Desafiarme y romper mis límites, impulsada por el daimoku

Neus Humanes Busquet | Sant Antoni de Vilamajor, Barcelona
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La determinación de mostrar que, con sesenta, se puede

Soy vicerresponsable del Departamento de Mujeres del grupo de diálogo Montseny de la SGEs, y la experiencia que voy a relatar empieza en el momento en que acepto la propuesta de participar en el curso de verano que iba a tener lugar en Guadalajara en agosto de 2024. 

Yo estaba muy emocionada por la decisión tomada y, aunque económicamente no me iba muy bien, enseguida compré el billete de ida y vuelta e hice la inscripción al curso, diciéndole a mi compañero que no se preocupase por mi regalo de cumpleaños, que ese sería mi regalo.

A los pocos días de haber formalizado la inscripción, se publicó una convocatoria de la Generalitat de Catalunya para Subalternos y Auxiliares Administrativos. Tiempo atrás había estado preparándome durante dos años para una convocatoria anterior de Subalterno, que finalmente se anuló en el último momento debido a la Ley de Estabilización en noviembre de 2023. Por ello, consideré que esta convocatoria era una buena oportunidad para presentarme de nuevo.

Al mismo tiempo, iba dando vueltas a apuntarme a la convocatoria de Auxiliar Administrativo, ya que la primera vez que lo había intentado, con veintitrés años, abandoné antes de tiempo por inseguridad: estaba convencida de que no sería capaz. Había hecho un segundo intento a los cuarenta y seis, esta vez mucho más convencida de presentarme. Sin embargo, por las circunstancias del momento, terminé abandonando la preparación y salí a buscar trabajo para aportar un sueldo en casa. Después de este segundo intento, siempre había tenido una espina clavada…

Por este motivo, el último día del plazo –cuando solo faltaba una hora para que finalizara– tomé la decisión de inscribirme también a la convocatoria de Auxiliar Administrativo. En cuanto completé la inscripción, me invadió una profunda alegría interior.

Llegó agosto y, por fin, el esperado curso de verano. Al regresar del curso me sentía llena de energía y optimismo, con actitud abierta a cualquier experiencia que me ofreciera la práctica budista.

Entre compañeras del grupo Montseny, en el Curso de Verano de la SGEs 2024

Entre septiembre y octubre de ese año aparecieron varias bodisatvas1 en nuestra zona, cada una con sus propias circunstancias. Me dediqué con empeño a visitarlas, practicar junto a ellas y conversar. Aunque estos esfuerzos me hicieron sentir un poco estresada, estaba muy contenta y agradecida. Tenía muy claro que con mi práctica había creado esta causa, y estaba decidida a aprovecharla para transformar mi karma.

En noviembre, por fin, salieron las listas definitivas de las personas admitidas a las dos oposiciones, y mi nombre aparecía en ambas. En ese momento empezó una intensa lucha mental sobre qué decisión tomar, ya que prepararme para dos convocatorias mientras trabajaba suponía un gran esfuerzo. Pasé una semana llena de nervios y dormí muy poco; solo al pensar en renunciar a alguna de las dos me invadía la tristeza.

Cada día le explicaba a mi compañero Ricard cómo me sentía. A menudo, al hablar de la posibilidad de dejarlo, terminaba llorando. Pero a mis sesenta años, y trabajando, me parecía una auténtica locura afrontar este enorme desafío.

Llegó el viernes, último día para decidirme y matricularme en la academia. Llamé a una responsable para que pudiéramos reunirnos y orar juntas antes de tomar la decisión. Al finalizar, tuve claro que quería desafiarme, así que me apunté. Me sentía muy bien por el hecho de tener la oportunidad de intentarlo.

Los siguientes tres meses –diciembre, enero y febrero de 2025– fueron una auténtica montaña rusa. Cuanto más decidida y convencida me sentía, más inconvenientes iban apareciendo. Sufrí un accidente laboral bastante doloroso y, al día siguiente, operaron a Ricard. Las noticias no fueron buenas y su hospitalización se alargó una semana, durante la cual no puede estudiar ni media hora.

Cuando por fin regresamos a casa, sufrí una gripe tremenda y, diez días después, volví a enfermarme. Esta segunda vez, sin embargo, me fue bien: al hablar con la doctora, decidió alargarme la baja para que pudiera recuperarme completamente, ya que me encontraba muy débil.

A pesar de todo, cada día hacía daimoku. No entendía lo que estaba sucediendo, pero decidí dejar de cuestionarlo y afrontar cada jornada como un reto.

Finalmente llegó el día de la oposición, el 1 de marzo. Estaba hecha un cromo, agotada física y emocionalmente; solo tenía ganas de llorar y no dejaba de preguntarme quién me había mandado meterme en todo aquel enredo de las oposiciones. Sin embargo, al comenzar la primera prueba, de pronto me invadió una tranquilidad que necesitaba profundamente. Sentí, con total claridad, que estaba exactamente donde quería estar: examinándome para convertirme en funcionaria de carrera.

Mi oración, mi determinación y el daimoku que mis compañeros recitaron por mí ese día hicieron su efecto. Fui respondiendo con calma y, en ambas convocatorias, terminé de hacer el examen entre las últimas. No tenía prisa, iba haciendo. Cuando finalicé la segunda convocatoria, por la tarde, me sentía profundamente satisfecha del camino recorrido y de haber llegado hasta allí.

