Por Francesc Torradeflot

La palabra «frontera» tiene muchos significados, como todas las grandes palabras, y está muy de actualidad por un motivo desgraciado: intentando salvar sus vidas, muchas personas tienen que arriesgarlas para atravesar fronteras.
Esto tiene mucho que ver con las identidades… En el budismo existe el principio del anātman, la doctrina de la no-alma, que en el fondo es la doctrina de la no-identidad. Afirma que todo está en proceso, que todo es impermanente, que todo es dinámico y cambia. El diálogo en sí es un proceso; es una experiencia existencial de cambio, de cómo se gestiona este cambio y de las etapas que van sucediéndose en él. Como todas las experiencias vivas, donde la energía vital tiene un protagonismo especial, es difícil de objetivar, de fijar y, por tanto, de conceptualizar.
A continuación, voy a hacer una reflexión acerca de algunas fronteras y etapas del diálogo interreligioso. Se relacionan con un aparato teórico, pero, sobre todo, son fruto de la experiencia. Detrás de cada una de las aseveraciones que voy a pronunciar hay experiencias concretas, vividas desde que empezamos hace muchos años a dialogar y a crear iniciativas de diálogo.
Mi primera aproximación al diálogo interreligioso fue a través de Raimon Panikkar. Después estudié sobre ello. Y pronto vi las limitaciones de la academia, y la necesidad de trabajar en los barrios, con las comunidades. También he trabajado con los ayuntamientos, con las administraciones, algo que ha sido muy duro: hacer entender al personal de las administraciones, primero, qué son la religión, la diversidad religiosa y la libertad religiosa y, después, que es posible construir puentes de diálogo y que la religión puede no ser solo fuente de conflictos, sino llegar a ser fuente de soluciones, ha sido cansino.
Voy a hacer una reflexión acerca de algunas fronteras y etapas del diálogo interreligioso. Se relacionan con un aparato teórico, pero, sobre todo, son fruto de la experiencia. Detrás de cada una de las aseveraciones que voy a pronunciar hay experiencias concretas.
En relación con esto, la primera frontera que me ha tocado vivir en el diálogo interreligioso es la de la desigualdad. Al principio, el diálogo interreligioso era injusto, totalmente asimétrico. En muchas partes sigue siéndolo; las fronteras son dinámicas y contextuales: en un lugar están superadas, en otro se están apenas cruzando, y en otros todavía se están acercando. Pero en general se puede afirmar que, sobre todo al nivel de las grandes organizaciones internacionales, esta frontera de la desigualdad ya se ha franqueado. ¿Qué ayudó a hacerlo? Los derechos humanos.
El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos consagra la libertad de pensamiento, conciencia y religión. Es una libertad personal, no es comunitaria. Por lo tanto, no se puede discutir ni se puede jugar con ella, aunque ahora estemos viendo cómo algunos políticos ponen en duda los derechos humanos.
Este artículo 18 consagró a nivel internacional que todos los creyentes tienen los mismos derechos. Y no solo los creyentes: también los no creyentes, porque la protección abarca el derecho a no creer en nada. (Después resulta que quizá sí crees… Panikkar sostenía que la fe es una invariante cultural y que en última instancia todos, incluso quienes se consideran no creyentes, tienen algún tipo de fe).
Posteriormente, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, también a través de su artículo 18, otorgó valor legal internacional a aquel derecho. Esto consagró el principio de que en el diálogo interreligioso no hay supremacía religiosa. A algunas personas les cuesta entenderlo todavía y, cuando hay un encuentro interreligioso, ciertas autoridades religiosas se creen con el derecho de hablar al principio o hablar al final, o de contar con más tiempo que otros. Pero, en general, inspirados por el criterio de igualdad, lo que se ha hecho y se está haciendo a nivel internacional –a través de los foros de Naciones Unidas, de la Unión Europea y de las organizaciones interreligiosas internacionales– es acoger una cierta discriminación positiva hacia las minorías, gracias a la cual pueden tener espacio. Se puede respetar o entender una cierta asimetría cultural, pero no puede traducirse en una proporcionalidad directa.
En síntesis, la del diálogo interreligioso ha sido una historia de inclusión. Y esto ha requerido un proceso en el nivel de la teología: las teologías de las diferentes tradiciones han tenido que evolucionar desde el exclusivismo hacia el inclusivismo y el pluralismo. También las ideologías y las políticas han ido evolucionando.
En síntesis, la del diálogo interreligioso ha sido una historia de inclusión. Y esto ha requerido un proceso al nivel de la teología […] desde el exclusivismo hacia el inclusivismo y el pluralismo. También las ideologías y las políticas han ido evolucionando.
