Shin Maruyama | Salamanca

Muchas personas me conocen como «Shin, de Salamanca». Pero hace años yo no habría podido siquiera imaginar que terminaría viviendo en España…
Nací en Maizuru, una localidad al norte de Kioto, en una familia muy humilde de cinco hermanos. Justo después de mi nacimiento, mis padres comenzaron a practicar el budismo Nichiren en la Soka Gakkai, en agosto de 1955, por lo que crecí escuchando el sonido del daimoku. Ellos trabajaban muchísimo. Salían de casa tan temprano que, cuando mis hermanos y yo nos despertábamos, ya no estaban. Recuerdo que mi madre siempre nos decía: «¿Has hecho gongyo y daimoku hoy?» o «Tienes que vencer a tu propia debilidad». Estas frases quedaron grabadas en mi corazón para siempre.
Cuando yo tenía 14 años, mi padre sufrió un accidente de tráfico muy grave y entró en coma. En el hospital nos dijeron que, si no despertaba en cinco días, quedaría en estado vegetativo o, en todo caso, con una severa discapacidad. La situación era muy delicada y percibí que era una oportunidad para transformar el profundo karma que compartíamos como familia.
Todos los miembros de mi familia nos unimos para entonar muchísimo daimoku con la determinación de salir bien de ese trance. Finalmente, mi padre despertó y, aunque quedó con movilidad reducida en la parte derecha del cuerpo, pudo vivir muchos años más adaptándose a las nuevas circunstancias. Ante esta gran prueba real, determiné con fuerza que nunca dejaría la práctica budista.1 Hoy sé que ese momento tan difícil, a mis 14 años, fue la base para comenzar seriamente a practicar por mí mismo.
De joven sufrí bastante por mi timidez. Me costaba mucho hablar con la gente; no sabía qué hacer con mi futuro y tampoco sabía bien cómo expresar mi mundo interior… Decidí inclinarme hacia el arte y, como me gustaba la música, empecé a preparar el examen de ingreso a la universidad para ser músico, pero al final lo dejé debido a mi carácter retraído.
De joven sufrí bastante por mi timidez. Me costaba mucho hablar con la gente; no sabía qué hacer con mi futuro y tampoco sabía bien cómo expresar mi mundo interior…
Estaba totalmente perdido, no sabía qué camino tomar. Gracias a un miembro de la Soka Gakkai que me aconsejó y me apoyó en ese momento, decidí estudiar pintura. Desde pequeño había visto a mi padre pintar cuadros y era algo que me atraía mucho. Debido a su influencia, y gracias al aliento de ese compañero de la Soka Gakkai, ingresé en la Universidad de Arte y Diseño de Kioto (actualmente Universidad de las Artes de Kioto).
Tras graduarme, trabajé pintando kimonos con la técnica tradicional llamada tegaki yuzen.2 Era un trabajo exigente, que se basaba en copiar constantemente, y me agobiaba un poco. Como en la facultad también había aprendido de pintura occidental, surgió en mí el deseo de crear algo nuevo. Entonces, aprovechando que en ese momento mi hermana estaba viviendo en París, decidí viajar a Europa para conocer su cultura.
Trabajé en varios sitios para ahorrar el dinero del viaje y, justo antes de salir de Japón, vi una exposición de arte contemporáneo español, con obras de Antonio López y otros autores, que me dejó absolutamente fascinado. Además, visitar España era el gran sueño de mi padre, así que decidí viajar a esta tierra después de visitar a mi hermana.
Llegué a Madrid en febrero de 1992, con la idea de quedarme dos años. Aconsejado por una compatriota, me mudé a Salamanca para aprender castellano, pero el idioma me resultó muy difícil, así que decidí prolongar mi estancia. En el piso compartido donde vivía conocí a una chica que, con el tiempo, se convertiría en mi esposa.
Llegué a Madrid en febrero de 1992, con la idea de quedarme dos años. Aconsejado por una compatriota, me mudé a Salamanca para aprender castellano.
Cuando se agotaron mis ahorros, regresé a Madrid para trabajar en un restaurante japonés durante seis meses. En la ciudad contacté, por primera vez desde mi llegada a España, con miembros de la Soka Gakkai. Así me enteré de que justo en noviembre de ese año la SGEs celebraría un festival cultural en la capital, al que asistí con mi primera shakubuku: mi pareja.
