Un renacimiento de la vida

Antoine van Diem Bourbon | Casavieja, Ávila

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Antoine, con el uniforme de Protección Civil

Como muchos compañeros de la Soka Gakkai, una organización cosmopolita, soy de origen extranjero. Mis abuelos y bisabuelos tuvieron que moverse bastante durante la Segunda Guerra Mundial, y yo nací en Alemania de padre neerlandés y madre francesa. De alguna forma, siempre me sentí el otro, el ajeno, estuviera donde estuviera. Cuando crecí, me di cuenta de que soy lo que hoy se categoriza como homosexual, y eso, al inicio, añadió aún más sensación de no pertenencia.

De adolescente, inspirado por el Mahatma Gandhi, su lucha y compromiso con la no violencia y sus escritos sobre vegetarianismo, adopté este régimen alimentario, armándome de valor frente a las resistencias iniciales, tanto familiares como sociales.

Con 17 años tuve la gran fortuna de poder participar en un programa de intercambio con el American Field Service, una asociación no gubernamental que promueve el acercamiento entre culturas para favorecer la paz. Viví un año en Oruro, Bolivia, y fue una experiencia que me marcó profundamente. Tanto que, con 24 años, ya en mitad de mi carrera universitaria, decidí emprender un nuevo viaje. Esta vez fue a España, para profundizar mi conocimiento del castellano y explorar una cultura diferente. Gracias al programa Erasmus de la Unión Europea, aterricé en Madrid en septiembre del 2001… ¡y terminé viviendo en la ciudad 20 años! Madrid me aportó muchas amistades nuevas, pero, sobre todo, fue el lugar donde descubrí la práctica del budismo Nichiren.

Gracias al programa Erasmus de la Unión Europea, aterricé en Madrid en septiembre del 2001… ¡y terminé viviendo en la ciudad 20 años! Madrid me aportó muchas amistades nuevas, pero, sobre todo, fue el lugar donde descubrí la práctica del budismo Nichiren.

Fue a inicios de la década de 2010, a través de una amiga. En aquel momento ella era, además de amiga y compañera de profesión, compañera de trabajo y de piso. Así que fui un testigo privilegiado de cómo abrazar las enseñanzas del Daishonin fue transformando su vida. En esa época, ella luchaba en su relación con su madre y vi cómo, poco a poco, logró reconciliarse con ella y brindarle apoyo en la etapa final de la vida.

Mi primera prueba real1 también fue en torno a la familia. Después de la separación de mis padres, yo guardaba mucho rencor hacia mi padre, y llevaba años sin apenas comunicarme con él. Fue la determinación y la oración de aquel entonces lo que transformó profundamente nuestra relación. Yo recitaba daimoku para vencer mis propios obstáculos internos y mi orgullo, para poder tenderle la mano, pero no hizo falta: pocos días después de orar con este deseo, me llegó una invitación de su parte para acompañarle en unas vacaciones cerca de donde yo vivía. Fue enorme mi asombro ante el poder de la Ley Mística, que obra más allá de las ideas limitadas que podamos tener.

Recibí el Gohonzon en mayo de 2014. En ese momento, la amiga que me había hecho shakubuku compartió conmigo estas líneas:

El kosen-rufu se traduce directamente en la felicidad de los seres humanos y en la realización de la paz mundial. Esto no es otra cosa que revelar y cultivar el estado positivo de budeidad que es inherente a la vida de todas las personas, y envolver el mundo con el brillo de la amistad forjada sobre la base del humanismo. En cierto sentido, es un movimiento que trasciende los limitados confines del sectarismo para llevar a cabo el renacimiento de la vida en el plano universal del ser humano.2

Al escribir esta experiencia, me doy cuenta de cómo la filosofía budista ha iluminado mi viaje vital y me ha permitido dar sentido a las cosas. Antes de practicar el budismo Nichiren, la búsqueda de mi identidad y la esperanza de que otros llenasen el vacío interior eran constantes. Sin embargo, gracias a la Ley y a la orientación de mi maestro, ahora soy capaz de vislumbrar la naturaleza de Buda en mí y en los demás, y de extraer la sabiduría para volver a descubrir que el «gran yo» ya es una realidad en mí.3 Desde esta seguridad de pertenencia, puedo honrar no solo mi propio camino, sino también la vida de los demás, y he podido comprender el valor del servicio, de la dedicación y entrega a algo más grande que mi «pequeño yo»: ¡el kosen-rufu!

