Transformar mi vida para transformar el mundo

Sara Facchinelli | Almería


Sara Facchinelli, en su amado Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar

Tengo 28 años y soy originaria de Padua, en Italia. Estando yo en la escuela secundaria, mi hermano me habló sobre la práctica del budismo Nichiren en la Soka Gakkai, que él acababa de conocer. Mi reacción inicial fue de escepticismo. Sin embargo, siete años más tarde, cuando me gradué del equivalente al bachillerato y tuve que elegir mi camino, empecé a practicarlo.

Basada en el daimoku, decidí ir a la universidad y estudiar el grado de Ciencias Ambientales. Después estudié un máster en Cambio Climático y, gracias a una beca Erasmus, hace tres años tuve la oportunidad de venir a cursar un año del programa en Almería, un lugar que, con su parque natural y su «mar de plástico»,[1] me resultaba muy interesante.

Aquí, un profesor del máster nos habló de una organización no gubernamental (ONG) que se dedica a proteger la naturaleza por medio del derecho ambiental. También nos dijo que era posible trabajar en ONG, cosa que para mí fue todo un descubrimiento porque pensaba que en ellas solo se podía hacer voluntariado. Ahí fue cuando me puse el objetivo de trabajar en esa ONG de la que nos había hablado, un reto con cuyo logro aspiraba, también, a demostrar el crecimiento que estaba experimentando gracias a la práctica budista. De modo que me quedé en Almería.

Desde el principio tuve muchos desafíos, sobre todo con el idioma, la burocracia y la economía. Para enfrentarlos fueron fundamentales el daimoku, participar en las actividades de Gakkai y las «buenas amigas»[2] que hice aquí desde el principio gracias a la práctica del budismo Nichiren.

Uno de mis primeros objetivos al llegar fue encontrar una persona con quien poder practicar el castellano a través del diálogo. Hice daimoku para ello frente al Gohonzon y, en cuanto entablé un vínculo con un chico de mi clase de máster, me propuse hablarle sobre el budismo. En esa época estaba leyendo el volumen 5 de La nueva revolución humana, compañera fiel en todos mis viajes, y había leído que Shin’ichi Yamamoto[3] alentó al primer miembro de la Soka Gakkai de Roma en 1961 con estas palabras:

Lo que realmente quisiera pedirle es que, mientras esté aquí, siembre las semillas para el futuro desarrollo del kosen-rufu. Busque compañeros que puedan compartir con usted los ideales de la Soka Gakkai. Así empieza todo. ¿Cuál es la empresa más grande de cualquier ser humano? Dejar tras de sí a otras personas que compartan sus ideales y convicciones. Lo que podemos llevar a cabo en una sola existencia es limitado, y mucho menos podemos lograr en solo dos o tres años. Por eso, es tan importante forjar valores humanos; porque crea un movimiento perdurable que continuará propagándose ampliamente en la sociedad.

Si uno alimenta una sola semilla, obtendrá una planta que, a su vez, producirá muchas semillas; y cada una de ellas dará origen a incontables generaciones futuras. Del mismo modo, todo comienza con un individuo. Por eso es tan importante atesorar y valorar a cada persona. Esta es la clave para lograr el kosen-rufu.[4]

Desde entonces, como una buena jardinera del kosen-rufu, he hablado con mucha gente sobre el budismo y, antes que eso, he cuidado y valorado a cada persona, considerándola un tesoro. Siempre que he tenido algún desafío, en vez de encerrarme en mí misma, me he esforzado primero en abrir mi vida y cultivar el diálogo budista. Así, he podido comprobar que a estos esfuerzos siempre les sigue un cambio interior y un nuevo punto de partida para avanzar hacia mis objetivos.

Siempre que he tenido algún desafío, en vez de encerrarme en mí misma, me he esforzado primero en abrir mi vida y cultivar el diálogo budista.

