Trazar una meta es decidir el rumbo del corazón


Jóvenes 2030 · Pasos de revolución humana


«¡Año nuevo, vida nueva!», reza el famoso refrán. El Año Nuevo se asocia culturalmente con el inicio de un nuevo ciclo que trae consigo oportunidades de renovación y mejora. Pero, en verdad, quienes practican el budismo Nichiren tienen la fortuna de experimentar en su vida la realidad de que cada día es un nuevo comienzo. De hecho, renovamos constantemente nuestra disposición interior, nuestras metas.

¿De qué hablamos cuando decimos «meta»? La vida cotidiana está colmada de toda clase de objetivos, por supuesto, pero estos pueden responder a la decisión profunda de transformarnos a nosotros mismos y contribuir a la felicidad de los demás. Ese es el tipo de metas del que hablamos.

Las metas son «ciudades fantasma»[1] que nos hacen avanzar, y existen para brindar a las personas la oportunidad de manifestar su potencial. «¿Cómo sé qué meta ponerme?», podría preguntarse alguien. Los propósitos son un aliento para que cada persona avance y se convierta en alguien verdaderamente feliz. Para ejemplificar el poder de los objetivos, podemos pensar en las «Siete campanadas», que son una visión a largo plazo para la Soka Gakkai que un joven Daisaku Ikeda estableció con la intención de animar a sus compañeros, abatidos por la reciente pérdida de Josei Toda. Sensei buscaba que se unieran y se esforzaran juntos en la transformación de la difícil realidad de la gente y, para ello, proclamó una serie de metas para el futuro, nacidas de lo profundo de su determinación y amor compasivo.[2] Las siete campanadas, hoy en día, en la vida de los discípulos de Sensei, son un haz de luz que penetra en la nebulosidad del tiempo futuro.

Por eso, trazar una meta es, en el fondo, decidir el rumbo del corazón. ¿Qué tipo de persona quiero llegar a ser? ¿Cómo puedo manifestar, en esta situación concreta, mi naturaleza de buda? ¿Cómo voy a participar en la construcción de un mundo mejor?. De esta reflexión surgen objetivos que nos desafían a crecer y a practicar con mayor sinceridad, constancia y valentía. Bajo esta luz, todo aquello que tenemos en cuenta para plantearnos un propósito se vuelve crucial, y nuestras determinaciones están intrínsecamente entrelazadas con el destino de toda la humanidad, como las raíces del loto que bajo el fango se entretejen hasta hacer imposible la distinción entre unas y otras.

Daisaku Ikeda plasma la importancia de las metas en la juventud con estas palabras: «Los jóvenes son los protagonistas de una nueva era. El futuro dependerá enteramente de las metas que ellos se tracen, de la diligencia con que estudien, de la bravura con que actúen, y del compromiso con que persigan su propio desarrollo».[3]

Bajo el constante devenir de los sucesos, ¡tracemos metas como faros, actuemos con valentía, comprometámonos con nuestro crecimiento, asumamos el futuro hoy, y levantémonos una vez más, día tras día, dispuestos a hacer de este mundo un lugar mejor!


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[1]La expresión «ciudad fantasma» hace referencia a una parábola en el Sutra del loto que recalca la importancia de avanzar hacia delante. En mitad de un viaje largo y peligroso, un grupo de viajeros se desalienta y está a punto de iniciar el retroceso. El guía de la caravana emplea su sabiduría y señala un destino que está al alcance (la «ciudad fantasma»), donde descansan y recobran la alegría. Al verlos con fuerzas renovadas, el guía les dice: «Ahora, poneos en marcha». Los insta a reanudar el camino y a avanzar hacia el verdadero destino del lugar de los tesoros (el estado de budeidad). Véase SL, cap. 7.

[2]Véase la revista CG, n.º 239, marzo 2025, sección «Este mes».

[3]IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, vol. 30, parte II, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2021, pág. 39.