Entrevistamos a Fernanda Cassiano, experta en cooperación internacional y acción humanitaria, especializada en liderar respuestas en contextos de crisis.

Eres licenciada en Relaciones Internacionales y posees una maestría en Políticas Sociales. ¿Podrías hablarnos sobre las experiencias que te llevaron a elegir esa formación?
Desde niña me ha incomodado profundamente la injusticia. No podía comprender por qué otros niños tenían menos oportunidades que yo, y en la Soka Gakkai aprendí desde muy pequeña el valor de compartir, de preocuparme por los demás y de no permanecer indiferente ante el sufrimiento ajeno.
Cuando tenía trece años, mi abuelo sufrió un infarto. Recuerdo que pensé que quería ser médica para ayudar a las personas que no podían pagar una atención sanitaria y evitar que otros niños perdieran a sus abuelos. Por aquella misma época vi un anuncio de Médicos Sin Fronteras en el que aparecían niños en contextos de crisis, y aquel deseo de dedicar mi vida a ayudar a los demás se hizo todavía más fuerte.
Con los años, conocer la vida y el pensamiento de Daisaku Ikeda fue dando una dirección más clara a esa inquietud. A través de sus propuestas de paz conocí mejor el papel de las Naciones Unidas y comprendí que existían otras formas de combatir la pobreza, la desigualdad y las causas estructurales del sufrimiento humano.
En la Soka Gakkai aprendí desde muy pequeña el valor de no permanecer indiferente ante el sufrimiento ajeno.
Empecé estudiando Medicina, pero no pude continuar por circunstancias personales. Fue un momento difícil, porque durante mucho tiempo había imaginado ese camino para mi vida. Sin embargo, aquel obstáculo me llevó a buscar otra manera de realizar el mismo propósito. Elegí estudiar Relaciones Internacionales porque quería trabajar en las Naciones Unidas y contribuir a transformar no solo la situación de una persona, sino también las estructuras y políticas que condicionan la vida de comunidades enteras.
Años después, cuando ya trabajaba en Naciones Unidas, mi primer jefe me animó a cursar el máster en Política Social y Desarrollo en la London School of Economics (LSE). Él había estudiado allí y consideraba que esa formación me permitiría profundizar en la relación entre las políticas públicas, la desigualdad y el desarrollo. Obtuve una beca Chevening del Gobierno británico, que cubrió íntegramente mis estudios.
Estudiar en la LSE y vivir por primera vez fuera de Brasil supuso un punto de inflexión personal y profesional. Amplió mi manera de comprender los problemas sociales y reforzó mi convicción de que quería dedicar mi carrera a buscar respuestas concretas frente a la desigualdad y las crisis humanitarias. También pude participar en las actividades de la Soka Gakkai en el Reino Unido y construir amistades que conservo hasta hoy.
¿Cuál fue tu primer contacto profesional con la acción humanitaria?
Mi primer contacto profesional con cuestiones humanitarias se produjo mientras trabajaba en la Agencia Brasileña de Cooperación, participando en iniciativas de cooperación con países africanos. Aunque mi trabajo estaba enfocado principalmente en el desarrollo, aquella experiencia me permitió acercarme por primera vez a contextos marcados por la pobreza, la desigualdad y diferentes crisis humanitarias.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión se produjo cuando me incorporé a la oficina regional de Save the Children para América Latina y el Caribe. Fue entonces cuando pasé a trabajar directamente en el ámbito de la acción humanitaria y comprendí que quería orientar mi carrera hacia la respuesta a emergencias y la protección de las poblaciones afectadas por crisis.
¿En cuántos países has trabajado y qué responsabilidades has desempeñado?
He trabajado en más de veinte países, en África, América Latina, Europa y Oriente Medio. He desempeñado funciones muy diversas, desde la gestión de proyectos de cooperación internacional y políticas sociales hasta la movilización de recursos, la gestión de subvenciones y el liderazgo de respuestas humanitarias.
Con el tiempo fui asumiendo responsabilidades cada vez más amplias: he coordinado programas regionales, apoyado respuestas a emergencias; he liderado equipos multidisciplinares y carteras de proyectos; he trabajado con Gobiernos, organismos de Naciones Unidas, donantes y organizaciones locales; y he dirigido la planificación estratégica y el establecimiento de operaciones humanitarias.
En los últimos años, mi trabajo se ha centrado especialmente en liderar programas y respuestas en contextos de crisis, procurando que las decisiones estratégicas se traduzcan en una ayuda efectiva y de calidad para las personas afectadas.
