2024 y el inicio de 2025 estuvieran cargados de una profunda reflexión sobre la vida y la muerte.

En ese contexto, sentí con más fuerza la necesidad de replantearme qué era realmente esencial. Empecé a profundizar en el concepto budista de «descartar lo transitorio y revelar lo verdadero»,1 comprendiendo que el camino consiste en construir una identidad interior sólida que permita superar cualquier dificultad y expresar la naturaleza iluminada que todos llevamos dentro. Entendí que la budeidad se manifiesta con más brillo precisamente cuando atravesamos los mayores desafíos.

En El juramento de Ikeda Kayo-kai se lee: «La fe en el budismo del Daishonin nos brinda el poder de transformar positivamente incluso los obstáculos que parecen imposibles de remontar».2 Así, pesar del duelo, de los estudios y del trabajo, tomé una decisión clara: no quería dejar a nadie atrás. Comprendí que lo primero era colocar la práctica en el centro de mi vida, como un tronco firme que pudiera sostener todo lo demás. Cuidar de mi familia, de las amistades más cercanas y de las personas con las que comparto la fe se volvió prioritario. Otras cosas, sencillamente, pasaron a un segundo plano.

Con esa determinación, decidí generar kosen-rufu dentro del propio máster. Para mi sorpresa, pude hacer shakubuku a cuatro personas.3 Además, ocurrió algo que todavía me emociona: una compañera con la que nunca había hablado directamente sobre el budismo resultó conocer la práctica desde hacía años, y en diciembre finalmente recibió el Gohonzon. Fue una alegría inesperada.

Durante todo el año pasado tuve que superar muchos límites internos. Hubo momentos de tristeza intensa, especialmente en marzo. Recuerdo salir de casa para hacer actividades o visitar a compañeras de fe después de haber estado llorando. Sin embargo, siempre regresaba con una sonrisa. Ahí comprendí algo esencial: que el kosen-rufu es también salir del propio sufrimiento, levantarse y apoyarse en las compañeras de fe para transformar el estado interior.

Encuentro de daimoku con compañeras jóvenes

También afronté retos que me generaban mucha resistencia. Uno de ellos fue el examen de budismo de grado II en la SGEs. No quería presentarme, y hasta la tarde anterior tenía el «no» en la cabeza. Sentía que no había tenido tiempo de estudiar por la carga del máster y las entregas. Pero esa misma tarde, haciendo daimoku, conecté con la idea de desafiarme a probar. Recordé que me había propuesto aprobar ese examen como impulso para sacar adelante el Trabajo de Fin de Máster (TFM). Así que me puse a estudiar. Fui al examen con alegría, pensando que quizá no lo aprobaría, pero que el simple hecho de haberme desafiado ya era una victoria. Finalmente lo superé. Y no solo eso: el TFM también lo aprobé con muy buena nota. La verdadera victoria fue haber expandido mis propios límites.

Otro reto importante fue cuando me propusieron formar parte del comité de souvenirs para la asamblea de jóvenes #DespiertaPaz. Mi primera reacción fue de rechazo: sentía que no tenía tiempo para asumir más responsabilidades. Entonces pensé: «Nunca he dicho que no a una actividad de Gakkai, no quiero que sea esta la primera vez». Pero, al mismo tiempo, en ese proceso tomé conciencia de que no pasa nada por decir que no, ni en la actividad budista ni en la vida. Con esta tranquilidad de poder decir que no, decidí aceptar, porque sabía que estaba transformando algo profundo de mi personalidad. Confié, entoné mucho daimoku y entendí que estaba haciendo mi revolución humana. Al final, la actividad fue un rotundo éxito: se crearon libretas y puntos de libro y, sobre todo, surgieron nuevos lazos de amistad y una alianza muy luminosa entre todas.

Ikeda Sensei dice: «Ya que el budismo significa ser personas victoriosas, el maestro Tsunesaburo Makiguchi, fundador de nuestra organización, dio suprema importancia a la prueba real, que es la prueba de los resultados concretos».4 En la zona B-Nord de la SGEs, en la que soy responsable del Departamento de Mujeres Jóvenes, también obtuvimos resultados concretos: el año pasado conseguí realizar más de cincuenta visitas hogareñas, y este año ya he superado las veinte, lo que supone más de una por semana. Cada encuentro con una compañera de fe es una oportunidad para alentarnos mutuamente: escuchar a la otra persona, compartir sus desafíos y sus victorias me ayuda a salir de mi pequeño yo y a despertar una alegría más auténtica. Soy cada vez más consciente de la importancia de esta actividad. Además, gracias a la unión con las demás responsables, donde no llega una, llega otra, y compartimos el mismo ichinen5 de no dejar a nadie atrás y hacer fluir el aliento.