Han pasado muchas cosas en los tres años que han transcurrido desde que me mudé: murió mi maestro Daisaku Ikeda, me separé de quién había sido mi pareja durante cinco años, y murió también el profesor de Derecho Ambiental que tanto me había inspirado, y que me había mostrado que vivir con unas ideas firmes y con amor hacia todo lo que nos rodea es fundamental para transformar la sociedad.

Fueron golpes duros, pero hicieron surgir en mí un sentido de responsabilidad mucho mayor. Comprendí más profundamente la importancia de que una sola persona sirva de ejemplo, y que otra la siga con el mismo espíritu. Como budista, decidí que quería ser este tipo de persona para otros, pero tuve que enfrentarme con mi pequeño yo, con las voces internas que me decían que no estoy a la altura, que nadie empezaría a practicar motivado por mis esfuerzos…

Comprendí más profundamente la importancia de que una sola persona sirva de ejemplo, y que otra la siga con el mismo espíritu. Como budista, decidí que quería ser este tipo de persona.

Sin rendirme, me determiné a empezar por pasos pequeños, como preguntar a las personas con las que hablaba sobre el budismo si querían que les enviara frases de aliento de mi maestro, mientras oraba por su felicidad. Me encontré de repente enviando pasajes de orientación de Ikeda Sensei en distintos idiomas a amigas que están en Italia, España, Hungría y el Reino Unido. Al mismo tiempo, decidí profundamente que mi misión estaba en Almería y que quería hacer shakubuku a mi círculo de amigos, lo cual me resultaba muy difícil porque había muchísimo escepticismo y también miedo a la religión.

Fue fundamental para mí seguir adelante con una fuerte fe en el Gohonzon y hablar con mis amigos y familiares de mi determinación de trabajar en la ONG que mencioné antes. No faltó la desconfianza por parte de algunos, pero me mantuve firme en mi decisión. Otros, como por ejemplo mis compañeros de fe, me apoyaron transmitiéndome confianza, valorando mis esfuerzos y alentándome a no dejarme vencer.

Con ese trasfondo, enfrenté un año de grandes dificultades económicas, en el que viví de mis ahorros y trabajé haciendo malabares en la calle. Sin embargo, seguí avanzando en mis objetivos: me saqué el certificado C1 de español y participé activamente en diversas iniciativas locales de activismo ambiental.

Sara haciendo malabares

Buscar trabajo en el sector medioambiental es algo bastante complejo, porque hay muchas empresas que, aunque parece que se esfuerzan en ese campo, en realidad no están para nada actuando en defensa de la naturaleza, y yo no quería involucrarme en algo que no fuera verdaderamente direccionado a la sostenibilidad ambiental. A esto había que sumarle que consideraba que una nómina digna es a partir de diez euros la hora. Lo bueno es que, mientras buscaba trabajo, seguía haciendo malabares y ganaba incluso más de diez euros la hora, así que para mí era un trabajo superdigno. Es más, gracias a que buenas amigas me alentaron a tener un empleo legal, obtuve el permiso de artista urbana –un tipo de licencia cuya creación se acababa de aprobar en Almería– y estaba muy contenta: sentía que era un trabajo de bien, belleza y beneficio,[5] que me permitía compartir sonrisas con la gente y romper los prejuicios de quienes me preguntaban si no tenía estudios y flipaban cuando les decía que tengo un máster y hablo tres idiomas. Realmente, nunca sabemos todo lo que puede esconder la persona que tenemos enfrente, y no hay nada más limitante que tener prejuicios.

Buscar trabajo en el sector medioambiental es algo bastante complejo […] y yo no quería involucrarme en algo que no fuera verdaderamente direccionado a la sostenibilidad ambiental.

