Hacer realidad el sueño de la inclusión


Entrevistamos a Jesica González Delgado, integradora y educadora social por vocación.


Jesica ante la sede de la UNED en La Laguna

Jesica, nos consta que no hace tanto que ejerces tu actual profesión, y que hacerlo ha representado un cambio importante. Para empezar, quisiéramos preguntarte sobre este salto.

Efectivamente, anteriormente había trabajado como peluquera. El cambio en el ámbito laboral que me ha llevado adonde estoy ahora forma parte de una transformación más amplia y profunda, que emprendí cuando empecé a practicar el budismo. Para poder explicarlo, tengo que remontarme a hace más de una década.

Desde que mi hijo tenía cinco años acudimos a un gabinete de psicología. Estaba siendo excluido de los centros educativos debido a problemas de conducta, y yo no sabía cómo lidiar con esa condición. Había sido madre muy joven y todo me superaba… Cuando me separé de su padre, la situación agravó los problemas de salud de Raúl, hasta que colapsó.

Él estaba sufriendo enormemente y, como familia monoparental, nos vimos sin apenas ingresos económicos y con una denuncia por desahucio por parte de su abuelo, ya que la casa donde vivíamos era propiedad suya. Yo solo sufría; solo sentía que no podía darle nada a mi hijo, ni sustento económico, ni un hogar, ni estabilidad emocional.

En febrero de 2015, una clienta de la peluquería en que trabajaba me habló de Nam-myoho-renge-kyo, En agosto de ese año di el paso de contactar con la Soka Gakkai por primera vez; en septiembre fui a mi primera actividad en el Centro Cultural de la SGEs en Tenerife; en octubre recibí el Gohonzon; y un poco después me propusieron asumir una responsabilidad en un grupo de diálogo. Siento que podría escribir un libro solo con las experiencias de mis dos primeros años de práctica… Pero resumo: con mucho daimoku y revolución humana, mi vida se transformó; extraje el coraje, la sabiduría, la valentía, la alegría y la fuerza necesaria para que mi hijo fuera aceptado e incluido en un colegio y para que ambos dejáramos de sufrir por las circunstancias y comenzáramos a vivir una vida más tranquila, con dificultades aún, pero tranquilos.

Fue precisamente en este desafío por la felicidad de mi hijo y a través de la oración como rescaté mi vocación de trabajar en la esfera social y educativa.

Desde que mi hijo tenía cinco años acudimos a un gabinete de psicología. Estaba siendo excluido de los centros educativos debido a problemas de conducta, y yo no sabía cómo lidiar con esa condición. […] Esa lucha me hizo sentir el fuerte deseo de que la educación fuera más inclusiva y, más aún, que yo quería contribuir a ese cambio.

¿A qué te refieres con rescatar tu vocación?

Como peluquera, no sabía cómo compatibilizar vida laboral y familiar, ni qué dirección tomar. A partir de ese verano de 2015 me esforcé mucho en mi práctica budista y en cada ámbito de mi vida, centrada en la inclusión escolar de mi hijo. Esa lucha me hizo sentir el fuerte deseo de que la educación fuera más inclusiva y, más aún, que yo quería contribuir a ese cambio. Entonces, vino un recuerdo a mi mente.

De niña, cuando me iba a la cama, antes de dormirme a menudo soñaba despierta conmigo misma de mayor, y siempre me imaginaba ayudando a personas a las que iba conociendo en la calle. Esta ayuda consistía en dar a esas personas todo lo que necesitaban, hasta que ellas mismas podían desarrollarse solas y continuar sus vidas sin apoyo. Esta fantasía no estaba sujeta a ninguna profesión, sino a una ayuda altruista que ofrecía porque –como la imaginación es libre– en mis ensueños yo disponía de recursos económicos ilimitados.

Antes dije que rescaté mi vocación porque ese recuerdo surgió de lo profundo de mi subconsciente, después de años de olvido. Al recuperarlo, sentí y verbalicé que, sin ninguna duda, así es como quería vivir.

Toda una epifanía… Pero, en tus circunstancias, ¿cómo hiciste para que no se quedara en eso?

Dejé la peluquería, porque era necesario que participara el mayor tiempo posible en las rutinas de mi hijo. De forma natural, me fueron surgiendo trabajos precarios, pero que me permitían elegir en qué días y horas iba a trabajar y, al mismo tiempo, mantener mi casa y a mi hijo.

Empecé a informarme sobre los programas de formación profesional y encontré uno que respondía a mis expectativas; no tenía dudas ni necesitaba más opciones. Pero, como no había estudiado el bachillerato, como paso previo tuve que inscribirme en una escuela de adultos para preparar la prueba de acceso al grado superior. No tenía idea de cómo iba a hacerlo: no sabía nada de inglés, nunca había estudiado economía y se me dan fatal las matemáticas. Sin embargo, di lo mejor de mí y aprobé todos los exámenes a la primera, dándome acceso al ciclo.