Por ejemplo, actualmente muchos partidos de izquierda entienden que el diálogo interreligioso es importante para la cohesión social. Antes no: en ese espectro ideológico primaba la opinión de que la religión tenía que ser barrida y reducida al ámbito privado.
Al mismo tiempo, hay nuevos desafíos. En la extrema derecha encontramos enfoques absolutamente exclusivistas, y esto plantea un retroceso, una regresión a postulados que, en España, serían prácticamente nacionalcatólicos, algo que representaría un gran obstáculo para el diálogo interreligioso y para la cohesión social.

Otra frontera importante que se ha ido superando, en algunas partes más que en otras, pero que en todo caso está en proceso, es la de la no religiosidad o de las convicciones no religiosas. A partir, sobre todo, de intelectuales como Patrice Brodeur y de las recomendaciones del Libro blanco sobre el diálogo intercultural del Consejo de Europa, el diálogo interreligioso se ha ido abriendo a las convicciones no religiosas, para evitar la tentación de usar el diálogo interreligioso como un arma arrojadiza contra los no religiosos.
Ante este peligro de instrumentalización, desde el Consejo de Europa, las Naciones Unidas, la UNESCO, se habla de «diálogo interconviccional», que sería el diálogo interreligioso más el diálogo con las convicciones no religiosas, siempre y cuando quieran ser incluidas. No se debe forzar a nadie, evidentemente; el diálogo es libre. Pero tampoco puede excluir de entrada.
En el Consejo de Europa existe una comisión que intenta reforzar y defender esta perspectiva, porque es una manera de que en cualquier país se respete el artículo 18 plenamente, equitativamente, sin justificar ningún tipo de discriminación.
Otra frontera interesante que se ha destruido con el diálogo interreligioso es la del autoritarismo religioso. El diálogo interreligioso es transversal e impregna las comunidades religiosas. De hecho, la mayor parte de los grupos de diálogo interreligioso que existen hoy en el Estado español no están formados por autoridades.
El diálogo interreligioso entre autoridades puede ser muy útil cuando hay grandes conflictos, diría incluso que imprescindible. Pero también es inevitable el diálogo interreligioso entre fieles de todas las tradiciones, que están en barrios, ciudades, escuelas, universidades… Y que tienen derecho a sentarse en torno a mesas conjuntas y compartir experiencias de fe diversas. Esto significa también que el diálogo interreligioso debe superar un obstáculo difícil, que es la penetración en el seno de las comunidades religiosas.
Otra frontera que se está superando en el diálogo interreligioso es la de la superficialidad. Está relacionada con la anterior.
Cuando se encontraban autoridades religiosas, el debate era soporífero, sin ningún interés humanista ni espiritual ni de ningún tipo. Se trata de una generalización, pero es real. Y ha ocurrido que se han entablado diálogos para hacer lobby, a menudo lobby político.
Más allá de que se pueda considerar de muy mal gusto utilizar la religión para conseguir resultados políticos, y de que dejarse utilizar por los políticos sea una de las grandes perversiones de la historia de la religión, hay que reconocer que las reuniones de autoridades religiosas son enormemente aburridas.
Entonces, ¿qué ha pasado? Que quienes han profundizado en el diálogo han sido los creyentes de las diferentes tradiciones, que se han ido reuniendo y cultivándolo genuinamente. Han hablado de cosas que les interesaban: de la familia, la educación, los derechos humanos, las libertades, los centros de culto, la ecología, la cultura de paz… En los grupos de diálogo interreligioso pequeños se está trabajando en torno a estos temas, y se está viendo qué se puede hacer en el barrio basándose en ello. Son grupos de acción, pero antes hay una reflexión, y esa reflexión supone una cierta profundización, de modo que muchos de estos grupos han llegado a un nivel de diálogo espiritual. Esto ha hecho que algunos hablen, en lugar de diálogo interreligioso, de diálogo interespiritual.
Otra frontera importante es la de las disidencias y heterodoxias. Dentro de cada confesión religiosa siempre ha habido la tentación de la caza de brujas, es decir, de perseguir al disidente, al hereje; es un deporte que han practicado las religiones durante siglos. Pues bien, el diálogo interreligioso ha conseguido, en cierta medida, que gente diversa de una misma tradición llegara a compartir mesa, y normalizarlo. Por ejemplo, al sentarse católicos muy conservadores y seguidores de la teología de la liberación juntos en una misma mesa de diálogo.
Así que el diálogo interreligioso es, en el fondo, también un diálogo intrarreligioso. Pero, sobre todo, es un diálogo que no persigue al disidente, que no convierte la religión en sumisión del que piensa diferente, del que interpreta diferente. Posiblemente, entre las fronteras que he mencionado hasta ahora, la más dura sea esta. Esto está muy bien representado en La vida de Brian, cuando parodia la fragmentación de los movimientos revolucionarios –el Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular…–, que esencialmente se dedican a lo mismo, pero no se pueden ver entre sí.