Además, durante 2025 tres mujeres jóvenes de mi zona decidieron ingresar en la Soka Gakkai y cuatro asumieron responsabilidades de grupo después de asistir al curso de verano. La llegada de nuevas jóvenes ha sido un gran avance y me ha llenado de alegría.

Paralelamente, me he acercado a una joven que recibió el Gohonzon hace diez años, pero posteriormente se distanció de la práctica budista. Desde hace cuatro meses viene cada mañana a casa, antes de ir a trabajar, a hacer daimoku. Y este enero ha vuelto a participar en una reunión de diálogo. Ver este avance en su vida me llena de emoción.

En medio de tanta actividad, también tuve una toma de conciencia importante: me di cuenta de que parte de mi sufrimiento nacía del hacer las cosas desde el «deber». En el fondo, vivía algunas actividades como una obligación, y eso llegó a generarme momentos de crisis. Sin embargo, movida por el deseo de responder a mi maestro, empecé a sentir unas ganas más genuinas de actuar. Ahora, cada vez que me surge resistencia, recito daimoku, recuerdo mi misión como Bodisatva de la Tierra y mi estado interior se transforma. He dejado de actuar desde la responsabilidad racional para hacerlo desde el corazón. Y este cambio lo ha transformado todo. Además de realizar más visitas hogareñas, lo hago con más alegría y más profundidad. Siento que cada día tengo un estado vital más alto, que me permite transitar por las dificultades y situaciones adversas con menos sufrimiento y estoy muy agradecida por ello.

Siento una profunda gratitud hacia Ikeda Sensei por la filosofía humanista que nos ha legado. Tenerlo como maestro me da una base firme para seguir avanzando, incluso en medio de las dificultades. Estoy experimentando estas palabras: «No hay felicidad mayor que tener un maestro. No hay honor más noble que poder luchar codo a codo con nuestro maestro. Tener agradecimiento al mentor es la clave para seguir transitando una vida correcta. […] [L]a visión del Sutra del loto de ayudar a todos a lograr la iluminación solo se completa con la aparición de discípulos que luchan con el mismo espíritu que su maestro».6

Decidida a ser una discípula que lucha con el mismo espíritu que su maestro, estoy viviendo los primeros meses de 2026 con determinaciones claras en el corazón: en primer lugar, que todas las jóvenes de mi entorno y del mundo puedan transformar su sufrimiento y construir una felicidad indestructible junto a sus amigas y familia; acompañar y seguir alentando a las chicas que tengo cerca y que están descubriendo la práctica budista; y forjar a nuevos valores humanos que asuman con alegría y convicción la responsabilidad y el liderazgo en mi zona.  Además, estoy decidida a seguir creciendo interiormente y a despertar un yo más genuino, más alegre y más auténtico, a romper mis propios límites y a poner la acción necesaria para concretar mi misión por el kosen-rufu, avanzando con entusiasmo cada día como si fueran diez.a plaza más adecuada para mí y para poder expandir el kosen-rufu.

Estoy decidida a seguir creciendo interiormente y a despertar un yo más genuino, más alegre y más auténtico, a romper mis propios límites y a poner la acción necesaria para concretar mi misión por el kosen-rufu, avanzando con entusiasmo cada día como si fueran diez.


  1. Descartar lo transitorio y revelar lo verdadero: proceso de manifestar el estado de budeidad (o verdadera identidad de buda) sin dejar de ser una persona común. Cuando Nichiren Daishonin salió vivo de un intento fallido de decapitación, el 12 de septiembre de 1271 en la playa de Tatsunokuchi, descartó su aspecto transitorio y, sin dejar de ser un ser humano, reveló su identidad verdadera: la del Buda de la alegría ilimitada, iluminado desde el tiempo sin comienzo. De este modo abrió el camino para que todos sus discípulos pudieran hacer lo mismo.  Como expresa Daisaku Ikeda: «Cuando dedicamos la vida al kosen-rufu, superando amargos sufrimientos y perseverando en la fe, también nosotros podemos poner en acción el principio de “descartar lo transitorio y revelar lo verdadero”. Como personas comunes, podemos activar y desplegar el mismo estado de budeidad que Nichiren Daishonin» (IKEDA, Daisaku: Sabiduría para ser feliz y crear la paz, Parte 2, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2022, pág. 134). ↩︎
  2. IKEDA, Daisaku: El juramento de Ikeda Kayo-kai, suplemento especial de Civilización Global, pág. 37. ↩︎
  3. Hacer shakubuku significa, en términos sencillos, dar a conocer y alentar a practicar el budismo Nichiren. ↩︎
  4. IKEDA, Daisaku: Las cinco guías eternas de la Soka Gakkai, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2025, pág. 65. ↩︎
  5. Ichinen: intencionalidad del corazón, especialmente cuando está dirigida a impulsar el kosen-rufu. ↩︎
  6. IKEDA, Daisaku: El camino de la sabiduría, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2025, pág. 49. ↩︎