Toni Ruiz | Madrid

En enero de 2012, mi pareja Natalia y yo desembarcamos en Madrid desde Argentina, con la idea de formar una familia y una compañía de teatro.Yo regresaba a mi ciudad natal después de casi nueve años de vivir en Buenos Aires. Con el gran amor que nos unía y la enorme experiencia teatral adquirida en esa ciudad, tenía la convicción de que nos íbamos a comer el mundo.
Teníamos todos los ingredientes necesarios. O eso creía. Me faltaba humildad y una filosofía que vertebrase mi vida.
Rápidamente nos empezamos a chocar con todo tipo de dificultades, y yo no estaba acostumbrado ni preparado para ello. Mis problemas de salud, con fuertes e imposibilitantes dolores de espalda, nuestras dificultades económicas y la lentitud con que avanzaba mi «conquista» del teatro en Madrid me sumió en la angustia y el miedo. El fuerte impulso con que había vuelto a mi ciudad se fue diluyendo entre dolores, deudas y dudas.
Nunca dejé de dirigir, nunca dejamos de hacer teatro. Pese a todo.
Un día en el que me encontraba sumergido en la oscuridad y la negatividad, Natalia, que llevaba dos años practicando el budismo Nichiren en la Soka Gakkai, me dijo: «Probá». Y probé a recitar Nam-myoho-renge-kyo. De esto hace algo más de ocho años. En esos días puse en mi nevera una frase que hoy sigue ahí: «No hay vida sin lucha».
Enseguida experimenté el poder del daimoku, pero conocer los enormes beneficios que nos brinda formar parte de la Soka Gakkai me costó un poco más. Empecé por ir a reuniones de diálogo, donde el aliento de compañeros y compañeras y la fuerza que me transmitían en sus luchas chocaban de frente con mis creencias. Con todo, Natalia y yo decidimos abrir nuestra casa para ser anfitriones de las reuniones de nuestro grupo de diálogo, Valle de Luz, que se formó en la época en la que empecé a practicar. Esto no ha resultado sencillo, con nuestros dos hijos y mucha actividad laboral los fines de semana. Pero hemos podido mantenerlo todos estos años, ayudando a consolidar un grupo que ahora se siente sólido y comprometido.