Al regresar a Salamanca después del festival, mi determinación de practicar seriamente se volvió mucho más fuerte. Justo en esa época conocí en Salamanca a un joven practicante que, como yo, aún no tenía el Gohonzon, y comenzamos a realizar reuniones de diálogo. Desde Madrid, los responsables de la Soka Gakkai nos hablaron sobre el conflicto provocado por el clero de la Nichiren Shoshu en aquella época. Una de las consecuencias de este es que, durante aquel período, los miembros de la Soka Gakkai no podían recibir el Gohonzon.3 Pero recibimos mucho apoyo y, finalmente, en 1994 ambos pudimos recibirlo.
En julio de ese mismo año, también con el valioso apoyo de compañeros madrileños, organizamos un primer seminario sobre el budismo Nichiren en Salamanca. A partir de entonces consolidamos el ritmo de las reuniones de diálogo y cada mes invitamos a participar a amigos. Ikeda Sensei decía que la constancia es poder y, ciertamente, gracias a ella en 2005 pudimos constituirnos formalmente como grupo de diálogo de la SGEs. Ese mismo año me casé y nació nuestro hijo. Casi sin darme cuenta, encontré mi vida entera y mi misión en Salamanca.

Ikeda Sensei decía que la constancia es poder y, ciertamente, gracias a ella en 2005 pudimos constituirnos formalmente como grupo de diálogo de la SGEs. Ese mismo año me casé y nació nuestro hijo. Casi sin darme cuenta, encontré mi vida entera y mi misión en Salamanca.
A nivel profesional, durante seis años asistí a la academia de pintura de San Eloy, un lugar donde conocí a muy buena gente con la que todavía mantengo grandes amistades. Allí pude experimentar que las artes y la cultura tienen el poder de trascender las diferencias, acercar a las personas y unir los corazones… Como dice Ikeda Sensei: «[E]l enorme potencial del arte puede contribuir, más que ninguna otra cosa, a la paz en el mundo».4
Tras mi paso por la academia, decidí estudiar en la Escuela de Arte y posteriormente en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca, donde obtuve mi licenciatura. En el año 2000, cumplí el sueño de abrir mi propia academia de pintura y dibujo. Gracias a las personas que venían a aprender, pude mantener la academia activa durante un cuarto de siglo. Vivir del arte no es fácil, y considero este logro una prueba real de la bondad de la práctica budista.
En 2024, con varios alumnos creamos la Asociación de Pintores Hisho, un espacio donde nos apoyamos los unos a los otros, organizamos exposiciones colectivas, realizamos actividades diversas, talleres de cerámica y de sumi-e5 y visitamos juntos museos. Disfrutamos mucho aprendiendo en comunidad. Además, con espíritu de continua superación, he vuelto a estudiar la pintura tradicional japonesa, a fondo.
En abril de este año, la Asociación Cultural Abulensis me invitó a exponer mis obras de sumi-e en Ávila y Arévalo. En Ávila tuve la oportunidad de dar un taller que fue un gran éxito. En la exposición de Arévalo, se me acercó un grupo de jóvenes, a quienes expliqué la esencia del sumi-e y, a través de mis cuadros, pudimos hablar sobre la relación con la naturaleza y la filosofía del humanismo budista. Uno de ellos mostró mucho interés y quiso saber más, así que quedamos unos días después para seguir hablando sobre el budismo, la Soka Gakkai y mi maestro, Ikeda Sensei. El budismo hace hincapié en la importancia de la acción en el momento presente, así que ese mismo día recitamos daimoku juntos por primera vez, y lo invité a la siguiente reunión de diálogo de la SGEs en Salamanca. Él comenzó a entonar daimoku diariamente. Acababa de terminar sus estudios y estaba buscando empleo, y justo una semana después de la reunión lo llamaron de un hospital para empezar a trabajar. El puesto ha implicado el traslado a otra provincia, y ya ha tomado contacto con el grupo de diálogo local.

