Nancy Gómez Brown | Torrejón de Ardoz · Madrid

Nací en 1944 en Santa Ana, Perú. Estudié hasta secundaria y, luego, me casé y tuve a mis hijos. Mi marido y yo regentábamos un puesto de carnicería en un mercado de Lima, y nos levantábamos cada día a las 4 de la mañana para atender el negocio.
En 1999, animada por nuestro hijo mayor, que llevaba un tiempo viviendo en la Comunidad de Madrid, me trasladé a España. Llegué el 2 de octubre.
La idea de mi hijo era que yo, después de tantos años trabajando y cuidando de todos, descansara. Pero en ese momento yo tenía solo 55 años y me sentía con mucha energía. Así que vine decidida a trabajar: no quería ser una carga para él ni para nadie.
Mi hijo menor también había migrado antes que yo y, durante unos años, estuvimos viviendo todos juntos. Desgraciadamente, mi marido, que había puesto todos sus papeles en regla para reunirse con nosotros, enfermó de cáncer y murió en 2005, antes de poder viajar.
En Perú yo había escuchado hablar sobre el budismo. Una amiga me había hablado de Nam-myoho-renge-kyo y me había invitado a varios encuentros. La verdad es que nunca le había prestado demasiada atención. Yo era una católica muy devota y pensaba: «Ya tengo mi creencia».
Muchos años después, ya en España, una mujer también peruana volvió a hablarme sobre el budismo Nichiren y la Soka Gakkai. Nos habíamos conocido en la puerta del colegio de mi nieto, que iba a la misma clase que su hijo, en Torrejón de Ardoz. Los dos eran muy amigos y, antes de volver a casa, nos quedábamos un rato charlando mientras ellos jugaban juntos. Al inicio, yo seguía sin estar interesada en el budismo, pero en cada conversación iba aprendiendo y entendiendo un poco más. Ella me hablaba de lo importante que es la práctica para vivir con alegría, para generar buena fortuna en la familia… Así, un día decidí probar. Recibí el Gohonzon en abril de 2011, justo cuando cumplía 67 años, y nunca más paré.
Desde aquellas conversaciones en el parque ha pasado mucho tiempo, y nuestros niños se han hecho adultos: mi nieto ha terminado los estudios de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, y su hijo está viviendo en Japón, ya que estudió la carrera en la Universidad Soka y ahora forma parte de un equipo de investigación en robótica allí.
En estos años, en mi vida no han faltado los problemas, como en la de cualquier persona; pero he experimentado muchos beneficios.1 El mayor de todos ha sido la tranquilidad. No me ha faltado el trabajo y he podido tener ingresos suficientes para sostenerme a mí misma y para ayudar a mi familia, en particular a mi hija, que padece una enfermedad renal y se ha quedado en Perú con su familia.
Recibí el Gohonzon en abril de 2011, justo cuando cumplía 67 años, y nunca más paré. […] En estos años, en mi vida no han faltado los problemas, como en la de cualquier persona; pero he experimentado muchos beneficios.
Poco después de llegar a España yo había comenzado a trabajar como limpiadora. Por la mañana limpiaba en dos casas particulares y por la tarde, entre las 13 y las 21 horas, tenía mi turno en un cuartel de la Guardia Civil, donde estuve más de 20 años.
Un día quise averiguar cuánto cobraría en mi jubilación, y descubrí que era una miseria. Gracias a mi práctica budista, reuní coraje y hablé con el general a cargo en ese momento. Su respuesta fue increíble: solicitó a la empresa de limpieza que prolongaran mi contrato y, además, que me subieran el sueldo. Gracias a eso, pude seguir trabajando mucho más tiempo y lograr una buena jubilación. De hecho, estuve en el cuartel hasta hace dos años. Al cumplir los 80, el jefe me comunicó que ya había llegado el momento de que descansara. «¡Pero si tengo energía todavía! ¡Y hay gente de mi edad que sigue trabajando!» –le dije–. Él me contestó riendo: «Habrá gente que siga trabajando, pero seguramente no en plantilla». Hasta hoy, me siguen llamando el día de mi cumpleaños y se acuerdan mucho de mí. Realmente me he sentido protegida.2
A lo largo de estos años, nunca he perdido la oportunidad de hablar sobre el budismo con quienes me rodean. A las personas que conocía a través de mi trabajo en el cuartel siempre les decía que oraba por ellos, por todo el cuartel y por las fuerzas de seguridad, porque son seres humanos que cada día salen a la calle sin saber si van a regresar a sus casas.
Es lo que he aprendido de mi maestro, Daisaku Ikeda: hay que recitar daimoku para toda la humanidad, no solo para uno mismo. Lo hemos leído hace poco: «A la vez que oramos por la dicha y la prosperidad de nuestros vecinos, considerándolos parte de nuestra familia, nos acercamos a ellos para alentarlos con calidez. Expandir de este modo el campo de las relaciones humanas cordiales para encender una luz de esperanza de cara al porvenir es, también, la misión social de la Soka Gakkai».3
Es lo que he aprendido de mi maestro, Daisaku Ikeda: […] «Oramos por la dicha y la prosperidad de nuestros vecinos, considerándolos parte de nuestra familia».
En otoño de 2022 llegó desde Perú mi nieta Alejandra, hija de mi hija, y vino a vivir a casa. Comenzó a recitar Nam-myoho-renge-kyo conmigo, decidida a ayudar a su madre y a sus hermanos. Ingresó en la Soka Gakkai en diciembre de ese mismo año y hoy está muy activa en las actividades del Departamento de Jóvenes.
Pero la mayor sorpresa me la llevé con mi hijo menor, Miguel. Su sobrina Alejandra y yo habíamos hablado con él sobre el budismo varias veces, como es natural en familia, pero nuestras palabras no parecían tener mucho eco en él. Sin embargo, aquella mujer peruana que me había animado a mí misma en la puerta del colegio de mi nieto, y que ya es una amiga, siguió hablando con él… Y algo debió de resonar, porque empezó a entonar daimoku.
Esto me causó una gran impresión, sobre todo porque al principio él se había opuesto firmemente a mi práctica. No alcanzaba a entender por qué yo abrazaba otra creencia, y me dijo que no quería que lo hiciera, porque siempre habíamos sido católicos. Yo le respondí que cada persona tiene derecho a buscar su tranquilidad y a vivir según su propia conciencia, y que por encima de todo hay que respetar a los demás. 15 años después de esa conversación, Miguel ha recibido el Gohonzon el 10 de mayo pasado y está participando en las actividades de la SGEs. ¡Sigo sin creérmelo! Por cierto, en la misma ceremonia Alejandra recibió también el Gohonzon, porque se ha independizado.