Mientras tanto, seguía postulándome a las ofertas de trabajo de la ONG, pero nunca llegaba a tener una entrevista y, en verdad, tampoco me sentía a la altura. En ese contexto, decidí abrir mi casa para la asamblea «El legado del maestro, el vuelo del discípulo», con la que se iba a celebrar el 16 de marzo en la SGEs. Debo decir que la posibilidad de abrir mi casa para una actividad Soka era algo que, en el pasado, siempre me había supuesto dificultades inmensas.

Justo en ese momento, una joven activista de la ONG vino a pasar una semana en nuestro piso. Hablamos mucho sobre el budismo. Paralelamente, ella me ayudó a presentar mi candidatura a una oferta de trabajo y me alentó, ayudándome a sentirme muy capaz. Finalmente, el 12 de marzo pasado firmé el contrato con la ONG, con una nómina digna, y ahora trabajo de verdad para cuidar el medioambiente, en un entorno de personas que tienen el cuidado como base de sus acciones. Curiosamente, me surgió además otro trabajo que me ha permitido viajar a Granada y conocer a las compañeras de fe de allí, con las que quería crear un lazo. Y también trabajo educando niños acerca del medioambiente en un zoológico. ¡Ahora tengo tres trabajos! Estoy muy agradecida…

«Ahora trabajo de verdad para cuidar el medioambiente»: Sara interviene en un evento promovido por la ONG de la que forma parte

Acoger la asamblea del 16 de marzo en mi casa fue hermoso. Participó una joven que ha decidido profundizar su fe. Y es como si el paso de coraje que di hubiera abierto nuevas puertas: por ejemplo, hace poco, mi amiga más escéptica con el budismo se sentó conmigo a entonar daimoku. Me he dado cuenta de que, en última instancia, mis amigos me buscan cuando tienen problemas porque, gracias a la filosofía budista, les doy esperanza.

A partir de ahora, estoy determinada a dar un paso adelante cada día, a lograr que surjan sucesores y a que Almería sea verdaderamente una tierra de Buda. Quiero vivir creyendo profundamente en mi budeidad y en la de las personas que me rodean; cuidarme como quiero cuidar la naturaleza; y esforzarme para que el mundo entero sea un lugar de paz y armonía. Sé que parece imposible, pero el budismo ya me ha dado muchas pruebas de que, si hay una firme determinación, incluso lo que parece imposible se hace posible, y estoy segura de que propagar el budismo Nichiren es el camino correcto en esa dirección.

Quiero vivir creyendo profundamente en mi budeidad y en la de las personas que me rodean; cuidarme como quiero cuidar la naturaleza; y esforzarme para que el mundo entero sea un lugar de paz y armonía. Sé que parece imposible, pero […] incluso lo que parece imposible se hace posible.

Sara, junto a otros jóvenes de la Soka Gakkai en Andalucía (en julio de 2024)

[1]La expresión «mar de plástico» alude a la amplia extensión de cubiertas plásticas de los invernaderos que caracteriza una parte del territorio almeriense.

[2] ↑ Nichiren Daishonin escribe: «la mejor forma de lograr la Budeidad es encontrar un buen amigo. […] [D]eberíamos salir en busca de un buen amigo» (Tres maestros del Tripitaka oran para que llueva, en END, pág. 627). «Buen amigo» se refiere aquí a la persona virtuosa y recta que ejerce una «buena influencia», guiando a otras hacia la enseñanza correcta o ayudándolas en su práctica. Ejemplos de buenos amigos son los maestros que enseñan el budismo y los compañeros practicantes.

[3]El personaje de Shin’ichi Yamamoto, protagonista de esta obra de historia novelada, representa a Daisaku Ikeda.

[4]IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, vols. 5 y 6, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2013, págs. 76-77.

[5]Según Tsunesaburo Makiguchi, primer presidente fundador de la Soka Gakkai, belleza, beneficio y bien son los tres componentes de la creación de valor. En el caso de un empleo, estos requisitos vienen a darse cuando le agrada a la persona que lo desempeña, es pagado dignamente y tiene un impacto positivo en la sociedad.