Por el camino, tras más de una década en la capital, poco a poco fue creciendo en mí el anhelo de ir a vivir al campo, más en contacto con la naturaleza. Pasaron casi 5 años entre que me determiné a hacerlo y que llegué a mudarme. En medio, hubo mucho daimoku y mucha exploración activa para poder encontrar el lugar idóneo donde establecer mi nueva morada.

En un principio había decidido vivir en La Vera, en el norte de Cáceres. Mi responsable en la SGEs me facilitó el contacto con el grupo de diálogo de Extremadura. Sin embargo, cuando conocí Casavieja, visitando a un amigo, decidí establecerme en esa localidad de la Mancomunidad del Valle del Tiétar. Era enero de 2021. En 2023 pude comprar un piso en el pueblo, y ahora esta zona de Ávila es mi hogar. Con todo, sigo participando y asumiendo responsabilidad en el maravilloso grupo extremeño, cargado de espíritu pionero.4

Tras más de una década en la capital, poco a poco fue creciendo en mí el anhelo de ir a vivir al campo, más en contacto con la naturaleza. […] Cuando conocí Casavieja, visitando a un amigo, decidí establecerme en esa localidad de la Mancomunidad del Valle del Tiétar.

Reunión en línea del grupo de diálogo de Antoine en la SGEs

Hace un año y medio se creó el grupo de Protección Civil de Casavieja y estoy genuinamente orgulloso de haber formado parte de él desde el principio. Es una maravillosa oportunidad para conocer a más vecinos, devolver la gratitud que siento al residir en este entorno tan bello, y nutrirme con cursos sobre primeros auxilios, gestión del tráfico, extinción de incendios, etc.

Este compromiso no es ajeno a mi práctica budista. Desde mi etapa en Madrid, he tenido el honor de contribuir al cuidado del Centro Cultural Soka como miembro del grupo Shijo Kingo de la SGEs.5 Si no fuera por este entrenamiento, creo que nunca me habría planteado participar en Protección Civil.

«Foto de familia» tras una reciente reunión del grupo Shijo Kingo en el Centro Cultural Soka

Muchos sabréis por las noticias que el incendio forestal iniciado el 22 de julio en Burgohondo fue devastador. El viernes 24 de julio, dos días después de comenzar el incendio, vimos cómo el fuego entraba en el valle. Tras superar las cimas, iba devorando el bosque a medida que bajaba, lenta pero sostenidamente, por la ladera.

Las primeras horas estuvieron cargadas de una falsa seguridad. Yo había regresado de un viaje justo ese día, y la mayoría de los vecinos nos fuimos a dormir con la confianza de que el fuego nunca iba a llegar al pueblo, de que el viento iba a ayudar a que las llamas no se acercaran y el grupo de voluntarios que se había activado lo apagaría a tiempo.

Al día siguiente, aún de madrugada, otro grupo de voluntarios subió al monte para intentar detener el avance de las llamas. Esta vez pude participar en las labores. Se hizo un cortafuegos de un kilómetro, pero, cuando estaba casi completo, las llamas lo sobrepasaron y hubo que volver a empezar. Cerca del mediodía se dio orden de evacuación. Yo estaba apoyando las tareas de coordinación en el centro del pueblo, pero entonces se produjo una fuerte corriente de aire provocada por el pirocúmulo, vimos volar pavesas,6 y un denso humo invadió las calles. Entendí que debía evacuar también yo. La Unidad Militar de Emergencias, las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales, los bomberos, los helicópteros y los aviones llegarían bien entrada la tarde.

Imágenes tomadas el 24 de julio, cuando las llamas asomaron en lo alto de la sierra de Gredos, y el 25, cuando Antoine formó parte del grupo de voluntarios que trataron de detener el avance del fuego

En los días siguientes, Casavieja apareció citado en los medios de comunicación como «el pueblo abulense que estuvo rodeado por el incendio».7 El monte entero quedó calcinado; solo parte de los olivos y alcornoques resistieron en las dehesas cuando el fuego corrió por debajo. Cuatro familias perdieron sus casas. El gran atractivo del pueblo, su camping, fue destruido por completo. Solo resistió el núcleo urbano.

