
El terremoto de magnitud 7,1 que el 28 de julio sacudió la prefectura de Kumamoto, en Japón, provocó derrumbes, incendios y cortes de agua y electricidad en distintas localidades, provocando la muerte de al menos 39 personas y heridas de diversa consideración a más de 350.
La Soka Gakkai estableció sedes de respuesta al desastre, poniendo a disposición sus centros culturales para acoger a personas evacuadas y distribuir agua, alimentos y otros suministros. Se formaron equipos de voluntarios para retirar escombros, recoger muebles y objetos y ayudar en viviendas afectadas.
Además, responsables de la Soka Gakkai realizaron visitas para brindar aliento directo, incluso cuando varios de ellos mismos eran damnificados directos. También se decidió hacer una donación monetaria a la prefectura y a varios municipios afectados.

A todo ello se sumaron los gestos de solidaridad llegados desde otras zonas del país, y numerosos miembros de la organización ofrecieron alimentos y atendieron comedores temporales en centros de evacuación.
Para muchos habitantes de Kumamoto, esta catástrofe reavivó el recuerdo de la vivida en abril 2016, cuando dos seísmos de magnitud 6,5 y 7,3 golpearon el área, también con un importante saldo de víctimas y personas afectadas. En aquella ocasión, Daisaku Ikeda había dirigido a los miembros de la Soka Gakkai en el área un mensaje en el que les alentaba a no rendirse ni dejar atrás a alguien que estuviera sufriendo; y la organización se movilizó para asistir a la población local. Esos mismos espíritu e iniciativa se manifestaron diez años después, tras el nuevo seísmo.