He desempeñado funciones muy diversas [en más de veinte países], desde la gestión de proyectos de cooperación internacional y políticas sociales hasta la movilización de recursos, la gestión de subvenciones y el liderazgo de respuestas humanitarias.
¿Hay algún logro que atesores especialmente?
Hay dos experiencias que guardo con especial cariño. La primera fue la construcción de una escuela en una comunidad muy vulnerable de Guinea-Bisáu, en África Occidental, cuando trabajaba para la Agencia Brasileña de Cooperación.
Normalmente, los proyectos surgían de solicitudes presentadas por los Gobiernos, pero, en este caso, la iniciativa nació de la propia comunidad. El proyecto fue diseñado junto a una organización local de jóvenes llamada Organização Amizade y contó con la participación de los habitantes. La escuela se construyó con trabajo colectivo de la comunidad. Las actividades socioeducativas y de movilización social también se desarrollaron en colaboración con la población. Además, los docentes fueron formados dentro de la propia comunidad para trabajar posteriormente en la escuela.
Más de diez años después, la escuela sigue funcionando. Algunos de los niños que entonces tenían alrededor de diez años hoy son adultos y trabajan en ella. Para mí, es un ejemplo muy especial de lo que ocurre cuando una comunidad no es tratada simplemente como receptora de ayuda, sino como protagonista de su desarrollo.
La segunda experiencia es la respuesta a la crisis venezolana. Comencé a trabajar en ese contexto en 2017, desde la oficina regional de Save the Children, y regresé a Venezuela en 2021 con el Consejo Noruego para Refugiados. Durante dos años viví en Caracas y viajé con frecuencia a las zonas fronterizas. Me siento especialmente orgullosa del trabajo de nuestros equipos de educación, que permitió que niños que habían abandonado sus estudios regresaran a la enseñanza formal. También impulsamos, desde el área de medios de vida y seguridad alimentaria, huertos comunitarios para que las familias pudieran producir alimentos tanto para su propio consumo como para la venta. En algunas localidades, la producción creció hasta el punto de que las familias llegaron a constituir cooperativas.

Son dos experiencias que reflejan algo que he aprendido a lo largo de mi trayectoria: los resultados más valiosos no son necesariamente los más grandes o visibles, sino aquellos que fortalecen las capacidades de las personas y continúan dando frutos mucho después de que un proyecto haya terminado.
Actualmente coordinas la respuesta de una ONG desde Madrid. ¿En qué consiste tu trabajo?
Coordino la respuesta humanitaria de Plan International en el territorio palestino ocupado, principalmente en Gaza y Cisjordania. Debido a las restricciones y sensibilidades propias del contexto, no puedo estar allí de forma presencial, por lo que realizo mi trabajo desde Madrid y en estrecha coordinación con nuestros equipos y organizaciones socias locales.
Mi función consiste en orientar la estrategia de la respuesta, identificar las necesidades prioritarias de la población y asegurar que estas se traduzcan en programas humanitarios viables y de calidad. También coordino el diseño de proyectos, la búsqueda de financiación, la relación con donantes y otras organizaciones humanitarias, el seguimiento de los programas y el fortalecimiento de los sistemas y equipos necesarios para ampliar nuestra actuación.
[Actualmente] coordino la respuesta humanitaria de Plan International en el territorio palestino ocupado […]. Debido a las restricciones y sensibilidades propias del contexto, no puedo estar allí de forma presencial, por lo que realizo mi trabajo desde Madrid.
Gran parte del trabajo se realiza a través de organizaciones palestinas que conocen profundamente el contexto y que mantienen una relación directa con las comunidades. Por ello, una parte fundamental de mi responsabilidad es asegurar que cuenten con los recursos, el acompañamiento técnico y las condiciones necesarias para desarrollar su labor.
Aunque trabajo a distancia, estoy en contacto permanente con las personas que se encuentran sobre el terreno. Mi papel es conectar sus conocimientos y las necesidades que identifican, con los recursos y las decisiones que se toman a nivel internacional, procurando que la respuesta sea pertinente, segura y respetuosa con la dignidad de la población.
¿Cuáles son los mayores desafíos?