Un día en el que me encontraba sumergido en la oscuridad y la negatividad, Natalia, que llevaba dos años practicando el budismo Nichiren en la Soka Gakkai, me dijo: “Probá”. Y probé a recitar Nam-myoho-renge-kyo. […] Enseguida experimenté el poder del daimoku.
Empezar a hacer la actividad de Shijo Kingo en el Centro Cultural Soka también ha sido fundamental.[1] Me ha dado coraje y compromiso con mi práctica budista. Sumando a todo esto las sesiones de estudio, las actividades en el centro, los diálogos uno a uno con otros miembros, mi estado vital se fue elevando, permitiéndome transformar mi vida, pasito a pasito, a nivel personal y profesional. Con el coraje que me daba la práctica empecé a entender que mi felicidad no depende de si me duele o no la espalda, o de si puedo o no hacer tal o cual movimiento. Empecé a trabajar de camarero para contribuir al sostenimiento familiar. No era ni lo que más me gustaba, ni lo más cómodo para mi espalda, pero a esas alturas ya había entendido que tenía que desarrollar mi misión en el lugar en que estuviera en cada momento: el trabajo, el colegio de los chicos, el grupo de teatro o lo que fuese.
Daisaku Ikeda escribió:
La fuerza que impulsa la transformación de los sufrimientos en alegría y la adversidad en energía para un dinámico desarrollo existe en nuestra práctica budista y en las actividades de la Soka Gakkai. […] Cuando la base de nuestra vida es la fe en la Ley Mística, siempre podemos convertir nuestro karma en misión, cualesquiera sean los problemas que enfrentemos.[2]
La alegría, el respeto y el compromiso en que nos entrena la Soka cada día se fue filtrando también en las clases de actuación que impartía. En aquel entonces, abría un taller y, si tenía pocos alumnos, lo cerraba. Después, alguien me preguntaba por las clases y lo volvía a abrir. Hasta que un día entendí que ninguna oración queda sin respuesta, así que decidí no volver a cerrar el taller. Fui a dar la clase cada día que tocaba. Con dos, tres, cuatro alumnos. A veces iba, preparaba la clase y no venía nadie. Recogía las cosas y volvía a casa sabiendo que a la siguiente clase volvería a abrir la puerta.
La pandemia lo detuvo todo, pero, tan pronto como pude, volví a abrir el taller. No sé decir cuándo ni cómo, pero esos tres, cuatro alumnos se convirtieron en seis, ocho, diez. Hasta llegar a veinte, treinta o más. Y hace cuatro años pude dejar la hostelería y dedicarme solo a lo que me gusta de verdad: la actuación y el teatro. Nuestra estabilidad económica iba en aumento, pasito a pasito, como siempre, sin prisa. Y las hermosas palabras que los actores y las actrices me devolvían acerca de mi trato e implicación en las clases me hacían entender mi misión.
La alegría, el respeto y el compromiso en que nos entrena la Soka cada día se fue filtrando también en las clases de actuación que impartía. […] No sé decir cuándo ni cómo, pero esos tres, cuatro alumnos se convirtieron en seis, ocho, diez. Hasta llegar a veinte, treinta o más.
Entonces empecé a determinar mi crecimiento como director. Y yo sabía que transformar algo en este aspecto no iba a resultar fácil. Son muchos años haciendo las cosas a mi manera, con mucha convicción. Lo bueno de esto es que he podido profundizar mucho en mi búsqueda artística. La contrapartida es que me ha limitado mucho a la hora de incursionar en nuevas posibilidades. Pero que no sea sencillo no significa que sea imposible. Además, en ese tiempo me ofrecieron entrar a formar parte del grupo de capacitación Sonido Maravilloso y vi que esta actividad complementaba a la perfección mi desafío.[3] Así que a por ello fui.
En poco tiempo me llegaron dos obras de teatro para dirigir, muy distintas a las que estoy acostumbrado. Gracias al coraje cultivado a través de mi práctica budista, pude aceptarlas. Y ambos proyectos han sido fuente de enormes alegrías y de gran crecimiento personal y profesional, nuevamente.
En febrero de este año, en una época de mucho trabajo y actividad en general, con el examen de Grado 2 de Budismo a la vista, el Departamento de Artistas de la SGEs me propuso participar en la Fiesta de la Cultura Soka 2025, programada para el 18 de mayo. Veía virtualmente imposible hacer un hueco en la agenda a esa actividad, pero había entendido que una persona dirigiría la obra del festival y que yo solo tenía que echar una mano. Con espíritu de desafío, dije que sí.
En la primera reunión con el equipo de responsables del Departamento de Artistas descubrí, para mi asombro, que la persona en quien se había pensado para la dirección era yo. Y la obra estaba llena de desafíos para mí. Acostumbrado a trabajar en grupos humanos pequeños, aquí eran más de cincuenta artistas; acostumbrado a trabajar solo con actrices y actores en escena, aquí había músicos en directo, coro y coreografías; acostumbrado a hacer mis propias creaciones, y aquí tenía que poner en escena un texto que iban a escribir dos compañeras…
En febrero de este año, […] el Departamento de Artistas de la SGEs me propuso participar en la Fiesta de la Cultura Soka 2025, programada para el 18 de mayo. Veía virtualmente imposible hacer un hueco en la agenda a esa actividad, pero había entendido que una persona dirigiría la obra del festival y que yo solo tenía que echar una mano. Con espíritu de desafío, dije que sí. En la primera reunión con el equipo de responsables […] descubrí, para mi asombro, que la persona en quien se había pensado para la dirección era yo.
No me sentía preparado para afrontar tantos retos en un solo proyecto. Pero estos años de práctica me han enseñado que la Soka te entrena para la vida, para asumir riesgos, para saltar sin miedo porque sabes que en nuestra organización hay una enorme red que te protege de las caídas. Una red tejida con alegría, compañerismo, respeto, amor, humanidad, miradas a los ojos, palabras de corazón, aliento y confianza.
Los casi tres meses de trabajo para la Fiesta de la Cultura Soka estuvieron llenos de tesoros del corazón, que, como escribió Nichiren Daishonin, son los más preciados de todos.[4] Los ratos dedicados a entonar daimoku con otros artistas, con esas voces potentes y afinadas, me hicieron volar y emocionar. Ensayos llenos de sonrisas y alegría de toda la gente que participaba, tanto de las personas que tenían una gran parte como de las que tenían una parte pequeña y sencilla. El haber conocido y profundizado en la amistad con compañeras y compañeros a los que apenas conocía o no conocía en absoluto me hace sentir aún más que tengo una familia Soka. Y la emoción y el agradecimiento de las personas que asistieron al día de la Fiesta terminaron de dar sentido a todo el esfuerzo.
Los casi tres meses de trabajo para la Fiesta de la Cultura Soka estuvieron llenos de tesoros del corazón, que, como escribió Nichiren Daishonin, son los más preciados de todos. […] Y la emoción y el agradecimiento de las personas que asistieron al día de la Fiesta terminaron de dar sentido a todo el esfuerzo.
El título de la obra era Despliega tus alas de esperanza y se nos ocurrió confeccionar un photocall con unas enormes y preciosas alas desplegadas para que todas las personas que asistieran se pudieran llevar una imagen de sí mismas con sus alas desplegadas, como metáfora de la realización de su enorme potencial. Sin duda, mis alas se desplegaron esos días más allá de lo que yo hubiera podido imaginar.

En paralelo a todo esto, curiosamente, la unión con mis hermanas y hermanos está más fuerte que nunca. Y una época marcada por numerosos conflictos entre nosotros ha dado paso a otra de mucha conexión y disfrute de compartir tiempo juntos. No me extenderé en detalles, pero diré que hice mucho daimoku para que esto pasase.
La experiencia en la Fiesta de la Cultura Soka ha transformado mi percepción sobre el director de teatro que soy. Tres semanas después de su celebración le pedí a un amigo y productor teatral juntarnos a tomar un café. El tipo de teatro que él produce no tiene nada que ver con lo que yo he hecho siempre; es más comercial, más grande. En ese café le pude decir en alto, para él y para mí: «Estoy listo para dirigir cualquier obra de teatro». Él me conoce desde hace años, pero esa mañana descubrió algo de mí que no sabía… ni tampoco yo. Que mis alas están desplegadas y listas para volar aún más alto.

[1] ↑ El grupo Shijo Kingo atiende el Centro Cultural Soka entre semana por las noches y a lo largo del fin de semana, en este último caso en colaboración con los grupos –también de la SGEs– Bienvenida, Azahar, Soka e Índigo, entre otros.
[2] ↑ IKEDA, Daisaku: Sabiduría para ser feliz y crear la paz. Parte 2: La revolución humana, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, págs. 30 y 31.
[3] ↑ El grupo Sonido Maravilloso de la SGEs cuida la dimensión audiovisual de las actividades de la SGEs, tanto presenciales como híbridas.
[4]↑ Véase Las tres clases de tesoros, en END, pág. 889.
