Por Juan José Tamayo

¿Hay lugar para una espiritualidad liberadora en el momento en que estamos viviendo?
El panorama mundial no puede ser más desolador. El mundo está en colapso y es, diríamos, un coloso en llamas. Actualmente hay 56 zonas de conflicto en las que están implicados 92 países… No parece que sea una situación que nos permita ser optimistas hacia una espiritualidad liberadora.
Lo más problemático es que esta situación bélica se está normalizando, de forma que quienes defendemos planteamientos antibelicistas y propuestas pacifistas somos considerados ingenuos, es decir, que el lenguaje de la guerra –que luego se traduce en destrucción masiva y genocidios– se está normalizando frente a la demonización de quienes trabajamos por las causas de la paz.
Desde el punto de vista político, creo que el mayor obstáculo que tenemos para un diálogo interreligioso, intercultural, interconviccional y para una espiritualidad liberadora está en una nueva religión que ha surgido inesperadamente, que yo llamo «cristoneofascismo», y que resulta de la alianza entre la extrema derecha política, social y económica y los movimientos integristas dentro del catolicismo y fundamentalistas dentro del mundo evangélico.
Añado una frontera más a las que ha expuesto Francesc para el diálogo interreligioso:1 la frontera de excluir a religiones que no se mueven en el ámbito de las «grandes religiones», que son «grandes» muchas veces por una intervención militar, por una apropiación de territorios, pero no porque respondan a un espíritu universalista de paz, justicia y solidaridad. Es muy difícil encontrar en las mesas de diálogo interreligioso a comunidades afrodescendientes o a comunidades indígenas. Apelo a que cualquiera de estos encuentros que celebremos en distintas plataformas, en distintos espacios o lugares, inviten a otras espiritualidades.
Otras dificultades para la espiritualidad proceden de otros campos, como la cibernética, la comunicación informática, la tecnología convertida en tecnocracia, la revolución científica.
Ahora se habla también del transhumanismo, esa desvinculación del ser humano, de todo lo que tiene que ver con el ámbito humano y natural, que apunta a convertir al ser humano en una construcción totalmente tecnológica. ¿Somos homo sapiens o somos, más bien, homo nesciens? ¿Somos tan inteligentes como creemos? Hemos construido una inteligencia artificial que va a destruir la inteligencia humana natural, que yo creo que es la que hay que defender y la que hay que proteger. El homo informaticus, el homo economicus, la robótica, la inteligencia artificial, el capital, necrocapitalismo: creo que todas estas características de la civilización que estamos viviendo van en contra de una espiritualidad liberadora y, por consecuencia, del diálogo interreligioso.
Hay que desmentir la idea de que la economía es el referente del proyecto de nueva cultura y nueva civilización. En contra de lo que se pueda pensar, considero que es en la espiritualidad donde se juega la verdadera identidad del ser humano; es decir, su humanización o deshumanización, su carácter conformista o interrogativo ante los grandes problemas sobre el sentido y el sinsentido del ser humano y del mundo.
En la espiritualidad es donde se juega realmente el carácter compasivo, el ser misericorde ante el sufrimiento ajeno. Incluso diría más: la espiritualidad es la dimensión fundamental de las religiones, y una de las razones de la crisis actual de las religiones es que ha desaparecido de las religiones la espiritualidad y se han impuesto otra serie de valores y otra serie de categorías. En el fondo, no pocas de las críticas que se hacen a las religiones hoy –varias de ellas, justificadas– se deben precisamente al olvido de la espiritualidad.
Enredadas como están a menudo en luchas por el poder y en alianza con los poderosos, las religiones han renunciado a la dimensión de profundidad donde se encuentra la espiritualidad. Y solo si las religiones retoman la espiritualidad y pasan a una espiritualidad integral, pueden recuperar la sensibilidad y la credibilidad que han perdido. No podemos responsabilizar al ateísmo, a la ciencia ni a la técnica de la crisis de las religiones, sino que es una crisis que está fomentada por ellas mismas, precisamente por no recurrir a esa profundidad y esa experiencia religiosa con lo sagrado, con el misterio, con la trascendencia, con la divinidad o con las deidades.