Otra frontera que está siendo superada, pero también con mucha dificultad, es la frontera del patriarcado religioso. Así como algunas tradiciones han avanzado notablemente en la igualdad de trato de la mujer, en otras cuesta mucho.
En relación con esto, en las mesas de diálogo a veces se hace patente la necesidad de entender que hay diferentes niveles de aprendizaje y de progreso en el aprendizaje. Por hacer un símil, hoy en día es comúnmente aceptado que en una escuela debe atenderse la diversidad; que hay que tratar a los alumnos de un modo acorde con sus capacidades, con sus ritmos. Pues con las religiones pasa exactamente lo mismo. Hay procesos y hay que acompañarlos. Pero a veces nos acusan de que vamos muy lentos, personas que quieren ir más deprisa…
Después hay otra frontera que sí que se ha superado en buena medida, que es la frontera de los fundamentalistas, de los intolerantes, de la intolerancia en el diálogo interreligioso. Por ejemplo, ha habido grupos que vetaban a otros grupos o tradiciones –«si están ellos, nosotros no iremos»–, o bien que se trataran ciertos temas –«podemos hablar de lo que queráis, pero de ese tema no»–. Esto obliga a activar el proceso de superación de fronteras, que es la pedagogía.
Por suerte, cada vez hay menos intolerancia, pero ahora nos encontramos con que hay grupos que, ya conociendo lo que es el diálogo interreligioso, se niegan sistemáticamente a participar y tienen consignas internas para, cuando se les invita a participar, declinar la invitación. Nosotros los seguimos invitando y lo seguiremos haciendo toda la vida. La puerta nunca debe estar cerrada: el diálogo interreligioso no puede cerrar puertas, nunca, a nadie, a no ser que sea responsable de una violación de los derechos humanos flagrante, brutal. Si no es así, todo el mundo debe ser bienvenido.
En la palabra «diálogo», dia significa «a través de», pero también «más allá de», y ambos sentidos van siempre de la mano. A través del debate nos entendemos, pero hay que ir más allá del debate: para soportar la presencia de un fundamentalista en el grupo, hay que poner un poco de corazón y de amor. Karunā (compasión) y prajñā (sabiduría) van juntas. No se pueden separar en este proceso, en este reconocimiento; de manera que el diálogo es también una experiencia de amor: de amor hacia la diversidad, y de estar dispuestos a aprender.
Solo cuando se despliega un poco de amor caen las fronteras. Estas se diluyen, se deshacen, se trascienden. También se trasciende el lenguaje filosófico, religioso y teológico. Cuando hay un encuentro de personas espirituales, sean cuales fueren sus tradiciones religiosas, se entienden. Es así porque van a la experiencia de amor profundo, al núcleo, la esencia, la intuición fundamental de cada una de las tradiciones, donde se encuentra indefectiblemente el amor.
Si se dialoga desde la experiencia espiritual profunda, se acepta al otro, aunque ese otro tenga diferentes procesos de aprendizaje, diferentes ritmos, diferentes etapas, y pueda tardar en entender ciertas cosas más que uno mismo. En otras cosas, quizá vaya por delante, y podamos también aprender de él.
(Extracto de la ponencia presentada durante el encuentro «Espiritualidades en diálogo», celebrado el 11 de abril de 2026 en el Centro Cultural Soka).
FRANCESC TORRADEFLOT es doctor en Teología por la Facultad de Teología de Cataluña, licenciado en Historia de las Religiones por la Universidad Católica de Lovaina, y licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona. Además, es profesor e investigador del Centro de Estudios de las Tradiciones de Sabiduría, que es un espacio laico al servicio del estudio y el cultivo de la calidad humana. Ha sido fundador y director de AUDIR (Asociación UNESCO para el Diálogo Interreligioso); durante 15 años se ha desempeñado como jefe del Departamento de Diversidad y Diálogo Interreligioso del Centro UNESCO de Cataluña, y también ha sido asesor de los programas de gestión de la diversidad religiosa en varios municipios catalanes. Actualmente es coordinador de la Red Catalana de Entidades de Diálogo Interreligioso, que convoca el Parlamento Catalán de las Religiones, y de la Red Internacional sobre Mediación y Religiones en Zonas Urbanas. Ha publicado varios libros y numerosos artículos sobre diálogo interreligioso, diversidad religiosa, teología de las religiones y derechos humanos y diversidad religiosa. E imparte regularmente cursos de diversidad religiosa y diálogo en centros de estudios especializados y en universidades.