Cuando la situación lo hizo posible, volví a Casavieja, decidido a reconstruir mi pueblo con mis vecinos. La cita de La nueva revolución humana que me regaló mi amiga el día que recibí el Gohonzon, y en particular el fragmento en que Sensei describe el kosen-rufu como «un movimiento que trasciende los limitados confines del sectarismo para llevar a cabo el renacimiento de la vida en el plano universal del ser humano»,8 resonó en mí en los días posteriores al incendio. La reconstrucción acercó a bandos políticos diferentes, a personas que nacieron en el pueblo y a las que vinieron a hacerlo suyo, así como la visión de los jóvenes y la de los mayores.

Casavieja nunca estuvo tan unido como después del incendio; nunca los vecinos colaboraron tan estrechamente unos con otros. En medio de la rabia, la tristeza y la impotencia ante lo ocurrido, nació la conciencia de que el incendio no debía ser en vano, que debíamos hacer de él un aprendizaje; y esto ha avivado la esperanza. Puedo asegurar que no soy el único que lo vive así. En los bares que han vuelto a funcionar no se habla de otra cosa que de la fuerza que se tiene al trabajar juntos, de la alegría que da tener la certeza de que los otros siempre están para ti y de que tú también formas parte y aportas.

Por mi parte, además de contribuir a todas las tareas prácticas que puedo, también estoy ofreciendo –como profesional de la kinesiología– tratamientos gratuitos a los heroicos voluntarios que cuidan del monte y del pueblo en estos difíciles momentos, con la determinación de cuidarlos a ellos también.

Y estoy entonando abundante daimoku para que este rumbo pueda mantenerse, y para que el caudaloso río del kosen-rufu empape estas sedientas tierras.

Muchas gracias por brindarme este espacio.

Casavieja nunca estuvo tan unido como después del incendio; nunca los vecinos colaboraron tan estrechamente unos con otros. […] Estoy entonando abundante daimoku para que este rumbo pueda mantenerse, y para que el caudaloso río del kosen-rufu empape estas sedientas tierras.


  1. Nichiren Daishonin subrayó el valor de las evidencias empíricas al señalar: «A la hora de juzgar el mérito relativo de las doctrinas budistas, yo, Nichiren, creo que los mejores criterios son los de la razón y la prueba documental. Y que aún más valiosa que la razón y la prueba documental es la evidencia de los hechos reales» (Tres maestros del Tripitaka oran para que llueva, en END, pág. 629). Esa «evidencia de los hechos reales» es lo que condensa la expresión «prueba real», empleada a menudo en la Soka Gakkai. ↩︎
  2. IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, vols. 1 y 2, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2023, pág. 142. ↩︎
  3. Daisaku Ikeda escribe: «Cuando nos dedicamos de todo corazón a practicar la Ley junto a nuestro maestro, cortamos el apego ilusorio a nuestro “pequeño yo” y establecemos firmemente nuestro genuino “gran yo”» (en CGlobal, n.º 179, marzo 2020, sección «Este mes»). ↩︎
  4. Antoine es responsable del Departamento de Hombres en el grupo de diálogo. ↩︎
  5. El grupo Shijo Kingo salvaguarda el Centro Cultural Soka entre semana por las noches y a lo largo del fin de semana, en este último caso en colaboración con los grupos –también de la SGEs– Bienvenida, Azahar, Soka e Índigo, entre otros. Desde 2024, Antoine es miembro del equipo de responsables de este grupo. ↩︎
  6. Las pavesas son pequeños fragmentos o partículas de vegetación y material combustible que a causa de un incendio se vuelven incandescentes, se elevan por el calor y son transportadas por el viento a grandes distancias, donde pueden propagarlo. ↩︎
  7. MARTÍNEZ MARTÍN, Óscar: «Casavieja, el pueblo abulense que estuvo rodeado por el incendio: “Las llamas bajaron como lenguas de fuego por la montaña”», El País, 29/7/2026. ↩︎
  8. Véase la nota 2. ↩︎