Creo que la espiritualidad es la dimensión fundamental del ser humano. Un ateo como André Comte-Sponville escribe lo siguiente:
No solo fui educado en el cristianismo; creí en dios con una fe muy viva, aunque atravesada por las dudas hasta los 18 años. Luego perdí la fe y fue una liberación: ¡todo se volvía más simple, más ligero, más abierto, más fuerte! […] ¡Qué libertad! ¡Qué responsabilidad! ¡Qué libertad! ¡Qué júbilo! Sí, desde que soy ateo tengo la sensación de que vivo mejor: más lúcidamente, más libremente, más intensamente. Sin embargo, no podría postularlo como una ley general.2
Un ateo nos habla de que la espiritualidad es la vida en el espíritu. Y se plantea: ¿qué es el espíritu? Descartes lo define como una cosa pensante, una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que también imagina y siente. Comte-Sponville lo presenta no como una sustancia, sino como una función, una potencia, un acto de pensar, un acto de imaginar, de querer, incluso de bromear. Es la apertura del ser humano finito a la infinitud, del ser humano efímero a la eternidad, del ser humano relativo al absoluto. La espiritualidad, según este autor, es el aspecto más noble del ser humano, su función más elevada. De acuerdo con él, negarla es como castrar el alma.
Creo que, efectivamente, la espiritualidad es la dimensión fundamental o una de las dimensiones fundamentales del ser humano, que, por mucho que queramos acallar –con el consumo, con nuestra manera de vivir totalmente pragmática–, no puede ser eliminada. Es tan inherente la espiritualidad al ser humano como la corporalidad, la sociabilidad, la practicidad, la subjetividad, la racionalidad, la laboriosidad, el carácter proyectivo y utópico.
Creo que, efectivamente, la espiritualidad es la dimensión fundamental o una de las dimensiones fundamentales del ser humano, que, por mucho que queramos acallar, no puede ser eliminada.
Ahora bien, la espiritualidad no es independiente de otras dimensiones y no puede aislarse de ellas. Una espiritualidad, por ejemplo, desvinculada de la corporalidad desemboca en espiritualismo; desconectada de la razón acaba en sentimentalismo; sin relación con la praxis termina en algo pasivo; desarraigada de la historia es evasión de la realidad; sin intersubjetividad se torna impersonal; sin sociabilidad desemboca en solipsismo; sin horizonte utópico acaba en fatalismo; sin compasión con las víctimas se queda en una actitud puramente angelical; sin identificación con los oprimidos se torna arrogante y elitista; sin comunicación con las otras personas termina en individualismo; sin experiencia vital acaba en intelectualismo; sin amor, como afirma Pablo de Tarso, es como una campana que suena o un címbalo que retiñe.
Por eso es tan importante establecer una relación adecuada y coherente entre las diferentes dimensiones del ser humano. Todas ellas, las que he indicado, son codeterminantes y se codeterminan: lo espiritual y lo material, lo individual y lo social, lo personal y lo estructural, lo trascendente y lo inmanente, lo humano y lo religioso, la contemplación y la acción, el trabajo y la oración. Ciertamente no se identifican, pero tampoco existen separadamente, ya que entre ellos se tiene que dar una especie de unidad diferenciada. Esta es, yo diría, la clave fundamental de la relación entre las diferentes dimensiones del ser humano.

Todos los seres humanos nos movemos por motivaciones; tenemos convicciones profundas, valores e ideales, experiencias fontales; hacemos opciones existenciales; nos planteamos preguntas y buscamos respuestas, que no siempre encontramos; nos proponemos metas que no siempre logramos.
Todo esto configura la naturaleza de los seres humanos e informa nuestro ser, vivir y actuar. Recurriendo al lenguaje de Xavier Zubiri, que actualizó Ignacio Ellacuría, podría resumir o sintetizar lo que es la espiritualidad en tres expresiones: encargarse de la realidad, hacerse cargo de la realidad y cargar con la realidad.
Es un lenguaje claramente zubiriano, pasado por el turmix de Ignacio Ellacuría, lo que va a dar lugar a la teología de la liberación. Encargarse de la realidad no de manera distante y objetivista, no desde la fría razón instrumental, sino desde la sensibilidad compasiva y la ternura. Como afirma el papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti, es el amor que se hace cercano y concreto, es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos. Es el camino que han recorrido los hombres y las mujeres más fuertes. Esta es la idea y la clave de esa expresión que a veces resulta difícil de entender.
Segundo, hacerse cargo de la realidad en aras de su transformación y de la liberación de las esclavitudes a las que someten a la realidad los diferentes sistemas, sistemas de dominación.
Y tercero, cargar con la realidad en toda su complejidad, en toda su conflictividad, y desvelar las asimetrías que operan en ella a través de un riguroso análisis de la realidad y del compromiso personal y social.