Desde que me jubilé hace 2 años, me dedico a ayudar a mi familia, cuidando de mis hijos, mis nietos y mis bisnietos. En total, tengo 13 nietos y 5 bisnietos. Tengo siempre presente en mi oración la salud y la felicidad de mi hija y su familia en Perú. En septiembre viajaré para estar a su lado.
En Madrid, actualmente vivo con mi nieto Juan, su mujer y sus hijos. Los recojo en el colegio, ayudo en la cocina, en la casa… Eso sí, toda mi familia sabe que los miércoles por la mañana, llueva o haga sol, voy al Centro Cultural Soka a hacer mi actividad semanal de Bienvenida. Y que no me salto la reunión de diálogo de mi grupo.

- En El logro de la Budeidad en esta existencia, en END, pág. 4, Nichiren Daishonin afirma: «[T]odos sus actos virtuosos sembrarán en su vida beneficios y plantarán en ella las raíces del bien. Con esta convicción debe esforzarse en la fe». ↩︎
- En SL, cap. 14, págs. 207-208, se lee, en referencia a «quienquiera que lea este sutra [del loto]»: «Los jóvenes hijos de los seres celestiales / lo asistirán y le prestarán servicio». Esta y otras referencias similares a deidades aluden a funciones de la vida, que a menudo se manifiestan a través de comportamientos benevolentes por parte de otros seres humanos. ↩︎
- IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, vols. 23 y 24, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2021, págs. 308-309. ↩︎