Los desafíos son tanto profesionales como personales. En el plano profesional, uno de los mayores retos es trabajar en un contexto extremadamente complejo, cambiante y sensible, con graves restricciones de acceso y seguridad. En Gaza, las necesidades son inmensas, pero las posibilidades de hacer llegar la ayuda son muy limitadas. A esto se suma la dificultad de coordinar la respuesta a distancia, tomar decisiones con información que puede cambiar rápidamente y apoyar a organizaciones y equipos locales que, además de realizar su trabajo, viven personalmente las consecuencias de la crisis.
Otro desafío es mantener la esperanza y la capacidad de actuar frente a una realidad que muchas veces genera una profunda sensación de impotencia. Hay que concentrarse en aquello que sí podemos hacer, aunque parezca pequeño, y seguir buscando alternativas para que la ayuda llegue a las personas que la necesitan.
En el plano personal, esta trayectoria ha supuesto pasar largos periodos lejos de mi familia, de mis sobrinos y de mis mejores amigos, y perderme momentos importantes de sus vidas. Cambiar de país constantemente también significa volver a empezar: adaptarse a una nueva cultura, construir una red de apoyo y crear de nuevo una sensación de hogar y pertenencia.
Esta movilidad afecta igualmente a las relaciones personales y a la posibilidad de construir vínculos estables y planes a largo plazo. Amo mi trabajo y encuentro mucho sentido en él, pero eso no elimina su coste personal. Uno de mis mayores aprendizajes ha sido intentar encontrar un equilibrio entre mi vocación de contribuir y la necesidad de cuidar también mis afectos, mi bienestar y mi propia vida.

¿Hay algún pasaje de orientación o episodio de la vida de Daisaku Ikeda que te haya inspirado y quisieras compartir, especialmente, con los jóvenes que están tratando de abrir un camino de contribución social?
Un mensaje suyo que tengo siempre presente es el de que la victoria en la vida no depende del currículum o de los conocimientos, sino del fuerte deseo, la determinación, la perseverancia y también la paciencia con que perseguimos nuestros objetivos.1 Lo he procurado aplicar a lo largo de estos años. No es necesario esperar a ocupar una posición importante, disponer de grandes recursos o tener todo el camino definido para comenzar a contribuir. Una acción sincera, cuando se mantiene en el tiempo, puede transformar la vida de otras personas y generar un impacto mucho mayor del que imaginamos.
Más que un episodio concreto, lo que siempre me ha inspirado profundamente es la propia vida de Ikeda Sensei. Nació en una familia humilde, vivió los horrores de la guerra y, durante su juventud, padeció graves problemas de salud. A pesar de esas circunstancias, decidió dedicar su vida a combatir la pobreza y la injusticia, promover la paz, unir a las personas mediante el diálogo y, sobre todo, confiar en los jóvenes.
Recuerdo especialmente, cuando leí su diario juvenil, descubrir que, siendo joven, Sensei tenía dificultades económicas y una salud muy frágil, pero aun así seguía avanzando con una enorme determinación. Me hizo pensar: «Si mi maestro pudo vencer sus circunstancias, yo también puedo vencer las mías». Esa convicción me ha acompañado en muchos momentos difíciles de mi vida. Muchas veces, aquello que nos causa dolor, nos desafía o parece desviarnos de nuestros planes puede ayudarnos a descubrir de qué manera queremos contribuir a la sociedad.
También me inspira la manera en que Sensei viajó por numerosos países y dialogó con líderes, intelectuales y personalidades de diferentes culturas y convicciones. Su diplomacia no se basaba únicamente en acuerdos institucionales, sino en crear vínculos de confianza entre seres humanos, superar divisiones y llevar esperanza allí donde parecía no haberla.

- En IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, volúmenes 23 y 24, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2021, pág. 113, se lee: «Creo que el triunfo en la vida no depende de ninguna manera de los antecedentes educativos o de la cantidad de conocimientos. El origen de la victoria y las cualidades que distinguen a un joven revolucionario son la perseverancia y la firme voluntad de lograr las metas fijadas, sin importar los obstáculos que se deban enfrentar en el proceso. Sé muy bien que, a pesar del limitado tiempo del que disponen, se están esforzando denodadamente en el trabajo, los estudios y las actividades de Gakkai. Pero jamás olviden que a través de esos afanes están construyendo una base inquebrantable para toda la vida. Por favor, cultiven una sólida fuerza de voluntad y resistencia. El triunfo de cada uno de ustedes será en sí la prueba real del kosen-rufu. Entonen [daimoku] intensamente al Gohonzon y continúen avanzando con dignidad y valor por el arduo camino que han elegido. Estaré esperando con ansias el crecimiento de cada uno de ustedes». ↩︎