Pero Jon Sobrino añade una cuarta afirmación: hay que dejarse cargar por la realidad. Es un complemento que me parece extraordinario…
Cuando hablamos de espiritualidad, ¿a qué nos estamos refiriendo? He propuesto algunos adjetivos. Primero, sería una espiritualidad política. Tenemos referentes que iluminan la oscuridad del presente en esta búsqueda de nuevas espiritualidades. Por ejemplo, Dietrich Bonhoeffer es uno de los pocos teólogos, quizá el único, asesinado por el nazismo dentro de Europa. Él habla de la santidad política, frente a esa santidad dulzarrona, «beata» (entre comillas, porque esta palabra tiene también otro significado: feliz).
Otro ejemplo es el de la gran filósofa francesa Simone Weil, una mujer que vivió una experiencia mística inseparable de su opción por las personas y los colectivos más vulnerables y por la clase trabajadora. O también el caso de este gran intelectual y sacerdote colombiano, Camilo Torres, símbolo de una teología de la liberación ubicada en los movimientos revolucionarios.
Habría que hablar también de una espiritualidad ecológica. En esto, tenemos que aprender mucho en el diálogo interreligioso de las comunidades indígenas, que se alimentan de la tierra como un alimento que no solamente es material, sino también espiritual; poseen una sabiduría de relación con la tierra, de identificación con la naturaleza, porque parten de un principio incuestionable que en la civilización occidental hemos olvidado: somos naturaleza. La naturaleza, para las comunidades indígenas, es la fuente de vida, la fuente de su elemento material y la fuente de su experiencia espiritual.
Finalmente, creo que habría que hablar de una espiritualidad ecofeminista. Son las mujeres y, sobre todo, las mujeres empobrecidas las que orientan una espiritualidad ecohumana, una espiritualidad fraternosororal e integradora de los colectivos LGTBIQ+. La espiritualidad tiene que enriquecerse con esas nuevas experiencias de personas y colectivos que han sido marginados y excluidos, no solo políticamente, sino también de forma religiosa.
Vivimos en tiempos de interculturalidad, de interconviccionalidad y de interreligiosidad, y de interdisciplinariedad. En este tiempo de «inter», frente a «anti», no podemos excluir a otras espiritualidades y encerrarnos en la nuestra. En este sentido, me parece que la mística es el espacio de incorporación de las distintas espiritualidades con sus matices diferenciales, pero que en el fondo nos llevan a un encuentro y a una comunión.
Vivimos en tiempos de interculturalidad, de interconviccionalidad y de interreligiosidad, y de interdisciplinariedad. En este tiempo de «inter», frente a «anti», no podemos excluir a otras espiritualidades y encerrarnos en la nuestra.
El fundamento de la espiritualidad es antropológico, no es religioso. Y la mejor experiencia que yo tengo de una espiritualidad laica la viví con José Saramago, que escribió: «Dios es el gran silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio».3 Creo que esta definición de Dios está más cerca de un místico que de un ateo. O posiblemente mística y ateísmo sean coincidentes en muchos aspectos, porque, como decía Juan de la Cruz, a Dios se le encuentra en el vacío, en el silencio y en la desnudez.(Extracto de la ponencia presentada durante el encuentro «Espiritualidades en diálogo», celebrado el 11 de abril de 2026 en el Centro Cultural Soka).
JUAN JOSÉ TAMAYO es doctor en teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Además, es miembro del Comité Internacional del Foro Mundial de Teología y Liberación y de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones, cofundador y secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, y profesor invitado en numerosas universidades latinoamericanas, europeas y estadounidenses. De 2002 a 2020 fue director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid. Es una figura clave de la teología de la liberación, la teología feminista y el diálogo interreligioso e intercultural en Europa y América Latina. Colabora regularmente con medios como El País, El Periódico de Catalunya y El Correo. En su amplio recorrido ha publicado casi un centenar de obras, muchas de ellas traducidas a varios idiomas.
- Véase la contribución de Francesc Torradeflot incluida en esta misma sección. ↩︎
- COMTE-SPONVILLE, André: El alma del ateísmo: Introducción a una espiritualidad sin Dios, Barcelona: Paidós, 2022, págs. 23 y 24. ↩︎
- SARAMAGO, José: Cuadernos de Lanzarote, São Paulo: Companhia Das Letras, 2009, pág. 144. ↩︎