En 2025, en mi familia nos enfrentamos a una situación muy delicada con la salud de mi hijo, que en ese momento tenía 19 años. Le dolía muchísimo la espalda, al punto de impedirle hacer vida normal. Después de unos meses de incertidumbre y pruebas, le detectaron un tumor en la médula espinal. Por lo que nos dijeron los médicos, la única salida era una operación sumamente complicada que requería el trabajo de dos equipos de quirófano distintos, con el riesgo de que pudiera quedar parapléjico.
Estaba tan sumamente preocupado que decidí canalizar todo a través de la práctica budista. Me sentaba ante el Gohonzon a hacer cinco horas de daimoku diario, enfocando toda mi energía en que la intervención fuese un éxito rotundo. Cuando llegó el día de la cirugía, todo salió genial. Los equipos médicos demostraron ser extraordinarios y finalmente pudimos respirar tranquilos. El tumor era benigno y la evolución de mi hijo fue asombrosa: se recuperó por completo, se libró de los dolores, no necesitó ningún tratamiento posterior y pudo retomar su vida normal. Sentí una gratitud inmensa hacia las funciones protectoras del universo, que se manifestaron con fuerza en ese momento tan crucial para nuestra familia.6
A causa de la enfermedad, mi hijo no sabía si iba a ser posible cumplir su deseo de irse de Erasmus a Italia, pero lo consiguió y ha disfrutado de una gran experiencia durante todo el curso 2025-2026. Siento una gratitud inmensa al verle recuperar su vida con tanta plenitud. La primera de las cinco guías eternas de la Soka Gakkai es «Fe para una familia armoniosa», y ese es uno de mis principales objetivos.

En la actualidad, estoy avanzando en mi dedicación a la pintura, preparando una exposición individual y otra colectiva de nuestra Asociación de Pintores Hisho.
Al mirar atrás, veo cómo aquella timidez de mi juventud se ha transformado en arte y en lazos humanos inquebrantables. Estoy profundamente agradecido por la vida que he podido construir en Salamanca y, venciendo mis debilidades día a día, seguiré compartiendo este maravilloso budismo con los demás a través de mi actitud en la vida. Voy a transmitir felicidad a mi alrededor.
¡Gracias, Ikeda Sensei! ¡Gracias, Soka Gakkai!
Al mirar atrás, veo cómo aquella timidez de mi juventud se ha transformado en arte y en lazos humanos inquebrantables. Estoy profundamente agradecido.
- Nichiren Daishonin subrayó el valor de las evidencias empíricas al señalar: «A la hora de juzgar el mérito relativo de las doctrinas budistas, yo, Nichiren, creo que los mejores criterios son los de la razón y la prueba documental. Y que aún más valiosa que la razón y la prueba documental es la evidencia de los hechos reales» (Tres maestros del Tripitaka oran para que llueva, en END, pág. 629). ↩︎
- Nacida en el siglo XVII, esta técnica destaca por la minuciosidad del proceso, en el que los artesanos dibujan líneas usando una pasta de arroz que actúa como barrera para el tinte, y luego colorean a mano siguiendo la pauta de esas líneas, creando diseños complejos y coloridos. ↩︎
- Aquí se hace referencia al segundo incidente provocado por el clero de la escuela Nikken, que desembocó en la independencia espiritual de la Soka Gakkai el 28 de noviembre de 1991. Puede leerse sobre ello en línea: . ↩︎
- Véase CGlobal n.º 254, junio 2026, sección «Para dialogar». ↩︎
- Se trata de una técnica de pintura monocromática que utiliza tinta negra y agua, originaria de China y popularizada en Japón. Busca capturar la esencia de la naturaleza a través de pinceladas fluidas y espontáneas, más que tratando de reproducir su apariencia exacta. ↩︎
- Basado en el Sutra del loto, Nichiren Daishonin asegura que quien se esfuerza en bien del kosen-rufu estará protegido: «Cuando Brahma, Shakra, las deidades del Sol y de la Luna, los cuatro reyes celestiales y las demás [funciones protectoras] oigan este sonido, ¿cómo pensar que no recobrarán su color saludable y que no irradiarán un brillante resplandor? ¿Cómo pensar que no nos protegerán y cuidarán? ¡Debemos creer firmemente que lo harán!» (El rey Rinda, en END, pág. 1035). ↩︎
