Elena Viñambres Benavides | Alcobendas

Nací en 2002 en una familia llena de luz y alegría. Si pienso en mi infancia, la recuerdo como un abrazo cálido y tierno. Me viene la imagen de mi padre tocando el piano y cantando a todo pulmón, o contando chistes. Siempre decía: «Esperad, que os cuento el penúltimo». Y recuerdo a mi madre llena de paz, amabilidad y mucha sabiduría. Cuando de pequeña yo estaba en el salón y ella se sentaba frente al Gohonzon para hacer daimoku, la veía tan hermosa y feliz que dentro de mí pensaba: «Yo también quiero sentirme así».
Como miembro de la cuarta generación en mi familia que practica el budismo Nichiren, es la filosofía en la que he forjado mis valores. Mi bisabuela falleció cuando yo tenía ocho años. Lo único que recuerdo de ella son sus ojos brillantes, su cálida sonrisa y su fuerza. Definitivamente, mi madre y mi querida abuela han sido los dos pilares que me han hecho profundizar en la Ley Mística.
Desde pequeña he visto como algo natural hablar sobre el budismo y asistir a las reuniones de diálogo. Cuando era niña, para mí el budismo significaba ver personas alegres, libres y fuertes. Mi grupo de diálogo siempre ha sido y sigue siendo muy inspirador y acogedor y, gracias a haber estado en tantas reuniones, he podido ver cómo a lo largo de los años sus miembros han profundizado en la filosofía budista y han ido generando grandes beneficios en sus vidas.
Cuando era niña, para mí el budismo significaba ver personas alegres, libres y fuertes. […] Ahora, viéndolo con perspectiva, pienso que el budismo me ha ayudado a forjar una identidad cada vez más sólida, como una joven que sigue en desarrollo.
El Departamento Futuro (DF) fue donde por primera vez tuve contacto con mis responsables de la Soka Gakkai. Desde pequeña me sentí siempre muy apoyada. Recuerdo que en la adolescencia, cuando participaba en las reuniones del DF, a veces me daba vergüenza hablar o me costaba expresar lo que sentía. Ahora, viéndolo con perspectiva, pienso que el budismo me ha ayudado a forjar una identidad cada vez más sólida, como una joven que sigue en desarrollo.
Recitar daimoku me da mucha tranquilidad y fuerza, y lo hago a diario. Creo que empecé más seriamente cuando cumplí los 17 años. Mi querido padre acababa de fallecer y había dejado un gran hueco en mi corazón. Gracias a las enseñanzas budistas, he podido hacer que mi corazón se cure.
El año siguiente al fallecimiento de mi padre llegó la COVID-19. Fue el año en que me gradué del instituto, y la pandemia hizo que parase mis planes de ir a estudiar fuera de España. Era una meta que me había propuesto y, después de mucho daimoku y arduo trabajo, había conseguido ser aceptada en una universidad de Nueva York, pero no pude ir. Fue un período raro, de mucha frustración; además, aún sentía muy cerca la pérdida de mi padre. Sin embargo, como dice el maestro Ikeda, «la enseñanza budista es una brújula que sirve para guiarnos […] hacia la dicha verdadera».1 Efectivamente, más adelante aprendí que no era el momento ni el lugar.

Elena posa con su abuela Natalia y con su madre, María
El arte es uno de los motores importantes de mi vida. Me llena mucho y es donde más libre me siento. Mientras crecía, siempre bailaba, escribía cuentos y canciones, cantaba, tocaba el piano y, por un tiempo, la guitarra. Había algo en las artes que me dejaba intrigada; siempre quería saber más y explorar más, hasta que encontré mi camino: las artes escénicas.
Aunque fui creciendo, nunca cambié de opinión: me encantaban el teatro y el cine, y era lo que mi corazón quería seguir. Hice mucho daimoku con el deseo de entrenar para desarrollarme como actriz. Así, aunque no pude empezar en 2020, continué orando y, finalmente, en 2022 acabé siendo aceptada en una universidad en París. ¡Nunca pensé que estudiaría en Francia!
En los meses previos a trasladarme a Francia participé en muchas actividades de los departamentos de Jóvenes y de Estudiantes aquí en España. Estas me hicieron crecer mucho como joven. Todos los compañeros que encontraba en cada actividad me inspiraban y me daban fuerza para continuar luchando por mis sueños.
En 2022, poco antes de despegar para París, recibí mi propio Gohonzon acompañada de mi familia y mis responsables. Fue un gran punto de partida en mi corazón. Iba a luchar por el kosen-rufu en otro país mientras hacía lo que más me apasionaba.
En París entablé amistad con personas de todos partes del mundo. Tengo tantos recuerdos… Fueron años fantásticos; pero también surgieron dificultades y momentos de dolor. El entrenamiento actoral me desafió como artista y como ser humano. Cuando tenía algún obstáculo, la pregunta siempre era: ¿voy a dejar que esto me hunda o voy a luchar basada en mi daimoku para seguir adelante? Y siempre elegía la segunda opción, por difícil que fuera. Cada desafío hizo que creciese mucho más. Es tal como dice Ikeda Sensei: «El budismo nos enseña a pulir nuestro ser interior hasta que brille, y a construir un yo inquebrantable que jamás pueda ser derrotado».2
Como joven y como artista, atesoro cada experiencia que viví en París: conocí a personas fascinantes en mi carrera, y crecí mucho también con la familia Soka de allí… Estoy muy agradecida con todos, estuvieron apoyándome desde que aterricé. Gracias a las reuniones de la Soka Gakkai, mejoré como joven y avancé con el idioma francés, porque me animaban a desafiarme a hablarlo.
Me alientan mucho estas palabras de Ikeda Sensei: «Si perdemos hoy, ¡ganemos mañana! El espíritu […] vencedor se manifiesta en esta disposición para el desafío continuo».
Siempre he pensado que la carrera de actriz es tan difícil como otras carreras porque hay que estudiar mucho. Estoy realmente feliz de haber obtenido un título oficial europeo con mi grado de Artes Escénicas. El título oficial tardó meses en llegar, pero este año en marzo, el mes de mi cumpleaños, me informaron de que por fin lo tenía. Cuando volví a España hace pocos meses, la transición me costó un poco: fue como empezar de nuevo, ante una hoja en blanco. Sin embargo, gracias al daimoku, reflexioné y sé que la mejor postura es tener esperanza, alegría y avanzar con coraje hacia el futuro. Me alientan mucho estas palabras de Ikeda Sensei: «Si perdemos hoy, ¡ganemos mañana! El espíritu de un vencedor se manifiesta en esta disposición para el desafío continuo».3