Sobre todo, estaba muy orgullosa del ejemplo de lucha, constancia y perseverancia que mis hijos estaban pudiendo ver en mí. También agradecí profundamente la actitud de Ricard, que me lo puso todo muy fácil para que pudiera estudiar el máximo de horas posible. Sin su apoyo, no lo habría conseguido.

Más allá de obtener una plaza –que, por supuesto, era mi deseo–, lo importante era demostrar que sí se puede. Cuando te marcas metas claras, todo empieza a moverse. Aparecen problemas y obstáculos, pero entonces es cuando debemos recitar daimoku para elevar nuestra condición de vida y no desistir.

Un día, dialogando sobre mi lucha con una compañera de fe, compartió conmigo una orientación muy valiosa. Me dijo que a veces oramos con total sinceridad por algo que deseamos profundamente, pero en nuestra mente aparece una vocecita que nos dice es imposible. En estos momentos, es cuando debemos decidirnos a creer en la fuerza de nuestro daimoku. Creer que nosotros mismos somos el Gohonzon y la Torre de los Tesoros; creer, de verdad, que somos Bodisatvas de la Tierra y discípulos de Ikeda Sensei.

Estas palabras me alentaron a orar con la postura de «aunque no sepa cómo, como discípula de Sensei, decido ganar».

Compartí mi experiencia en la asamblea «El legado del maestro, el vuelo del discípulo»,2 conmemorativa del 16 de marzo, que representó un nuevo punto de partida en nuestro juramento. Y al día siguiente experimentamos un beneficio: recibimos una llamada del hospital para adelantar una intervención de Ricard. Él estaba en lista de espera y, como muy pronto, la operación estaba prevista para el 10 de abril, pero la adelantaron al 31 de marzo. Es decir, diez días antes de lo esperado. Lo viví como una gran prueba real.

Neus en familia

En ese año 2025 cumplí diez años de práctica, y tuve la sensación de enfrentar más obstáculos que nunca. Tras los logros mencionados, en octubre, cuando, completé mi cuentadaimoku (¡alcanzando la meta de recitar un millón!), en lugar de sentir un gran avance, tuve la sensación de estar estancada. Por circunstancias que ahora tomaría tiempo detallar, sentía que todo se me giraba en contra: lo familiar, lo económico, lo laboral. Por primera vez, dudé de mi práctica. Y lloré mucho. Recuerdo que llamé a una compañera de fe y, de lo desconsolada que estaba, apenas podía articular palabra. Le dije que no quería participar en la asamblea que tendría lugar ese mes porque me sentía profundamente hundida.

Me sentaba delante del Gohonzon en silencio y lloraba. No entendía nada de lo que estaba viviendo. Hasta que, poco a poco, comprendí que lo único que realmente tenía para vencer todo cuanto se me ponía delante era el daimoku.

Finalmente, decidí participar en la actividad. No quería desalentar a los otros miembros del grupo. Y fue una gran fortuna asistir, porque surgieron diálogos muy conmovedores que me alentaron profundamente. Durante la asamblea se repartieron aleatoriamente unas tarjetas con palabras de aliento de Daisaku Ikeda y cada persona leyó en voz alta el texto que había en la suya. El mío fue determinante: «La ley de causa y efecto es estricta e inexorable. El budismo enseña que las virtudes invisibles se traducen en recompensas visibles. Desde la perspectiva de la verdad budista, todo genera consecuencias».3

Desde el día en que determiné no abandonar la práctica, todo empezó a moverse y recolocarse poco a poco. Y el pasado 19 de noviembre recibí la notificación de la Generalitat de Catalunya informándome de que estoy incluida en la lista para el nombramiento como funcionaria de carrera en el cuerpo de Auxiliar Administrativo. Es decir: lo he conseguido, ¡tengo mi plaza!

Además, mi hija está interesada en mantenerse en contacto con las jóvenes de Soka Gakkai, lo cual me llena de alegría. Y Ricard ha comenzado a practicar y a participar en las actividades conmigo. Cuando le pregunté qué le había llevado a dar este paso, me dijo que quería saber de dónde sacaba yo tanta energía y convicción. Yo le respondí: «Del daimoku, Nam-myoho-renge-kyo».

Mi determinación para 2026 es que me asignen la plaza más adecuada para mí y para poder expandir el kosen-rufu.


  1. Si bien la figura del bodisatva está muy extendida en el budismo, en este contexto la referencia viene inspirada concretamente por los bodisatvas descritos en el capítulo «Surgir de la tierra» (15.°) del Sutra del loto, que para los miembros de la Soka Gakkai encarnan la toma de conciencia de la identidad esencial, como entidades de la Ley Mística, y el compromiso de difundir la enseñanza y la práctica budistas en el mundo saha –en otras palabras, en la vida real–. En este sentido, se puede decir que la persona que lleva adelante la práctica del budismo Nichiren, incluso en una etapa inicial, se ha puesto en pie como Bodisatva de la Tierra.
  2. Véase CGlobal, n.º 237, marzo 2025.
  3. IKEDA, Daisaku: La sabiduría para ser feliz y crear la paz, Parte III, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2021, págs. 66-67.