Empecé a informarme sobre los programas de formación profesional y encontré uno que respondía a mis expectativas; no tenía dudas ni necesitaba más opciones. Pero, como no había estudiado el bachillerato, como paso previo tuve que inscribirme en una escuela de adultos para preparar la prueba de acceso al grado superior. No tenía idea de cómo iba a hacerlo.

Menuda aventura…

Sí, y no terminó ahí. Inicié el proceso de preinscripción a institutos públicos que ofrecían la formación que quería estudiar, pero quedé en lista de reserva, lo que implicaba la necesidad de esperar al siguiente año. Y eso habría tenido que hacer si no fuera porque, hablando con un profesional que atendía a mi hijo en un centro pedagógico, salió el tema y, de manera imprevista, me entregó un folleto de un centro concertado que impartía el ciclo, totalmente homologado por la Consejería de Educación, solo que de pago. A pesar de no tener un trabajo estable, los empleos por horas me permitían afrontar el coste.

Cursé el programa de forma semipresencial, lo que me permitió compatibilizarlo con el trabajo y el cuidado de mi hijo. Lo logré, no sé cómo. Lo que sí sé es que hice muchísimo daimoku.

Tras los tres años de duración del ciclo, inicié las prácticas en un centro de personas con trastorno del espectro autista. Debía ser el inicio de un período de tres meses, pero a los tres días nos confinaron por el COVID. Pensé que había perdido la oportunidad de dar un salto directo a otro oficio, ya que hacer las prácticas debía darme la opción de quedarme trabajando en mismo centro, y había visto en ello el modo de adquirir experiencia en el mundo social para luego acceder a otros trabajos con más facilidad.

Pero no había espacio para el desaliento: para mi sorpresa, después del confinamiento mi tutora de prácticas –la profesional de la entidad en la que había estado solo tres días– me recomendó a la dirección del centro y me llamaron para que me incorporara a trabajar.

Antes han dicho que podrías escribir un libro. Pero, con tu experiencia, ¡podría hacerse también una película!

¡No diré que no! Tras dos años en el centro, me ofrecieron la posibilidad de quedarme de manera indefinida en un puesto de categoría inferior. Decidí dejar el empleo, ya que no quería comprometerme con algo diferente de aquello que perseguía, y en cambio deseaba terminar la relación laboral igual de bien que la había empezado. Hoy seguimos teniendo un vínculo muy bueno.

Para entonces, yo ya estaba estudiando el grado de Educación Social, también a distancia, para seguir presente en la vida de mi hijo. Ya vivíamos con mi actual pareja y Raúl, con 15 años, iba al instituto por las mañanas y tenía actividades por la tarde. No obstante, mi presencia continuaba siendo necesaria por lo delicado de la edad.

Dejar el empleo me permitió, durante seis meses, estudiar y valorar el mercado laboral para saber dónde quería trabajar. Quería dedicarme a la integración social pura y dura: lo que había soñado de pequeña, solo que en forma de empleo remunerado.

Entonces me llegó una oferta laboral, la de mi actual trabajo. Soy integradora de personas mayores de edad que por la decisión de un juez pasan a estar en curatela por el Estado. Esto abarca un sinfín de perfiles; me encuentro con personas en situación de vulnerabilidad completa o parcialmente excluidas de la sociedad, ya sea por salud mental, discapacidad, trastornos varios, situación de calle… Es mi trabajo soñado: facilitar todas las herramientas para que se puedan desarrollar en su vida personal, familiar y en la comunidad de forma autónoma, abarcando todas las áreas de su vida.

Nuestra más sincera enhorabuena. ¿Tienes algún proyecto a futuro?

Como dije al principio, la lucha por la inclusión educativa de mi hijo despertó en mí la vocación de trabajar por los menores y su inclusión. Mi trayectoria laboral y el acompañamiento de mi hijo en los diferentes estadios de su desarrollo han nutrido, específicamente, el deseo de trabajar con menores en situación de vulnerabilidad. Esto es lo que me motivó a estudiar Educación Social.

Específicamente, el deseo de trabajar con menores en situación de vulnerabilidad […] es lo que me motivó a estudiar [el grado universitario de] Educación Social.

No quiero dejar de decir que hoy en día Raúl, con casi diecinueve años, es un chico tranquilo, feliz, con una madurez emocional increíble, gran fortaleza, seguro de sí mismo y con ideales claros. El año pasado asistió en Tenerife a la asamblea #DespiertaPaz convocada a inicios del verano por el Departamento de Jóvenes de la SGEs; en septiembre viajó a Madrid para asistir al curso nacional del Departamento de Estudiantes, que se hizo en el Centro Cultural Soka; y, a su regreso, decidió ingresar como miembro de la Soka Gakkai. Este año ha participado de nuevo en estas y en otras actividades, y en el curso de estudiantes fue invitado incluso a moderar una de las sesiones.

Jesica y su hijo Raúl

No tengo ninguna duda de que este recorrido vital ha sido posible gracias a mi práctica budista. Me he esforzado muchísimo para tomar las riendas de mi vida y dirigirla hacia donde quiero, pero, gracias a la fe, los beneficios de hacerlo han sido un millón de veces mayores de lo que podría haber imaginado, y esto me hace estar infinitamente agradecida.